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Donald Trump
Donald Trump en un mitín en Fairfield (Connecticut), celebrado el pasado 13 de agosto.

Fenómeno Trump: entre el miedo y la nostalgia

En 2007 se publicaron los diarios privados de Ronald Reagan, previamente censurados por su mujer, Nancy. Abarcan sus ocho años de presidencia (1981-1989) y, aunque falten pasajes, el lector entiende mejor al personaje. Como decía mi maestro en Sociología, “lo importante, Jorge, es saber lo que una persona tiene en la cabeza”. Estos diarios revelan mucho de la personalidad de Reagan y su visión de América y del mundo. Mucho más que su autobiografía oficial, “Una vida Americana”.

Las entradas de cada día, escritas en los años ochenta y con los acontecimientos de esa década, podrían haber sido escritos en la América de Eisenhower (años cincuenta) y de la presidencia de John Kennedy: la Corte de Camelot. América idílica –para algunos-.

Aparentemente, en esos años –de gran crecimiento económico y pleno empleo-, “todo el mundo vivía el sueño americano”: un mundo WASP, de blancos, anglosajones, protestantes; clase media, que vive en una casa preciosa (como Don Draper en los primeros capítulos de Mad Men) en las afueras, coge el tren para ir a la ciudad y a las seis de la tarde está de vuelta en casa para cenar en familia y ver la televisión. No hay negros (entonces llamados en inglés “Negros”, antes de ser denominados Blacks y, después, African Americans) y tampoco hispanos. Se entiende que, si hay negros, son sirvientes y, mayoritariamente del sur. Es la época del segregacionismo.

“Por mucho que los votantes de Trump quieran ignorarlos, no pueden: hay policías negros y los que les sirven las mesas son hispanos”

Para Reagan no hay diferencia entre los años cincuenta y los ochenta: nada ha cambiado en América. De hecho, la Guerra Fría continúa y él quiere derrotar a los soviéticos gracias a su iniciativa llamada Star Wars. Pero es más de lo mismo y la guerra ideológica continúa. Reagan confía al papel que ha hablado con su ayuda de cámara (afroamericano) y le ha dicho “¿Sabes?, creo que en la cuestión de los negros, nosotros estamos en el lado equivocado…”. Reagan defendió el régimen del apartheid de Sudáfrica.

¿Sabía Reagan que la realidad era distinta de lo que él pensaba y vivía? Probablemente sí, pero eligió vivir en su burbuja y no salir de ella. Al fin y al cabo, la idílica vida de los años cincuenta y sesenta que conoció Reagan, ignoraba los guetos en que vivían los negros e hispanos, la inmensa pobreza que denunció Robert Kennedy en 1968 y consideraba una anomalía (¡en 1988!) que “JFK, católico, pudiera ser presidente”. Para Reagan era más amable no salir de la zona de confort.

Esto es imposible en 2016. La América maravillosa de los años cincuenta y sesenta sigue existiendo, pero afecta a una minoría de blancos que sí, -como defiende la revista Time “acude a los mítines de Trump, pero ya veremos si eso se traduce masivamente en votos”. Electoralmente, la sociodemografía manda.

Una minoría (45%) de blancos que sigue a Trump continúa creyendo en la América de Reagan. De hecho la ven en televisión todos los días: en la cadena Fox (no es broma). El problema es que la diversidad sociodemográfica en América es tan pronunciada que, por mucho que los votantes de Trump quieran ignorarla, no pueden: hay policías negros por las calles y los que les recogen la basura y sirven las mesas en restaurantes, son hispanos. Los latinos son un 13% del electorado, los afro americanos un 12% y los asiáticos un 8%. El Presidente es negro.

"De manera subyacente hay un discurso machista, en Trump: una mujer, Clinton, no puede ser presidente: es el sexo débil"

Clinton tiene la ventaja de contar con el apoyo mayoritario de esas minorías y su reto es ampliar su base electoral con los blancos de clase media. A las mujeres (a quienes Trump denominó “cerdos”), ya las tiene en el bolsillo, también a las republicanas y con estudios superiores.

El electorado de Trump trasciende clases sociales: están los muy ricos que se aíslan del mundo en Bel Air, Palm Springs, Beverly Hills (California) y en The Hampthons (Nueva York) y Martha’s Vineyard (Boston); y los muy pobres: blancos que pasan penuria y echan la culpa de sus desgracias económicas a negros, latinos y asiáticos. A los musulmanes, mejor, ni nombrarlos.

Pasan las décadas y los conflictos latentes siguen sin resolverse. Por un lado, el electorado de Trump añora la época dorada de Reagan, que era la de la posguerra (Segunda Guerra Mundial), ergo, tienen nostalgia. Y, al mismo tiempo, sienten miedo. Hace 14 años que decidí unir en mi trabajo economía y sociología. Ahora lo llaman Economía del Comportamiento, doctrina económica que ha dominado la política económica del presidente Obama, como explico en La victoria de América. Los muy ricos tienen miedo a China, desde el punto de vista económico, como en los ochenta se tuvo miedo a Japón. Los muy pobres ven que los hispanos “corren que se las pelan” y no tienen problema en trabajar 18 horas diarias en tres turnos para mantener sus familias, ellos y ellas. Los blancos que apoyan a Trump tienen miedo a la inmigración, fenómeno que, entienden, es fruto de la globalización predicada por demócratas como Clinton y Obama.

Trump, con sus explosivas declaraciones, solo echa más leña al fuego, explotando esa nostalgia (Make America great again) y el miedo (acabar con la globalización matando los tratados de libre comercio). Y exacerba su discurso sobre el uso de armas (4.000 asesinados en Chicago en 2015); y hace crecer el ego de sus correligionarios cuando habla del uso de armas nucleares (“si no, ¿para qué las tenemos?”). Hay un enemigo, que no es el nazismo o el comunismo, sino el terrorismo radical islámico “que solo puede vencer un hombre fuerte como yo; a Hillary le falta fuerza física y mental”. De manera subyacente hay un discurso machista, en Trump: una mujer, Clinton, no puede ser presidente: es el sexo débil.

Es el mismo sexo que le vence en las encuestas a nivel nacional por cerca de cinco puntos, que tiene un 80% de probabilidad estadística de ganar y que le vence en todos los estados clave: Pensilvania, Michigan, Ohio, Florida, Iowa, Wisconsin, etc. A Trump podrían traicionarle sus prejuicios: “Al sexo débil, Hillary, le están dando hasta en el carnet de identidad”.

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