Lo que se está jugando realmente en Siria

La guerra es solo el reflejo de enfrentamientos mayores entre muchos actores con intereses distintos

Lo que se está jugando realmente en Siria

En Siria, quien tiene un techo quiere quedarse", le dijo una doctora a mi amigo el teniente general marine estadounidense. La facultativa hablaba de su familia, que hasta el 14 de abril tenía casa. Hoy ya no la tiene, y mi amigo los ha trasladado a Boston. El militar estaba triste: "Ojalá pudiera trasladar a mucha gente buena a lugares seguros". Pero es imposible. La guerra en Siria es reflejo de enfrentamientos mayores entre muchos actores con intereses distintos. Lo anticipamos en marzo de 2011, cuando los jóvenes salieron a la calle con sus smartphones pidiendo democracia a Bashar Al-Asad. Ya sabemos lo que vino después. En Siria, medio millón de muertos; miles, gaseados. Cuatro millones de desplazados.

"La historia explica el presente", escribió Aristóteles. Tras breves floraciones de la primavera árabe, la oposición moderada/democrática se organizó para, pacíficamente, pedirle a Bashar Al-Asad que dejara el poder y celebrara elecciones libres. Mi amigo militar se asustó: "Lo lleva en la sangre", me dijo refiriéndose a Asad: la última vez que a su padre le pidieron elecciones, en Hama (700.000 habitantes), en 1980, Háfez el-Asad envió al Ejército. Los habitantes de Hama creyeron (engañados) en las promesas democráticas de Asad y, como escribió entonces The New York Times: "Una multitud gritaba en las calles para celebrar el simple hecho de que podía protestar".

El Ejército no fue a Hama para garantizar elecciones democráticas. Escogió a 2.000 varones y los asesinó con gas mostaza. En Siria, nadie volvió a pedir elecciones, hasta marzo de 2011. Bashar Al-Asad, médico, con formación occidental y esposa estilo Rania de Jordania, respondió a la oposición moderada como hizo su padre: a sangre y fuego. El mundo occidental conocía al matrimonio Asad gracias a ¡Hola!: jóvenes, guapos, cosmopolitas, tolerantes...; ningún parecido con la realidad.

Tras las primeras matanzas de Asad, la oposición al régimen se organizó, porque eran/son muchas facciones. Obama envió 4.000 asesores, como hizo Kennedy en Vietnam. Los de JFK eran Green Berets y los de Obama Delta Force y Navy Seals. En ambos casos, fuerzas especiales.

La semana pasada, el Pentágono borró online toda la serie histórica del número de tropas estadounidense (2002-2018) en Siria, Irak y Afganistán. En agosto de 2017, una división de marines expulsó a ISIS de Tal Afar y Raqa, en Irak. Aunque Trump, públicamente, otorgó el mérito al Ejército iraquí –los mismos 70.000 que salieron corriendo frente a 3.000 terroristas del Estado Islámico en Mosul, dejando en sus manos tanques Patton y Abrams, Bradleys, Hummvees y misiles antiaéreos–.

La postura oficial de Trump ha sido "retirarnos de Oriente Medio" (lo reiteró en el contexto de los ataques aliados a instalaciones químicas del régimen sirio): pero la realidad difiere, dice mi amigo, porque en Siria hay 10.000 marines ayudando a la oposición moderada a Asad y para proteger a la población civil.

Juntos, pero no revueltos, se han unido Turquía (porque quiere acabar con los kurdos del norte de Siria), Arabia Saudí y Emiratos. Por varios motivos: para echar del poder a Bashar Al-Asad, para luchar contra Nusra (Al Qaeda en Siria) e ISIS. En esto último, "esta coalición ha triunfado", aunque no ha eliminado a Asad. Hay otro motivo: Irán, adalid del mundo chií, disputa a Arabia Saudí (suní) el liderazgo en la región y se ha lanzado con su propia coalición (Hizbulá, Hamás y las milicias chiíes iraquíes) a luchar contra los enemigos de Asad.

Hace tres años apareció Rusia en escena: entró por Latakia y estableció una formidable base militar en Khmeimin. Como en Afganistán y en Chechenia, Putin ha sido generoso en tanques, aviones y soldados. Las defensas antiaéreas utilizadas por Siria para defenderse el pasado fin de semana de los ataques de EE UU, Francia y Reino Unido eran rusas. Rusia, desde la Guerra Fría, era amiga de Siria y se puso manos a la obra para defender a Asad.

En Alepo, inexistente ciudad patrimonio de la humanidad, hubo un cese de hostilidades para que medio millón de personas pudieran pasar de la zona controlada por Rusia/Asad a la zona norteamericana/oposición moderada. La tregua duraba solo cinco horas y el general al mando desplegó sus marines para proteger a la gente. Empezada la tregua, recibió la inesperada visita de un general ruso, que le dijo: "Esto es asunto nuestro. Manteneos al margen u os bombardearemos". Provocar a un marine es un estúpido error. Su lema es Semper Fidelis; y se habían comprometido a proteger al medio millón de mujeres y niños. Y eso hicieron.

El marine no pensó que los rusos fueran a bombardearles. Hubiera sido una guerra abierta entre las dos superpotencias. Impensable. Así que, tras consultar a su jefe (James Mattis, secretario de Defensa y marine), los marines no se movieron. Entonces actuaron Nusra e ISIS, con francotiradores, para evitar la evacuación que, en cualquier caso, tuvo lugar exitosamente. Los rusos no intervinieron. Su misión no es humanitaria, sino proteger el régimen de Asad. Y, sobre todo, hacerse con las mayores reservas de gas del mundo que, curiosamente, están cerca de las instalaciones químicas de Al-Asad. Siria es el principal centro de almacenamiento y producción de gas. La estrategia de Rusia para hacerse con el gas en Siria comenzó en 1994 cuando se creó Gazprom, proveedor del 41% del gas que se consume en Europa.

Según Washington Institute for Near East Policy, la cuenca del Mediterráneo encierra las mayores reservas de gas y es precisamente en Siria donde se hallan las más importantes. La revelación del secreto del gas sirio da una idea de la enorme importancia de lo que está en juego. Los firmantes del Acuerdo de Damasco (Irak, Irán, Siria; 2013) ­–que permite que el gas iraní pase a través de Irak y llegue al Mediterráneo, declararon: "Siria es la llave de una nueva era".

Sí, y su gas es la clave.

 Jorge Díaz Cardiel es Socio director de Advice Strategic Consultants. Autor ‘Clinton vs. Trump’ y ‘Trump, año uno’

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