Los defectos del turismo y los excesos de sus detractores

Hay que cuidar por igual la convivencia y una industria de la que el país no puede prescindir

Turismo
Turistas en la zona monumental del Park Güell de Barcelona. EFE

Las manifestaciones de turismofobia están empezando a ser demasiado comunes en los grandes focos urbanos de atracción de visitantes, y se han convertido ya en un fenómeno a tener en cuenta por los gestores de las grandes ciudades. Más allá de los ataques reiterados de las últimas semanas en instalaciones hoteleras, autobuses turísticos o terrazas de ocio en Barcelona y otras ciudades catalanas, baleares o vascas, que tienen un alto componente de protesta política nacionalista, radical y antisistema, y que deben ser combatidas cuasi como actos desorden público, la incomodidad mostrada por la ciudadanía allí donde la actividad turística ha experimentado crecimientos desaforados merece una reflexión serena y algunas soluciones.

Ciudades como Venecia, París o la propia Barcelona han sufrido avalanchas de visitantes en los últimos años hasta desbordar muchas veces la capacidad física de las infraestructuras urbanas para absorber tanta población sin incomodar la vida ciudadana; y en algunos casos han determinado ya ciertas limitaciones a los visitantes. Pero la democratización de la actividad turística por la llegada y uso creciente de herramientas que abaratan los viajes y la estancia, como las compañías aéreas low cost o las plataformas de alquiler turístico, ha dado una vuelta de tuerca al fenómeno que ha extendido el malestar a un creciente número de destinos.

España, cuya actividad turística es una de sus primeras industrias y está preparada para absorber ingentes cantidades de visitantes (más de setenta millones al año), debe analizar cómo reaccionar ante la masificación. Debe apostar por la calidad, que lleva aparejados precios más elevados, como fórmula de selección que limite los excesos y financie los servicios que consume el visitante; debe tratar de desestacionalizar las visitas y equilibrar geográficamente la oferta, explotando atractivos hasta ahora considerados secundarios; y debe ser sensible a las demandas de los nativos para conservar el equilibrio entre sus necesidades y la obligada hospitalidad hacia unos invitados que han supuesto históricamente uno de los pilares de la economía española, y que a falta de otros, conviene preservar.

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