Ciudadanos gana, pero el independentismo suma la mayoría

Arrimadas logra una victoria histórica, pero no tiene suficientes apoyos para ser investida presidenta

El bloque independentista suma mayoría absoluta y Junts per Catalunya supera a ERC

Ciudadanos, un partido con apenas diez años de historia, ganó las elecciones en Cataluña. Es la primera vez que una formación ajena al catalanismo político logra ser la más votada. El auge de Ciudadanos es una consecuencia directa del procés independentista, que ha movilizado como nunca antes al votante que rechaza los postulados soberanistas. Aun así, los partidos independentistas mantienen la mayoría absoluta. De hecho, han aumentado el número de sufragios. El procés inicia una nueva e incierta etapa. La participación superó el 81%, el registro más elevado de la historia.

La formación liderada por Albert Rivera logró más de un millón de votos, el 25% del censo y 37 diputados. A pesar de su victoria, es inviable que Arrimadas logre formar gobierno. El bloque constitucionalista (C’s, PSC y PP) no ha llegado a la mayoría absoluta.

Los partidos independentistas sí que lo han conseguido, pero no como apuntaban las encuestas. Los sondeos subestimaron al expresidente Carles Puigdemont, que desde Bruselas ha realizado una campaña que ha logrado erosionar a Esquerra Republicana, que aspiraba a ser la primera fuerza. Puigdemont ha mostrado su voluntad de ser diputado desde Bruselas y habrá que ver hasta qué punto el reglamento del Parlament lo permite. Es factible que delegue el trámite de recoger el acta de diputado, sin embargo, resulta improbable que pueda participar en las votaciones.

Junts per Catalunya ha logrado el 21,7% de los sufragios y 34 escaños. ERC ha recibido el apoyo del 21,4%. La CUP, por su parte, ha perdido apoyos y se ha quedado con menos de 200.000 sufragios y cuatro escaños. El bloque independentista suma 70 escaños y logra la mayoría absoluta marcada en 68 diputados. Las negociaciones en el bloque soberanista serán arduas, con el líder de ERC, Oriol Junqueras en la cárcel y Puigdemont en Bruselas. Hoy por hoy, resulta aventurado decir qué candidato soberanista se presentará a la investidura.

Otra lectura de estos comicios es que Cataluña está dividida en dos bloques. Quizás han existido siempre, pero nunca hasta ahora se les había exigido posicionarse uno frente al otro. El bloque soberanista suma el 47,5% de los votos y el constitucional (sin incluir a Podemos), el 43,5%. Esta polarización dificulta la labor del Gobierno y puede enrarecer la convivencia. Que la división sea prácticamente a partes iguales entre independentistas y no independentistas, debería obligar a los partidos a actuar con cautela. Hoy, la posibilidad de establecer puentes entre ambos bandos se ve lejana, aunque también más necesaria que nunca.

El independentismo deberá gestionar una situación complicada. El soberanismo jugó su gran baza el 1 de octubre, cuando no logró celebrar un referéndum con garantías, pero si sacó las urnas a la calle, promovió una gran movilización sin precedentes y se ganó cierta simpatía internacional por las imágenes de las cargas policiales. Sin embargo, nada de ello hizo que la posibilidad de que la independencia de Cataluña fructificara y se viera real. El Estado aplicó el 155 sin resistencia y obtuvo el respaldo unánime de los socios de la Unión Europea. Ahora, el soberanismo, con parte de sus líderes en la cárcel y otros en Bruselas, debe decidir qué hacer cuando sus promesas se han descubierto irrealizables al confrontarlas con la realidad.

El escenario que se abre ahora es muy incierto. En cualquier caso, los datos económicos ya han lanzado las primeras señales de alarma. No hace falta ser economista para entender que la incertidumbre y la inestabilidad son enemigos del crecimiento económico. El cambio de domicilio social de más de 3.100 empresas, la caída del consumo y de la inversión son elementos que apuntan que la comunidad con mayor PIB de España –aunque está a un paso de ser superada por Madrid– se está ralentizando.

Todo lo que rodea al procés es excepcional. En 2006, un desconocido Albert Rivera, posaba desnudo en su cartel de campaña y obtenía el 3% de los votos y tres diputados. Su misión era la de actuar de mosca cojonera. Hoy, Ciudadanos es el partido más votado en Cataluña, sin tener ni una alcaldía. Es algo inédito y refleja la situaciones paradójicas y excepcionales que ha provocado el procés.

La polarización entre el bando independentista y el contrario a la secesión ha perjudicado la postura más ambigua de Catalunya en Comú, la marca de Podemos. Su estrategia de no unirse a ningún bloque y defender un improbable referéndum pactado no les ha funcionado. Catalunya en Comú logró el 7,3% de los votos y ocho diputados, tres menos.

Miquel Iceta tampoco ha logrado que el PSC mejore sensiblemente sus resultados. Ha obtenido el 13,9% de los votos, un porcentaje algo superior al de los anteriores comicios. Logra 17 escaños, uno más que en 2015.

El PP de Xavier García Albiol ha obtenido el peor resultado de su historia en una comunidad en la que siempre ha jugado un papel residual. Los votantes populares se han ido en masa a Ciudadanos y solo se han quedado los leales, que son muy pocos. El PP es la última fuerza política con el 4,2% de los votos y 3 diputados. Otra excepcionalidad: el partido que Gobierno España es la última fuerza política en Cataluña. Habrá que ver qué consecuencias tiene este resultado en la política estatal.

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