Tribuna

Las ‘monedas’ locales

En estos sistemas, hay que asegurar a los usuarios que la divisa mantendrá su valor

El dinero no es neutro: la cantidad de dinero que circula, el tipo de interés, qué actividades económicas se financian y qué servicios públicos se consideran prioritarios son variables que van modelando la sociedad en la que vivimos. Estas decisiones vienen determinadas por los poderes políticos y económicos que dominan la sociedad en cada momento.

La utilización de monedas complementarias permite crear una política de alcance limitado. Habitualmente surgen de necesidades identificadas en comunidades o regiones geográficas delimitadas. Los objetivos de estas monedas complementarias son diversos, desde la inclusión social hasta el cuidado del medio ambiente, pasando por políticas de promoción económica, que es lo más habitual.

Es muy conocido el milagro de Wörgl, una pequeña ciudad austriaca donde, en plena Gran Depresión, el alcalde creó un moneda local con un interés negativo. El formato físico de esta eran simples papeles que iban perdiendo valor si no se utilizaban. Esta moneda comenzó a circular a gran velocidad por la ciudad, reduciendo el número de parados. En 1933, el Banco Central Austriaco intervino: prohibió el uso de esta moneda y la recesión volvió a la ciudad.

La iniciativa más reciente, todavía pendiente de desarrollar, la encontramos en el ayuntamiento de Barcelona. El proyecto tiene como objetivo estudiar el impacto que puede tener la introducción de una renta mínima garantizada otorgada en diferentes formatos, uno de ellos, de moneda social. En este caso, el objetivo de la moneda complementaria sería de luchar contra la pobreza y las desigualdades sociales.

"La palabra ‘moneda’ está restringida a aquellas que son de curso legal, como el euro o el dólar"

Conviene aclarar que la palabra moneda está restringida a aquellas que son de curso legal, como el euro o el dólar. Por tanto, las expresiones de moneda local, moneda social o moneda complementaria no son legalmente correctas, aunque se utilicen habitualmente estos términos.

Las variables claves para que una iniciativa de este tipo funcione son las mismas por las que funciona el euro: confianza y volumen. A continuación las examinamos brevemente.

Primero, la confianza. En los sistemas de monedas complementarias no hay un Banco de España controlando la emisión y la circulación y, por tanto, hay que asegurar a los usuarios que la moneda mantendrá su valor. En este sentido, una garantía es que la moneda sea convertible en euros. Este es el ejemplo de la iniciativa del ayuntamiento de Santa Coloma que a partir del 2017 pagará parte de sus subvenciones en moneda complementaria que deberá circular dentro del municipio durante un periodo de dos meses, antes de que sea intercambiable a euros. Esta actuación municipal está enmarcada dentro del proyecto de investigación de ámbito europeo que se inició en 2014 conjuntamente con Bristol y Cerdeña y en el que participan entidades públicas como la UPF, así como empresas tecnológicas y consultoras.

El objetivo de este proyecto es estimular la economía de la ciudad promoviendo el consumo local mediante un incremento de la eficacia del dinero público. Aparte de otorgar las subvenciones, el Gobierno municipal incentiva que el flujo monetario circule en los pequeños comercios, aprovechando así la riqueza que genera la simple circulación del dinero en un entorno delimitado. En casos como este, la variable confianza está cubierta ya que los euros se mantienen bloqueados hasta el momento en que los usuarios decidan convertir la moneda local a euros.

La segunda variable, el volumen, tiene dos dimensiones a tener en cuenta. La primera se refiere al número de comercios y empresas que aceptan la moneda, que ha sido lo suficientemente grande y variado como para hacerla útil a los usuarios. En este sentido, la ciudad lanzará la moneda social cuando pueda garantizar una red de comercios y empresas con suficiente variedad para los ciudadanos. La segunda dimensión es la cantidad de moneda en circulación. Esta variable es vital ya que determinará hasta qué punto se puede alcanzar y medir el impacto positivo que originó la iniciativa en primer lugar, ya fuera de carácter social, económico o medioambiental.

Tanto la iniciativa Digipay4Growth en la que participa Santa Coloma, como la de Barcelona, Urban Innovative Actions, son pruebas pilotos que comienzan con una dimensión pequeña que hay que ir desarrollando y evaluando con prudencia porque, como dice el conocido dicho del general Juan Domingo Peron, “el órgano más sensible del hombre es el bolsillo”.

Ester Oliveras es profesora del departamento de Economía y Empresa de la Universidad Pompeu Fabra y coordinadora del proyecto europeo DigiPay4Growth.

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