Tribuna

Es probable que vivamos más que una gran empresa

Las tribulaciones de BlackBerry, Yahoo o Twitter nos recuerdan que las empresas pueden desaparecer y, de hecho, lo hacen. Las grandes empresas de hoy en día no son las mismas que las de ayer. El proceso de destrucción creativa destacado por Schumpeter está todavía vigente. De hecho, se está acelerando.

Un estudio reciente de McKinsey revela que la media de vida de las empresas que figuraban en Standard & Poor’s 500 en 1958 era de 61 años. Hoy es de menos de 18. McKinsey estima que, en 2027, el 75% de las empresas que actualmente cotizan en S&P 500 habrá desaparecido: habrán sido compradas, se habrán fusionado o irán a la quiebra como Enron y Lehman Brothers. Algunas empresas parecen escapar de esta destrucción masiva. General Electric, ExxonMobil, Procter & Gamble y DuPont son algunas de las compañías más antiguas que cotizan en la Bolsa de Nueva York. Sin embargo, las mayores capitalizaciones del mercado a día de hoy proceden de nuevas organizaciones: Apple, Alphabet, Microsoft o Amazon.

¿Por qué desaparecen las grandes empresas? El economista inglés EF Schumacher se hizo esta pregunta en 1973 cuando publicó su influyente libro Small is Beautiful (lo pequeño es hermoso). En él expuso la ineficiencia de las grandes empresas y se anticipó a la tendencia actual hacia el desarrollo sostenible. Así, afirmó: “Lo que caracteriza a la industria moderna es su enorme consumo para producir tan poco... ¡Es ineficiente en un grado que va más allá de la imaginación!”.

Otra razón puede ser que el tamaño de las empresas conduce inexorablemente a una mayor complejidad y por lo tanto a mayor vulnerabilidad. La segunda ley de la termodinámica, definida, entre otros, por Sadi Carnot y Rudolf Clausius, especifica que todos los sistemas cerrados pierden energía y por lo tanto requieren un consumo continuo de energía para subsistir. Esta pérdida de energía se llama entropía. Por analogía, esto es lo que mata a las grandes empresas. Estas necesitan un aporte continuo de más y más gestión de la energía simplemente para seguir existiendo. Cuanto más grande sea la empresa, más energía necesita… para sobrevivir. En resumen, las grandes empresas dedican más tiempo a la gestión de ellas mismas que a la gestión para sus clientes.

El principio too big to fail (demasiado grande para caer) parece proteger a las grandes empresas contra el desastre debido al riesgo sistémico que su caída representa para la economía global, pero tampoco es una protección infalible. El extraordinario crecimiento de las fusiones y adquisiciones durante los últimos años y la consolidación del mercado mundial ponen de manifiesto que las grandes empresas siguen siendo muy vulnerables.

A medida que la esperanza de vida de empresas desciende, la nuestra es cada vez mayor. Desde principios de siglo, el 50% de los niños nacidos en las economías avanzadas puede esperar vivir hasta los 100 años. Además, y sin ninguna duda ya, la edad de jubilación aumentará. La nueva generación, los mileniales, probablemente tendrán que trabajar más y en diversos puestos de trabajo durante su vida.

Ello implicará una mayor flexibilidad en el mercado laboral y más movilidad de los empleados. Además, un número creciente de gente trabajará fuera de la configuración tradicional de empleo de las empresas. Esto es lo que ya está sucediendo en la economía colaborativa. Por ejemplo, en EE UU casi un tercio de todos los empleados tienen una actividad independiente y no están vinculados a una empresa por un contrato de trabajo a tiempo completo.

Con esta tendencia, las personas serán cada vez más socios de las empresas en lugar de empleados a tiempo completo. Manejarán una multitud de relaciones de negocios y no tendrán necesariamente un despacho dentro de una empresa determinada. Ellos se harán cargo de sus vidas y serán más libres para cambiar sus trayectorias profesionales.

Si las empresas desaparecen más rápido y no pueden garantizar relaciones de trabajo a largo plazo, no debería sorprendernos que las personas sean cada vez más egocéntricas, independientes y centradas en su propia carrera.

 Stéphane Garelli es profesor emérito de la Escuela de Negocios IMD (Lausana), donde fundó el Centro de Competitividad Mundial

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