Editorial

El verdadero sabor del azúcar

La petición por la Organización Mundial de la Salud (OMS) de un impuesto al azúcar de al menos el 20% sobre el precio de los refrescos se mezcla con dudosas acusaciones sobre estímulos para que los organismos internacionales pongan sordina a las crítricas a ese producto como, cuando menos, no aconsejable. Una vez más, la transparencia es la solución a lo que, antes que nada, se presenta como un problema complejo, que va desde la semilla en la producción agrícola hasta los anaqueles del supermercado. Y más cuando, por encima de consideraciones de negocio, el punto de vista se debe fijar en cuestiones relacionadas con la salud de los consumidores. La respuesta de las empresas de alimentación y bebidas, muchas de ellas verderos gigantes corporativos, que están acelerando los planes para reducir la tasa de azúcar en sus productos ante la creciente presión de organizaciones y de los propios Estados, es digna de reflexión. La pregunta es si contaban con información suficiente para haberla adoptado mucho antes. La grandes marcas de bebidas han acordado reducir un 10% hasta 2020 la presencia de ese ingreciente en sus productos. Lo que realmente hace falta es un cuadro claro, fiable y comprensible para que los consumidores sepan a qué atenerse cuando toman decisiones de compra en su tienda de alimentación.

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