Editorial

Un ojo en el IPC

El año se inició con un fuerte repunte de precios, del 3% interanual en enero y febrero para el índice general, que hizo saltar algunas alarmas. Sin embargo, la tasa subyacente, que excluye productos energéticos y alimentos frescos, y por tanto está menos afectada por fluctuaciones, se quedaba en el 1%. En marzo, según el dato adelantado por el INE, el índice general ha bajado el 2,3%. Es decir, los precios de los carburantes y la electricidad cayeron en comparación con el incremento experimentado el mismo mes del año anterior, lo que ha frenado el avance. Pese a ello, la inflación contabiliza ya siete meses seguidos en positivo, tras más de dos años en negativo. No obstante, no hay nada sorprendente en estos datos, porque el citado efecto escalón debido sobre todo al precio del petróleo ya hacía prever ese menor incremento. Así, los expertos tanto del sector público como privado coinciden en rebajar la previsión a una horquilla del 1,3% al 1,5% a fin de año. Esa es la razón por la que viene muy a cuento advertir del peligro de los efectos de segunda ronda sobre los salarios, que siempre sobrevuela en estas situaciones. Se corre el irresponsable riesgo de perder competitividad si ese efecto indirecto toma carta de naturaleza en la negociación salarial. Aún falta un acuerdo y las tradicionales recomendaciones de patronal y sindicatos sobre salarios. Hay que insistir en que se equivocarán si actúan en base al coyuntural y volátil indice general, y no a la inflación subyacente, que por algo también se llama básica.

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