Irán revela el vínculo casi colonial de Europa con EE UU

La deriva unilateral de Trump obliga a la UE a intentar recuperar su soberanía política, económica y estratégica, tutelada desde hace 60 años por Washington

Angela Merkel y Donald Trump, el pasado 27 de abril en la Casa Blanca (Washington, EE UU).
Angela Merkel y Donald Trump, el pasado 27 de abril en la Casa Blanca (Washington, EE UU).

Pavor en Bruselas. La UE ha encajado como un mazazo brutal la ruptura de EE UU con el acuerdo internacional sobre desnuclearización de Irán. Y no tanto, o no solo, por el riesgo que supone para una zona tan próxima e inestable como Oriente Medio sino porque la decisión de Donald Trump coloca a Europa ante un espejo que refleja impotencia, dependencia y estupor.

El Viejo Continente ha descubierto que la "privilegiada relación transatlántica", como se definía el vínculo entre la UE y EEUU, se asemeja más a un vínculo colonial que a una amistad entre pares. "Ya lo sabíamos, pero el conflicto sobre Irán ha visualizado nuestra grave dependencia", suspira una fuente comunitaria, sin disimular el desasosiego ante el inquietante giro de la relación con Washington desde la llegada a la Casa Blanca del presidente Trump.

"¿Queremos ser unos vasallos de EE UU que obedecen en posición de firmes?", brama el gobierno de Macron

 

Francia, de nuevo, se ha puesto al frente de los partidarios de intentar recuperar la independencia o lo que el presidente Emmanuel Macron define como "soberanía europea". "Si los estadounidenses quieren respetar las reglas multilaterales y tratar a los europeos como sus aliados, podemos trabajar juntos, por ejemplo, en la reforma de las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Si no, Europa defenderá sus intereses", advirtió este jueves en Sofia (Bulgaria) el presidente francés tras una cumbre europea sobre los Balcanes.

"¿Queremos ser unos vasallos de EE UU que obedecen en posición de firmes?", bramó la semana pasada el ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire, después de que Washington exigiese que todas las empresas, incluidas las europeas, renunciasen a su actividad en Irán so pena de duras sanciones económicas.

Le Maire ha anunciado que intentará concertar una respuesta conjunta con los ministros de Economía de Alemania y Reino Unido. Pero el temor se extiende más allá de las grandes potencias europeas y en peligro hay mucho más que la relación comercial de la UE con Irán, que aunque creciente no pasa de los 20.000 millones de euros al año.

París, como el resto de capitales europeas, admite, con horror, que no es tan fácil esquivar la amenaza del antiguo aliado incondicional. Las empresas europeas ni siquiera podrían fácilmente realizar transferencias financieras con Irán o cualquier otro país si la compañía Swift, que gestiona los pagos, corta el flujo para evitar las sanciones estadounidenses. Francia reclama por ello una respuesta europea que devuelva al continente el control de su propia realidad económica y geoestratégica.

"Con amigos como Trump para qué queremos enemigos", ironiza el presidente del Consejo Europeo

 

Bruselas ya contempla la posibilidad de convocar una cumbre europea extraordinaria para abordar un replanteamiento de la relaciones con EE UU tras la ruptura del acuerdo unilateral, gota que colma un vaso saturado por decisiones de Trump como su abandono del Protocolo de París sobre cambio climático o su amenaza de sanciones al sector siderúrgico europeo por un supuesto dumping que no ha podido demostrar.

"A la vista de algunas decisiones de Trump más de uno podría pensar que con amigos como este para qué queremos enemigos", ha señalado esta semana el siempre sarcástico presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk.

Tusk prefiere, sin embargo, extraer una conclusión positiva de la histórica quiebra en la relación transatlántica: "La UE, francamente, debe estarle agradecida [a Trump]. Gracias a él, hemos dejado de hacernos ilusiones y ahora sabemos que si necesitamos que nos echen una mano, tendrá que ser la que hay en nuestro brazo".

La canciller alemana, Angela Merkel, fue tal vez la primera en Europa que se percató del problema tras su primer encuentro con el magnate estadounidense en marzo de 2017. A su regreso de EE UU, Merkel sentenció: "Los tiempos en que podíamos apoyarnos plenamente en otros se han terminado en gran parte".

La frase de la canciller apuntaba al final de la etapa iniciada tras la II Guerra Mundial, cuando Washington reordenó la Europa destruida (incluso vigiló e inspiró la Constitución todavía vigente en Alemania) y tuteló militar y estratégicamente la guerra fría con la URSS.

Merkel planteaba la necesidad de que Europa empezase a valerse por sí misma. Pero la Unión empieza a descubrir que no es tan fácil soltar las amarras que unen al desvalido continente con la metrópoli estadounidense.

Tras la caída del bloque soviético, Washington ha seguido asumiendo en gran parte la seguridad de Europa. Pero, además, la dependencia transatlántica atañe también a actividades económicas civiles y se ha ampliado como consecuencia de la revolución digital, en la que EE UU se ha distanciado en cabeza.

Los sectores de logística o transporte dependen del sistema de navegación estadounidense (GPS), un problema que la UE descubrió cuando EE UU bloqueó el sistema durante la guerra de los Balcanes. Bruselas respondió en 1994 con un proyecto alternativo europeo (Galileo) que debía estar plenamente operativo en 2008. Una década después de que se cumpliera ese plazo, Galileo no puede reemplazar todavía al GPS porque solo tiene en órbita 18 de los 30 satélites previstos.

La inmensa mayoría de los ordenadores europeos funcionan gracias a la tecnología de empresas estadounidenses como Microsoft (sistema operativo), Oracle (software) o Intel (microprocesadores).

Europa tampoco cuenta con ningún superordenador entre los 10 más rápidos del mundo (ranking dominado por China y EE UU), lo que obliga a científicos y empresas a recurrir a computadoras extracomunitarias para sus cálculos más sofisticados. Una carencia que, según la CE, amenaza los secretos comerciales europeos o la protección de datos europeos.

Las redes sociales de las que depende gran parte de la comunicación e información de los ciudadanos europeos (desde Facebook y WhatsApp a Twitter o Instagram) también son estadounidenses y rinden más cuentas a Washington que a Bruselas. Tras el reciente escándalo de filtración de datos de Facebook a la consultora Cambridge Analitica, el dirigente de la compañía, Mark Zuckerberg, acudió a dar explicaciones al Congreso estadounidense. En Europa, donde Facebook tiene más usuarios que en EE UU, Zuckerberg se ha negado a rendir cuentas y solo ha aceptado una comparecencia a puerta cerrada con líderes de los grupos políticos del Parlamento Europeo.

Y el cuasi monopolio de Google en el imprescindible servicio de buscadores en internet sigue intacto tras el lanzamiento de Quaero, el buscador europeo anunciado a bombo y platillo por Francia y Alemania tras el choque con EE UU por la guerra de Irak (2003). La Comisión Europea incluso autorizó una ayuda de Estado de 99 millones de euros para un proyecto que fue abandonado ocho años después. Las preguntas o dudas de franceses, alemanes y el resto de europeos las sigue resolviendo un buscador instalado en territorio Trump.

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