Lecciones amargas tras los atentados de Cataluña

Preparémonos para vivir con el terrorismo y sus fanáticos y financiadores durante años

Atentado Barcelona
Homenaje en La Rambla (Barcelona) a las víctimas del atentado de la semana pasada.

Tras el dolor, de nuevo la realidad. Siempre la realidad. Pero todo depende del prisma, del ojo machadiano con que la veas, con que la mires. Ha transcurrido una semana desde el trágico 17 de agosto. Una semana donde la corriente de solidaridad, de humanidad y sensibilidad ha sido enorme. Un abrazo de fraternidad espontáneo que, como tal, no tardará en diluirse. Los corazones, con el paso del tiempo, como la memoria, se vuelven subjetivos, a veces de cartón piedra.

¿Qué lecciones nos deparan, nos arrojan los trágicos y violentos atentados de Barcelona y Cambrils? No son diferentes a los que deparan Berlín, Londres, Manchester, Niza, París, Bruselas, pero también todos los que casi a diario acaecen en Oriente Medio, en el Magreb, en Oriente Próximo y tantos y tantos otros lugares. De nuevo el prisma, de nuevo, el ojo con que quieres ver, pues no es el ojo que tú ves, sino el que te ve a ti.

Primero, más seguridad, más inteligencia, más inversión en medios y recursos. La crisis y sin duda el hecho de haber bajado un tanto la guardia y la perceptibilidad no pueden disuadirnos en esta lucha frente al terror, la violencia y el radicalismo. Hoy más que nunca, al margen de la seguridad física y en nuestras calles, la lucha es cibernética, controlar páginas web, fiscalizar internet y tratar de buscar quién mueve los hilos, las causas, los porqués y los para qués, algo extremadamente complejo. La inteligencia es clave, tanto en los servicios de espionaje como contraespionaje y la labor de campo, de indagación. Lo preventivo.

Segundo, controlar los focos de radicalización y cuestionarnos por qué y cómo se inocula este virus de muerte y terror. Quién y cómo se siembra, cómo se capta, quién capta, qué busca con esa captación y quién ordena desde fuera y donde la misma. Hemos visto como estos doce terroristas que componían una célula amplia estaban integrados, no precisamente marginados, algunos eran buenos estudiantes, habían recibido la atención psicopedagógica de educadores sociales, pero algo falló y vertiginosamente fueron captados y radicalizados hasta semejante extremo de muerte, terror y sangre. ¿Qué hizo el imán, cómo lo hizo y por qué? ¿Qué libertad de actuación y sin límite tiene un imán?

Tercero, conviene no caer en la demagogia ni en el nihilismo vacío y absoluto. Unidad política y social. Seguir confundiendo islam e islamismo, terrorismo islámico con islamista y yihadismo conforman partes de un mismo puzzle donde se profiere la corrección política y estilística. Los asesinos son quienes son, quienes inducen, quienes cooperan. Pero la religión es otra cosa. Como también los árabes, los musulmanes. No simplifiquemos, no vulgaricemos, no generalicemos, no caigamos en la demagogia fútil, estéril, vacua, pero también estúpida. No es el islam, son personas que se aprovechan de ciertas interpretaciones. No todos los terroristas que están cometiendo en Europa estos atentados se mueven por vínculos religiosos, algunos probablemente no conocen en realidad el Corán. Es el odio, la violencia, la historia, el pasado, el juzgar ese mismo pasado con los ojos de hoy, lo que sucede en sus países o sucedió. Los gobiernos despóticos, sátrapas, la falta de oportunidades, de igualdad, de libertad, el robo de dignidad, de derechos humanos, los abusos, las torturas, los silencios, los extremismos inoculados desde ciertos postulados más radicales que aprovechan la religión, etc., los que generan un gran caldo de cultivo, de frustración y sobre todo, de buscar y hallar culpables que no tienen culpa alguna.

Cuarto, conviene de verdad postular y replantear la integración real y no sobre el papel de todas las minorías que existen en nuestras sociedades. Como recordaba el profesor Priego en un excelente artículo, cuántos de estos inmigrantes son alcaldes, diputados, secretarios de Estado o ministros. Londres es un buen ejemplo. En España no tanto. Cuántos son directores, gerentes, CEO de grandes empresas, catedráticos, militares de graduación, etc. Eso es parte de la integración. Pero la verdadera, pues solo así el multiculturalismo hace crecer y creer a una sociedad abierta, rica, plural, sin miedos.

Quinto, convivir con el terror no es anular el miedo, pero sí diluirlo. Cuando los ecos del dolor se apaguen, cuando ya no haya manifestaciones masivas, cuando el duelo se diluya, cuando los heridos vuelvan a casa, cuando el eco mediático concluya, cuando ya los ciudadanos quieran seguir con la noria agigantada o cansina de sus propias vidas, cuando los políticos ya dejen de proferir sus consignas y sus eslóganes tan manidos y socorridos, cuando los grados de alerta terrorista se incrementen tímidamente y un largo etcétera, todo continuará. Como la vida en las mismas calles, en la misma Rambla, plazas, estadios, salas de música, puertos, centros comerciales, puentes, mercados navideños, etc., donde los asesinos, donde los lobos siembran la muerte y el terror. Por que toca vivir. Pero también toca convivir con el terror. Con la abstracción y la vacuidad de unos miserables que han sido adoctrinados en el odio y en el fanatismo. Mas, ¿dónde están las causas de este odio? ¿Dónde y desde dónde se inocula este virus fanático, radical, letal? ¿Quién está detrás y desde dónde se está financiando estos zarpazos mortales? ¿Quién fomenta una interpretación radical y tiene el dinero y la financiación suficiente para buscar adoctrinadores, crear células, cohesionarlas y mandarlas a la muerte?

Sexto, preparémonos para vivir con el terrorismo y sus fanáticos y financiadores durante años. Denunciar los focos que hay en nuestro barrios. Es y será la lacra y el precio a pagar en tiempos postmodernos, líquidos y vacíos. Pero debemos ser ciudadanos comprometidos, activos, también esas comunidades, islámicas, deben denunciar y sin miedo los focos de radicalización que vean. También de hipocresía económica y de negocios sin importarnos demasiado establecer relaciones comerciales y económicas con países, o algún país en concreto del que se es consciente de sus posiciones, de su radicalismo, de sus interpretaciones, de su progresión, de sus redes, de sus tapaderas. Tiempos de iniquidad, de vesania, de mentira, de hipocresía, tan superficiales como artificiales.

Pero todo pasa. Todo cae lenta pero inexorablemente en el olvido. Solo de verdad sienten, lloran, se duelen y experimentan soledad las víctimas. Podrán hacerles cuantos homenajes quieran, y cada cifra solemne o cerrada, aniversario, década, etc., le organizarán un tributo el político de turno. Somos así, frágiles. Vulnerables, incluso en la autocrítica, bastante ayuna.

Abel Veiga es profesor de Derecho de la Universidad de Comillas.

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