Viajes

La Antigua, una joya colonial en el corazón de Centroamérica

La ciudad se ha erigido como destino turístico clave de Guatemala

La Antigua, Guatemala
Vista de La Antigua desde el Cerro de la Cruz. Al fondo, el Volcán del Agua. Thinkstock
Antigua Guatemala

Hay algo de obstinación en el carácter de La Antigua, una ciudad colonial empeñada en sobrevivir a cuantas catástrofes ha tenido que soportar. Cuentan que la actual ubicación de la antigua capital de Guatemala (de ahí su nombre) es la tercera que ha tenido. El asentamiento original, situado al noroeste del actual, fue borrado del mapa en 1527 por un torrente de lava del Volcán del Agua, omnipresente hoy desde cualquier punto de la ciudad. Se decidió reconstruir a las faldas del volcán, pero se tuvo que abandonar el asentamiento en 1541 por culpa de una inundación. Así que su tercera y definitiva vida arrancó en 1543, erigiéndose la capital de Guatemala, que entonces abarcaba también Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, así como el estado mexicano de Chiapas.

Cómo llegar

Varias aerolíneas operan vuelos entre Madrid y la Ciudad de Guatemala, a unos 45 kilómetros de La Antigua. El lago Atitlán, a unos 80 kilómetros, rodeada de volcanes y en plena reserva natural, es una buena excursión si se dispone de tiempo.

La lava y las inundaciones no fueron los únicos contratiempos que sufrió la villa. Dos fuertes terremotos la destrozaron otra vez ya en el siglo XVIII, lo que propició la decisión de la corona Española de trasladar la capital a la Ciudad de Guatemala, a unos 45 kilómetros al este. En ese momento arranca la decadencia de la urbe, cuya estética colonial permanece intacta desde entonces. Los arquitectos resolvieron no construir edificios de más de dos alturas para evitar posibles derrumbes con los temblores, lo que le otorga a la ciudad un carácter genuino.

El arco del Convento decora una de las calles de la urbe.
El arco del Convento decora una de las calles de la urbe. Thinkstock

La Antigua, declarada Patrimonio cultural de la Humanidad por la Unesco en 1979, es hoy la joya turística de Guatemala. Sus casas de colores y calles empedradas trasladan al visitante a la época en la que se paró el tiempo para los panza verde. Se llama así a los lugareños porque, como medida de presión para forzar la evacuación de la ciudad, Carlos III prohibió el suministro de carne a quienes se negasen a abandonar el asentamiento, haciendo de las verduras y especialmente del aguacate la base de su alimentación a partir de entonces. Y por cierto que ni siquiera así se consiguió que quedara desierta la ciudad.

Las pequeñas dimensiones de La Antigua, que tiene unos 40.000 habitantes, y la buena seguridad del lugar, tristemente ausente en otras partes del país, la hacen perfecta para recorrerla a pie. La plaza Central y la aledaña Catedral marcan el corazón de la villa, sembrada de otros muchos puntos de interés: desde el arco del antiguo convento hasta el Convento de las Capuchinas, que en Semana Santa se inunda de ofrendas de frutas de los fieles, pasando por las múltiples ruinas de monasterios por la ciudad.

Imprescindible subir al Cerro de la Cruz, cuyo mirador ofrece una imponente vista de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (ese es su nombre oficial) con el volcán al fondo.

Los puestos del Mercado Municipal son una opción más fiable que los restaurantes, demasiado hechos al paladar de los extranjeros, para sumergirse en la gastronomía local. Entre los platos estrella se cuentan distintas variedades de sopas de maíz y tamales, así como una exquisitez que suele provocar rechazo entre los foráneos: ceviche de ojo de toro.

 

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