Italia no encaja en la Europa de Macron

El nuevo eje franco-alemán prescinde de un país sumido en la incertidumbre política y económica

El asilamiento de la tercera potencia europea retroalimenta su euroescepticismo

Emmanuel Macron Paolo Gentiloni
El presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni.

Italia parecía llamada a ser una de las grandes aliadas de la nueva Europa de Emmanuel Macron, pero los tres primeros meses del presidente francés han dejado claro que París prescinde de Roma.

Los desplantes franceses hacia el Gobierno italiano han alcanzado tal nivel que la prensa transalpina llega a describir al inquilino del Elíseo como "nuevo Napoleón", una etiqueta que tal vez no suene muy dura en Francia pero que en Italia rememora tiempos de invasión y opresión. Eugenio Scalfari, fundador y ex director del diario La Repubblica, ha llegado a advertir del riesgo de que Macron intente convertir a Italia "en una especie de colonia".

Roma observa con creciente preocupación la tendencia de Macron a estrechar los vínculos con Berlín en detrimento del resto de socios europeos. Una pinza franco-alemana que puede convertirse en tenaza tras las elecciones del 24 de septiembre en Alemania, en las que, según los sondeos, la canciller Angela Merkel podría imponerse por cuarta vez.

El primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, ha intentado en vano tender puentes y convertir el eje en un trío. Gentiloni logró una cumbre tripartita con Macron y Merkel. Pero la cita (el 13 de julio) solo sirvió para visualizar aún más las discrepancias de Roma y París en un tema tan sensible como la inmigración.

Italia reclama ayuda para gestionar la llegada a sus costas de inmigrantes procedentes de África (a través de Libia), un flujo que en el primer semestre de este año ha aumentado un 21%, hasta 85.000 personas, en relación con el mismo período del año anterior, según datos de la Agencia europea de fronteras (Frontex).

Macron considera que se trata de movimientos migratorios por motivos económicos y no de refugiados. Y se niega a permitir que los buques de rescate atraquen en puertos franceses para aliviar a los italianos.

El presidente francés ha asumido, además, la iniciativa para intentar controlar en Libia la salida de irregulares, un movimiento interpretado por Roma como una injerencia en un territorio sobre el que Italia reivindica un papel de liderazgo europeo por razones históricas.

A la crisis migratoria se ha añadido el conflicto en torno a la propiedad de los astilleros franceses STX, en los que la compañía pública italiana Fincantieri intentaba hacerse con el control. Macron no duda en recurrir a la nacionalización con tal de evitar que Roma asuma la propiedad STX tras la salida del capital coreano, dominante hasta ahora.

El ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, se ha desplazad dos veces a Roma para ofrecer al gobierno de Gentiloni una propiedad compartida de los astilleros sin control italiano. Pero el conflicto no se ha resuelto y las dos partes se han concedido de plazo hasta finales de septiembre para intentar resolverlo.

En Roma y en otras capitales, sin embargo, cunde la sensación de que los choques en política migratoria e industrial son solo los síntomas visibles de una estrategia francesa para relegar a Italia y evitar su incorporación a un directorio europeo en manos de Macron y Merkel.

Berlín y París quieren liderar la reforma de la Zona euro, que se espera que incluya un endurecimiento de la disciplina fiscal (con límites a la compra de deuda pública de las entidades bancarias y un sistema de suspensión de pagos para los Estados) con algún instrumento presupuestario conjunto como mecanismo de solidaridad.

Macron y Merkel también se han puesto al frente de la llamada Europa de la defensa, un proyecto que pretende aumentar la independencia militar del Viejo Continente en relación EE. UU. Algunas fuentes comunitarias temen que el eje franco-alemán aprovechen la iniciativa simplemente para propiciar una consolidación de la industria armamentística en torno a sus propios emporios industriales, una perspectiva muy temida en España y, sobre todo, en Italia.

El mes pasado, el presidente francés y la canciller alemana ya anunciaron su intención de desarrollar un bombardero conjunto que podría poner en peligro al actual Eurofighter, construido por Reino Unido, Alemania, Italia y España.

La resurrección del eje franco-alemán levanta grandes suspicacias en el resto de la UE y la mayoría de los socios se están reagrupando en alianzas preventivas en función de intereses más o menos comunes, un movimiento acelerado también por la salida del Reino Unido (brexit).

Los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) están reforzando su coordinación, al igual que los países considerados más liberales, como Irlanda, Dinamarca y Holanda. En Europa central, los cuatro de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia) también intentan presentar un frente común, aunque la deriva euroescéptica de Varsovia lo complica.

Italia y España, en cambio, corren el riesgo de quedarse en una tierra de nadie, sin la envergadura suficiente para sumarse a la escapada de Macron ni la paciencia de quedarse en el grupo de los pequeños perseguidores.

El Gobierno español ha optado por establecer una relación estrecha con Berlín, por plantar cara a París en temas sensibles y por conformarse con participar en el núcleo de los asuntos que más le interesan, como seguridad o Zona euro. 

Pero Roma no encuentra su lugar y la coyuntura política y económica del país juega en su contra. Gentiloni preside un gobierno marcado por la interinidad y valorado como un mero puente entre la dimisión del ex primer ministro Matteo Renzi (en diciembre del año pasado, tras perder un referéndum sobre una reforma electoral) y la convocatoria de unas elecciones en las que el movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo podría convertirse en la fuerza más votada.

A diferencia de España, además, la economía de Italia se encuentra estancada y es el único de los países grandes donde el PIB per cápita no ha crecido desde el nacimiento del euro hace casi 20 años. Y el sector financiero incuba una inmensa bolsa de morosidad (15,3%, casi el triple que España) con más de 270.000 millones de euros en préstamos fallidos.

La incertidumbre política y el declive económico de la tercera economía de la Zona euro colocan a Italia en una peligrosa senda marcada por un creciente euroescepticismo y un deterioro de la situación laboral. La tasa de actividad laboral en Italia es la tercera más baja de la OCDE, solo por detrás de Grecia y Turquía. Y la tasa de paro es la tercera más elevada, con Grecia y España por delante.

El bucle de recesión, paro y morosidad se ha hecho tan endémico que periódicamente arrecian las voces partidarias de abandonar el euro y regresar a la moneda nacional, aunque algunos análisis apuntan que la grave situación no tiene nada que ver con la unión monetaria.

Los más optimistas confían en que la amenaza de aislamiento del núcleo duro de la Zona euro lleve a Italia a reaccionar y a apostar por una "revolución europeísta" como la que pretende liderar Macron. Pero en Bruselas también cunde la inquietud por el peligro de que el cóctel italiano reviente si la opinión pública percibe un castigo, real o imaginario, por parte de Francia y Alemania. Macron, de momento, parece dispuesto a correr el riesgo.

 

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