Los aranceles al motor de Trump son tierra quemada

Los estadounidenses podrían tener que pagar más por una variedad menor

Coches Porsche importados en una sala de exposición en Nantong (China).
Coches Porsche importados en una sala de exposición en Nantong (China).

La Casa Blanca amenaza a la industria automotriz con una táctica de tierra quemada. Está considerando investigar por seguridad nacional todas las importaciones de vehículos y componentes e imponer aranceles sobre ellas. Podría ser su moneda de cambio en las negociaciones de Nafta, el pacto comercial norteamericano. Sin embargo, si se acabaran aplicando los gravámenes, los fabricantes nacionales y extranjeros se tambalearían.

Centrar el asunto en la seguridad es evidentemente absurdo. Alrededor del 80% de los 17,3 millones de automóviles y camiones ligeros vendidos en EE UU el año pasado también se fabricaron allí, aunque la cifra es menor en el caso de los componentes.

Sin embargo, una de las promesas de la campaña de Trump fue recuperar más empleos de manufactura. Y Canadá y México, son los primeros y terceros mayores exportadores de productos de motor a EE UU. Es esa dependencia la que espera explotar la Casa Blanca.

Los aranceles serían un daño autoinfligido. Los precios subirían, más o menos inmediatamente. A los fabricantes les costaría encontrar –o ayudar a crear– proveedores nacionales capaces de satisfacer todas sus necesidades rápidamente y en la escala adecuada.

Incluso una pequeña interrupción puede salir cara: un incendio en un fabricante de piezas de Michigan detuvo la producción del Ford F-150 durante más de una semana. El traslado de la producción de algunas piezas a Canadá ayudó a la empresa a poner en marcha rápidamente sus propias fábricas; tal flexibilidad sería mucho más difícil si Trump impusiera aranceles.

Mientras, Toyota, Volkswagen o Kia se enfrentarían a una dura elección. Podrían gastar tiempo y dinero trasladando más producción a EE UU: Toyota ya fabrica allí 1,4 millones de vehículos de los 2,4 millones que vende en Norteamérica cada año. O podrían resignarse a vender menos. En cualquier caso, los aranceles sobre componentes aumentarían los precios y harían que los coches más pequeños fueran aún menos económicos de fabricar.

Eso podría obligar a los estadounidenses a gastar más dinero en una selección más limitada de vehículos. No es un resultado deseable para nadie, así que la esperanza es que se llegue a un compromiso antes de que ocurra.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías.

 

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