Miguel Blesa: las cumbres y los abismos

El expresidente llevó a la entidad a un gigantesco crecimiento, que fue a la vez causa de su derrumbe

Entrevista al presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa.
Entrevista al presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa. EL PAÍS

La muerte de Miguel Blesa, trágica, es el epíteto final a un hombre que tocó y acarició con los dedos las mieles del poder, del éxito, de la fama, exponente singular de un tiempo y unas formas que en España se dieron cita con fruición, con donosura y desparpajo. El mundo de las cajas de ahorros ha dejado un desierto de responsabilidades y un océano de excesos del que hoy todos, cínicamente, nos preguntamos cómo fue posible, y sin embargo se dejó hacer. Hasta que en el punto de mira financiero se situaron las cajas. Todas. Apenas una sobrevive de aquel maremágnum, de aquella borrachera política y partidista, clientelar y caciquil con que en España, pero sobre todo en las comunidades autónomas, se tejió y destejió el poder y el control, amén de la financiación del partido de turno que gobernase en una región u otra.

Aquellos tiempos son hoy pasado. Algunos de aquellos presidentes estuvieron o aún están en prisión. Sus honores y laudatios borrados del imaginario popular, su grandeza agigantada por aduladores y buscadores es hoy escarnio y pisoteo. En este país el éxito se digiere mal, pero sobre todo, cuando el fracaso y la caída asoman, simplemente no hay piedad. Blesa estuvo en dos ocasiones en prisión y estaba pendiente de su recurso ante el Supremo por el caso de las tarjetas de Caja Madrid. Salió justo antes del declive total del banco, pero cuando la morosidad era alarmante y la burbuja inmobiliaria, los excesos, la escasa aversión real al riesgo, los excesos, los devaneos internacionales, las fallidas, cuando no erróneas, expansiones a todas las comunidades autónomas acabaron pasando una agria factura, pero era solo una; la otra, más adusta y amarga, tenía un sabor y un regusto diferente, el político. Un político le encumbró, aun no teniendo conocimiento financiero alguno, y en medio de luchas fratricidas y cainitas entre dos eternos aspirantes henchidos de ambición Blesa se vio en medio de un barrizal que acabó devorándolo y siendo defenestrado.

Entre Albertos y Esperanzas el edificio que con tanto empeño y orgullo edificio, personalista sin duda, que había erigido se desplomó. El tsunami financiero no se quiso ver en toda su dimensión, pero la fuerza centrípeta que traía arrasaría con todo. En España difícilmente se perdona el éxito. País taimado y cainita, se desprecia al otro, se le envidia, se le busca siempre un flanco de debilidad, entre el narcisismo y la soberbia, la vanidad y el orgullo, el dedismo o ungimiento personal y el nepotismo. Los que le apadrinaron, o el presidente de Gobierno que le encumbró, marcaría parte de su vida empresarial, pero también personal.

Su estilo de gestión, su forma de ser –no vamos nosotros a calificarla ni a describirla, dado que por todos es conocida–, su liderazgo personalista hasta el extremo, le han acabado por pasar una terrible factura. Por mucho que algunos de los que se dicen amigos, y ya es difícil en España tener amigos en la caída y en el momento de arrastrarse a los infiernos mediáticos y el olvido de todos los que bajaban cabezas y tendían las manos en señal de reverencia caciquil, hayan aseverado en estos momentos luctuosos, máxime ante lo que parece ser un suicidio, que los procesos judiciales y la cárcel no le habían hecho mella en su carácter y personalidad.

Tuvo un enorme poder, una fuerte influencia en los destinos económicos y empresariales de este país. Muchos buscaron su cobijo y su apoyo. Otros trataron de zancadillearle. Y ya se sabe, cuanto mayor es la subida, mayor será la caída. En sus 14 años de poder omnímodo en la caja, fueron los primeros, sin duda, los mejores, los de cimentar todo el poder y sembrar para recoger en vísperas de la crisis en 2007 unos resultados y beneficios increíbles y extraordinarios. Pero el ocaso llegaría también envuelto en veleidades de candidatos políticos y de candidatos dispuestos a desbancarle, como antes hicieron con Terceiro.

El poder tiene eso, una pléyade de personajillos de medio pelo dispuestos a tomarlo, a la sucesión. Y no se olvide que en esos cambalaches de la primera planta de una sede política de Madrid, la guerra eterna entre la lideresa y el alcalde acabó pillando en medio a Caja Madrid y codiciar ese asiento. Sobresueldos, tarjetas black, emisiones de preferentes con nula transparencia y la caída a los infiernos. Ayer terminó todo. La presión, la derrota, la humillación, el olvido, la espalda de los fieles, etc.

 Abel Veiga es profesor de Derecho de la Universidad de Comillas

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