Tribuna

La economía de lo raro

Lo raro siempre tiene explicación e incluso la economía puede ayudarnos a entender que, en ocasiones, la frivolidad tiene consecuencias irreparables

Este verano, en España, sin tener en cuenta el culebrón de los pactos, estamos sufriendo dos polémicas que tienen mucho que ver con el libro que el economista americano Steven D. Levitt público en 2005 con el título de Freakonomics. La negativa a ponerle el nombre de Lobo a un niño en un registro de Madrid y las meteduras de pata de un candidato a presidir la primera potencia del mundo que tiene el mismo nombre que un célebre, por torpe, personaje de Disney, están protagonizando las noticias estivales.

Steven D. Levitt es un prestigioso economista de Harvard que, junto al periodista Stephen J. Dubner, publicó un libro que rápidamente se convirtió en un bestseller. El título podríamos traducirlo como La economía de lo raro. En la obra dedicaron su sexto capítulo al original asunto de los patrones socioeconómicos de los distintos nombres de las personas.

Los autores defienden y demuestran en su manual, infiriendo datos desde modelos económicos, la importancia que tiene el nombre en el futuro de un bebé. Estudiando los nombres de miles de californianos llegaron a la conclusión de que aquellos niños con nombres menos vinculados a la raza negra tenían más posibilidades de éxito, incluso si el análisis se hacía solo teniendo en cuenta a niños de color. Su conclusión es que si un Estado quiere velar por el bienestar de un niño, más que prohibir ciertos nombres, tiene que procurar que todos los niños tengan acceso a las mismas oportunidades. Con una buena educación, hasta alguien llamado Lobo podrá hacer algo grande en la vida.

Lo que nos lleva a la segunda noticia del verano. Las supercherías de Donald Trump, siguiendo la teoría anterior, tienen mucho que ver con la decisión que tomaron sus padres cuando le bautizaron en el año 1946 con el mismo nombre que el famoso pato de Walt Disney. Conviene recordar que la primera aparición del pato Donald fue en el año 1934 y que en los años cuarenta ya era todo un fenómeno en Estados Unidos del que no se pudieron abstraer los padres del polémico empresario al ponerle su nombre.

El pato Donald es un personaje de Disney, caracterizado como un pato blanco que generalmente viste una camisa de estilo marinero y un sombrero. Donald suele intentar ver las cosas con positivismo y alegría, aunque la mayoría de las veces acaba entrando en cólera cuando se le tuercen las cosas. Uno de sus movimientos más característicos es su singular manera de saltar sobre uno de sus pies cuando se enfada, a la vez que grita de manera incoherente.

"Lo incoherente sería echar por tierra años de políticas de apoyo a la atracción de talento que han hecho de EE UU el mejor lugar para iniciar un proyecto”

Así ha debido de reaccionar en la intimidad el candidato, con el mismo nombre que el célebre pato, al ver que sus colegas republicanos le afeaban en masa sus desprecios a la familia del soldado americano de origen musulmán; o cuando los economistas cercanos al partido del elefante se han hartado de criticar sus alegatos en contra de la economía de mercado; por no mencionar lo que los cientos de miles de votantes latinos del partido de Bush le han hecho saber por sus xenófobos comentarios.

Al igual que al personaje de la factoría de dibujos animados a Trump no le basta con ser ocurrente para que la gente le siga, sino que, como se está viendo y sin duda leeremos en lo que queda de campaña, sus frivolidades le están saliendo muy caras.

La economía de lo raro también fructifica en nuestro personaje cuando vemos cómo inopinadamente toda la izquierda mundial acaba coincidiendo con el icono de la derecha ultramontana americana en su odio al nuevo acuerdo de libre comercio entre Europa y Estados Unidos conocido por sus siglas en inglés TTIP.

“Es poco probable que el nombre marque diferencia alguna, pero los padres al menos pueden sentirse mejor al saber que, desde el principio, hicieron todo lo posible” concluyen Levitt y Dubner, en algún momento de su estudio. Así lo debieron de pensar los señores Rodham cuando pusieron a su hija el nombre de origen latino Hilaria, que significa “la que es alegre”, y que como pronostica esta teoría de lo raro, puede ser todo un indicio de que nos alegrará con políticas a favor de la igualdad de oportunidades, la apertura de fronteras al libre comercio y la defensa de un orden mundial más humano.

Lo raro no es malo per se, sino que lo raro, por incoherente, sería echar por tierra años de envidiadísimas políticas de apoyo a la atracción de talento que han hecho de los Estados Unidos de América, desde hace más de un siglo, el mejor lugar del mundo para poder poner en marcha un proyecto empresarial y personal.

Lo raro crece en nuestro mundo, lo acabamos de explicar en el caso americano, pero también con el brexit o con los millones de jóvenes persiguiendo pokemon por las ciudades o con nuevos partidos políticos como el Movimiento 5 Estrellas en Italia. Pero lo raro siempre tiene explicación e incluso la economía puede ayudarnos a entender que, en ocasiones, la frivolidad tiene consecuencias irreparables.

Iñaki Ortega es profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y director de Deusto Business School.

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