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Stiglitz, el euro y el futuro de Europa

El que fuera economista jefe del Banco Mundial asegura en su nuevo libro que la moneda única tiene fallos, pero no alcanza a trazar una salida para la unión monetaria.

Mario Draghi
Sede BCE en Fráncfort REUTERS

El euro tiene defectos y Alemania es la culpable. Ese es el argumento principal del nuevo libro de Joseph Stiglitz. Incluso un eurófilo tendría que admitir que hay algo de razón en el desalentador análisis de muy poca solidaridad y demasiada austeridad de El euro: ¿cómo una moneda común amenaza el futuro de Europa. Si bien el diagnóstico de un mal matrimonio es bastante fácil, encontrar cómo resolverlo o disolverlo es lo que nadie –ni Stiglitz– ha logrado.

Donde muchos europeos ven un gran logro de integración política, el ex economista jefe del Banco Mundial ve una idea ridícula. La divisa común no ha consolidado la paz europea o extendido su influencia, ni ha resuelto ningún problema serio. En su lugar, casó a países con muy diferentes niveles económicos y sociales y les priva de un instrumento económico como la flexibilidad del tipo de cambio.

Pero solo hay algo peor que una mala idea: una idea mal ejecutada. Con tipos de cambio fijos y sin capacidad de devaluar, los países deberían haber tenido ayuda adicional para hacer frente a los tiempos difíciles, sostiene Stiglitz, sin embargo, el dolor del ajuste se centró en ciertos lugares. Esta decisión fatal se vio empeorada por la ideología de Alemania, que como miembro más grande de la unión insistió en un banco central que diera prioridad a la lucha contra la inflación, por encima del impulso al crecimiento, y a normas fiscales que limitaban la capacidad de los gobiernos para apoyar a sus economías. La creencia en la eficiencia de unos mercados libres dejó a los países expuestos a caóticos flujos de capital y malas decisiones de inversión.

Los rescates griegos han ocupado mucho tiempo en los medios. Stiglitz entiende como “mala, destructiva y casi increíblemente estrecha de miras” la decisión de impulsar reformas neoliberales y a la vez reducir los déficits subiendo los impuestos y recortando el gasto. Las liberalizaciones ayudaron a las empresas extranjeras, no a los ciudadanos griegos, argumenta.

La verdadera pregunta es cómo solucionar la desdichada unión en que se ha convertido la zona euro

Sin embargo, incluso dejando Grecia a un lado, Stiglitz afirma que la zona ha logrado lo contrario a lo que pretendía: un crecimiento económico más pobre, falta de inversión y fragmentación política.

En realidad, ni las instituciones europeas ni Alemania son tan rígidos como los pinta Stiglitz. La Comisión Europea ha permitido a los gobiernos aumentar el déficit, o al menos retrasar su reducción y se ha dejado al Banco Central Europeo imprimir dinero. Ambas cosas han recibido la aceptación a regañadientes de Alemania.

Así que la verdadera pregunta es cómo solucionar esta desdichada unión. Stiglitz sostiene que completar la zona euro sería la mejor opción. Algunas de sus propuestas son imposibles o no muy relevantes, pero las más críticas son acertadas: unos fondos comunes de seguridad social, una unión bancaria adecuada con seguro de depósito, normas fiscales que promuevan la inversión o una reestructuración de la deuda. Duda que esto se pueda lograr a tiempo.

Eso deja como solución el divorcio. Stiglitz no parece muy interesado en pensar quién o qué daría lugar a una ruptura, aparte de decir que “es más probable que improbable” que haya una crisis en un “futuro no muy lejano”. Tal vez. Pero incluso tras cinco años de recesión, los griegos se aferraron al euro. La novedosa idea de volver a monedas de libre fluctuación, pero con un racionamiento de las exportaciones e importaciones para mantener bajo control los déficits y los tipos de cambio es atractiva, pero no está suficientemente detallada como para tranquilizar a cualquiera que piense en dar el salto.

Así, el dilema existencial del euro sigue sin solución. Poner en marcha una auténtica unión política requiere pasos que pocos gobiernos pueden respaldar, como la transferencia de la soberanía fiscal. Romper la zona euro parece más difícil todavía: es muy poco probable que Alemania salga y los gobiernos de los países débiles saben que probablemente el trauma les costaría el puesto.

Lo que Stiglitz también subestima es la flexibilidad que han demostrado antes los eurócratas para asegurar su supervivencia con medidas como la puesta en marcha la expansión cuantitativa. La decisión de Reino Unido de abandonar la Unión Europea podría atar a la región durante décadas y evitar que otros países tienten a la suerte. El divorcio y las terapias tienen su lugar, pero en cualquier mal matrimonio siempre hay una tercera opción: mantener la fachada un poco más.

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