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La diferencia entre lo justo y lo ético

La discusión entre las autoridades estadounidenses y europeas por el pago de impuestos del fabricante del iPhone, Amazon y Starbucks muestra lo peor de ambas partes.

Edificio de Apple en la Quinta Avenida de Nueva York.
Edificio de Apple en la Quinta Avenida de Nueva York.

La cuestión más delicada del capitalismo contemporáneo es desmontar la distinción entre lo que es justo y lo que está permitido. La persecución europea a empresas como Apple, Amazon y Starbucks por no pagar suficientes impuestos, y la respuesta airada del Tesoro de Estados Unidos el 24 de agosto, ponen de relieve el problema y por qué hay pocas perspectivas de que se le dé una solución global.

Todas las partes están de acuerdo en que las multinacionales pagan muy pocos impuestos. Los conflictos surgen por la cantidad y por quién decide. La comisaria europea de Competencia Margrethe Vestager asegura que Apple y otras empresas recibieron un trato fiscal ventajoso injusto por parte de Irlanda, Luxemburgo y Holanda. El Tesoro estadounidense dice que Vestager se ha extralimitado en su mandato.

El Tesoro de EE UU considera que la comisaria de competencia europea se ha excedido con firmas como Apple

Por un lado, tiene parte de razón. Persiguiendo a las grandes empresas estadounidenses, los europeos se han alejado de pautas generalmente aceptadas sobre cómo calcular lo que es razonable en los llamados precios de transferencia, a favor de un “principio general de igualdad de trato”. Todavía no han mostrado su trabajo, por lo que empresas y países deben adivinar cuáles son realmente las reglas. Por otro lado, no importa lo que diga Vestager, porque serán los jueces quienes tomen las auténticas decisiones.

Los políticos tienen que determinar su posición. La primera ministra británica, Theresa May, ha propuesto endurecer las reglas y elevar las sanciones para los que no pagan, argumentando que los impuestos son “el precio” por vivir en un estado civilizado. Si presiona demasiado, la inversión podría verse afectada.

Mientras tanto, se deja a organizaciones como el G-20 el impulso a un mejor tratamiento de los impuestos y una línea más dura en la “transferencia de ganancias” hacia las jurisdicciones de baja tributación. Que se implemente sigue siendo muy poco probable, ya que la fiscalidad realmente es un juego de suma cero: por cada país que gana, otro pierde. Lo que es alentador es que la planificación fiscal de las empresas es ahora una cuestión tanto legar como de reputación, ya que mientras los políticos se pelean, los votantes y los clientes ya están decidiéndose.

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