Cataluña afronta el riesgo de entrar en bucle con el ‘procés’

Las posiciones iniciales de los partidos y el hecho de que la CUP tenga la llave de la mayoría soberanista anuncian una etapa de inestabilidad

El 155 se acabará cuando se forme el nuevo ‘Govern’, pero nada impide a Moncloa recurrir nuevamente a la intervención

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont ,este viernes en Bruselas.
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont ,este viernes en Bruselas. EFE

Los catalanes han hablado y ahora falta entender qué han dicho. Los números fríos, que conviene recordar porque la tentación de coger solo la parte que cuadra con los intereses de uno es elevada, dicen que los partidos nítidamente independentistas han obtenido el 47,5% de los votos. Los constitucionalistas, el 43,5%; las opciones que defienden celebrar un referéndum suman el 55% (ERC, JuntsxCAT, CUP y Podemos); y los que rechazan cualquier cesión en forma de más autonomía o pacto fiscal son el 29,6% (C’s y PP).

Este es el mapa que han dejado unas elecciones que servirán para acabar con cualquier referencia a las mayorías silenciosas y que dibujan un escenario que mal gestionado puede ser devastador para la economía. En escaños, las formaciones independentistas vuelven a tener la mayoría absoluta, aunque las fuerzas constitucionalistas han ganado peso. ¿Y ahora qué? ¿Vuelta a la casilla de salida? No, exactamente, pero el riesgo de que Cataluña entre en bucle no es menor.

Habrá que ver hasta qué punto lo sucedido tras el 1 de octubre sirve para modificar estrategias. Las primeras horas tras los comicios de este jueves no auguran nada que permita pensar en una rebaja de la tensión y en una reducción de la incertidumbre. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, que ha logrado un resultado mucho mejor del que apuntó cualquier encuesta, propuso este viernes al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, un encuentro en cualquier país que no fuera España. Si Puigdemont regresa sabe que le espera la cárcel. Habla como si siguiera siendo el presidente y en términos que para Moncloa son inaceptables.

No hay incentivos a cambiar de estrategia. El bando soberanista no ha sido castigado en las urnas y el constitucionalista ha ganado apoyos

“Yo con quien debería sentarme es con la señora [Inés] Arrimadas, que es quien ha ganado las elecciones”, dijo Rajoy cuando le trasladaron el ofrecimiento de Puigdemont. El líder del PP reconoció los malos resultados de su partido, que se vio superado por la CUP y no llegó al 5% de los votos. Para el presidente del Gobierno, el retroceso electoral no es una consecuencia de la aplicación del 155 y recordó que el partido más votado, Ciudadanos, fue el que con más vehemencia reclamó la intervención de Cataluña. Para Rajoy, las llamadas al voto útil y la concentración de los sufragios constitucionalistas en Ciudadanos explican el descalabro del PP.

La incertidumbre y el riesgo de inestabilidad se mantienen. Y ello se acentúa más si se tiene en cuenta que quien tiene la llave de la suma independentista en el Parlamento es la CUP, una formación que, por ejemplo, propone establecer aranceles a la entrada de alimentos, impagar la deuda o nacionalizar sectores estratégicos. Obviamente, ninguna de estas medidas se implementará, pero la CUP tendrá la capacidad de vetar cualquier propuesta que no encaje en su ideario anticapitalista. El PDeCat, el partido de Puigdemont, heredero de Convergència y que acudió bajo el nombre de Junts per Catalunya, ya ha apuntado que rechaza un Gobierno de concentración con la CUP. Los anticapitalistas, que ya han demostrado que son tercos y aguantan bien la presión, lograron en el pasado acabar con la vida política de Artur Mas. El período de negociaciones que se abre será intenso entre los independentistas. La CUP ya ha avanzado que solo dará su apoyo si tiene garantías de que sus votos servirán para “hacer república”. ¿Y eso qué significa? “Se trata de no volver a hacer la autonomía, de no obedecer el 155, la Constitución y de no volver a aplicar el Estatut, sino de hacer república y de construir república”, dijo el cabeza de lista, Carles Riera.

Puigdemont habla como si siguiera siendo presidente y la CUP como si la experiencia de los últimos meses no hubiera demostrado que resulta inviable la vía unilateral. “Hacer república” puede sonar bien a los oídos soberanistas, pero no hay forma de plasmarlo en la realidad. El Estado ha demostrado que tiene las herramientas para detener los intentos unilaterales de alcanzar la independencia.

Según el decreto de aplicación del artículo 155 que aprobó el Senado, la intervención finalizará cuando haya un nuevo Gobierno, sin embargo, nada impide a Moncloa volver a recurrir a la intervención. De hecho, durante la campaña electoral, el PP aseguró que no vacilaría en regresar al 155 si la Generalitat desafiaba la ley.

La economía catalana ya ha empezado a notar los efectos del conflicto político con el cambio de domicilio social de más de 3.100 empresas y la caída del consumo y la inversión. Entidades como el Banco de España o la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) también han alertado de que si la incertidumbre se prolonga y la tensión regresa a los niveles posteriores del 1 de octubre, la economía catalana se ralentizará y el impacto económico será relevante y perjudicará al mercado laboral.

Sin embargo, los partidos políticos puede que tengan pocos incentivos electorales para cambiar sus estrategias. Junts per Catalunya y ERC han visto como el voto independentista se mantenía estable y, por lo tanto, ni la salida de empresas ni los posibles daños económicos les han pasado factura en las urnas. A Ciudadanos, la polarización les ha facilitado un resultado electoral que no hubieran soñado un año antes. La estrategia del PP, de no ceder ni un paso ante el independentismo y aplicar la mano dura a través del 155, puede que no les haya funcionado en Cataluña, pero sí en el resto de España. Además, si flaquearan en este punto, Ciudadanos les podría volver adelantar por la derecha. Y aquellos como Catalunya en Comú, la marca de Podemos, que han huido de los dos bloques han sido castigados. Sin incentivos para encontrar nuevas vías, aumenta el temor a que Cataluña se adentre en un procés 2.0. Y si el primero acabó mal y dejó una sociedad fracturada, no hay ningún motivo para pensar que el segundo será distinto. Pero todo apunta que hacia allí vamos.

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