Las previsiones del BCE pueden hacer mucho ruido

El IPC de noviembre en la zona euro, peor de lo esperado, puede derivar en volatilidad de la deuda soberana

mario draghi

En la actualidad, existen motivos para la tranquilidad en los mercados, si bien esto no es incompatible con la existencia de episodios puntuales de volatilidad. En el corto plazo, los últimos datos y, sobre todo, el hecho de asistir a un crecimiento que se ha filtrado al grueso de la economía global, permiten confiar en los avances de la actividad en los próximos trimestres. De hecho, recientemente, Mario Draghi apuntaba que el porcentaje de países en los que el crecimiento ha mejorado en relación con los tres años anteriores ha aumentado del 20%, a mediados de 2016, al 60% en la actualidad.

Luego, sin nubarrones en el apartado del crecimiento, las potenciales fricciones podrían emanar de la revaluación por parte de los inversores del futuro de la política monetaria de los grandes bancos centrales. En este sentido, la experiencia reciente y, especialmente, la guía de largo plazo articulada por sus responsables son acordes con acciones teledirigidas.

En la nueva realidad que los bancos centrales afrontan, la política de comunicación se ha convertido en una herramienta tan potente y valiosa como los propios movimientos de tipos. De momento, los pasos dados por esta senda son adecuados y llevan a descartar que provoquen cambios abruptos en los mercados y, sobre todo, duraderos.

Otra cuestión, como señalábamos anteriormente, es que se puedan dar episodios concretos de volatilidad vinculados a malentendidos relacionados con los bancos centrales.

En este contexto, deberá tenerse muy presente la actualización de las previsiones del BCE para la eurozona que acompañará a su encuentro del 14 de diciembre, dado que pueden producirse sorpresas al alza respecto a las perspectivas de inflación de 2018.

El avance de los precios del crudo marcará la diferencia en las asunciones técnicas de la entidad y, de hecho, podemos apuntar que han quedado atrás las referencias del 14 de agosto de 2017 que rigieron las estimaciones del pasado septiembre, sustentadas en precios del barril Brent de 52,6 dólares para 2018 y 53,1 para 2019.

La revalorización del petróleo hará, seguramente, que se tomen referencias en este campo de 61-62 dólares para 2018 y 58-59 para 2019, mientras que las asunciones técnicas relativas a las materias primas no energéticas deberían arrojar pocos cambios y la valoración del euro frente al dólar jugar ligeramente en contra de la inflación.

En conjunto, esta combinación de factores, probablemente, llevará al BCE a situar su previsión de IPC de 2018 en cifras próximas al 1,5% previsto para este año, superando el 1,2% estimado el pasado septiembre.

Por otra parte, también existen motivos para confiar en la revisión al alza de las previsiones de inflación desde el punto de vista de los factores vinculados a la órbita interna de la eurozona. Las últimas encuestas de la Comisión Europa a los agentes económicos del área apuntaban claramente a un escenario de alzas de precios, al tiempo que el uso de la capacidad instalada en la zona euro se sitúa en 83,8% frente al 80,64% de la media de largo plazo o el 82,4% del periodo 2000-2007. En otras palabras, existe respaldo para esperar la mejora de la inflación subyacente en nuestra área hasta 1,3% el próximo año, como ya esperan en el BCE.

El problema es que, después de las cifras algo peores de lo esperado del IPC de la eurozona en noviembre (1,5% interanual), esta situación puede coger a contrapié a los mercados y derivar en volatilidad en la deuda soberana a las puertas de un periodo delicado ante la cercanía del final de año. Otra cuestión es que dicha volatilidad sea duradera. En primer lugar, desde el BCE se hará presente que cualquier movimiento por su parte será muy progresivo y medido, recordando el propio Draghi que la ausencia de un final predefinido para el programa de compras de activos es en sí una guía sobre los tipos e implica que éstos se mantendrán en niveles bajos durante un período prolongado de tiempo.

En segundo, la intervención del BCE continuará en el mercado y realizará adquisiciones netas de activos por valor de 270.000 millones de euros hasta septiembre, a las cuales deben sumarse las reinversiones por valor de 124.403 millones de euros entre enero y septiembre de 2018.

Unas cifras muy importantes que seguirán manteniendo anestesiados a los mercados de deuda de la eurozona en los próximos meses, sobre todo, desde la óptica soberana ya que las compras netas superarán holgadamente las necesidades de financiación de los países del área en el próximo año.

Según las propias previsiones de la Comisión Europea, la necesidad de financiación de la esfera pública del conjunto del área euro ascenderá al 0,9% del PIB el próximo año, es decir, unos 106.100 millones de euros cuando las compras netas de deuda soberana del BCE podrían rondar los 215.000 millones de euros hasta septiembre; cifra a la que deben sumarse los 99.205 millones de euros de reinversiones en este ámbito entre enero y octubre.

Las anteriores cuestiones, junto a un escenario donde las subidas de tipos en la eurozona no se producirán hasta comienzos de 2019 por medio de las tasas de la facilidad de depósito, llevan a plantear que la “sangre no llegará al río” ante cualquier episodio de volatilidad de la deuda soberana en la zona euro, ligado a la revisión de las estimaciones de inflación del BCE. En resumen, de darse un episodio de volatilidad, éste será de corta duración.

Francisco Vidal es jefe del Departamento de Análisis de Intermoney

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