Tribuna

Una nueva preocupación para la industria europea

La fabricación a escala local genera rechazo, pero resulta adecuada si tiene lugar en otras partes del mundo

Si el mundo antiguo se caracterizaba por el fuerte vínculo entre las actividades de producción y consumo, en el mundo actual, la globalización ha debilitado esa relación hasta hacerla casi desaparecer. Antaño, producíamos y consumíamos en los mismos territorios, mientras que hoy producimos en un sitio y consumimos, las más veces, a miles de kilómetros de distancia.

Este proceso técnico y económico bien estudiado de la globalización ha dado lugar, a su vez, a una serie de cambios sociales y políticos mucho menos conocidos. La disociación entre producción y consumo ha favorecido la aparición de pensamientos sociales un tanto esquizofrénicos: en aras de ciertos desiderátum maximalistas han surgido corrientes de opinión cuyas exigencias frente a los procesos productivos inevitablemente penalizan la fabricación local, o lo que es lo mismo, a la industria, pero sin afectar por ello al consumo, es decir, a los compradores y usuarios de esos bienes y servicios.

El análisis de esta disociación radical entre producción y consumo que vive nuestra sociedad cobra en el momento actual especial relevancia, dado el compromiso de reducción de emisiones y descarbonización, marcado en la hoja de ruta de la COP21 y refrendado por más de 150 países, entre ellos el nuestro, con el objetivo final de reducir el calentamiento global. Un compromiso que, no obstante, no está sujeto a acciones concretas, lo que podría provocar situaciones tan paradójicas como que algunos países, en función de su implicación, pudieran verse forzados a reducir su producción local sin menoscabo del consumo, algo que solo sería posible en beneficio de productos importados desde otros Estados con normativas menos inflexibles.

Penalizar las producciones para alimentar nuestra buena conciencia como sociedad, al tiempo que seguimos viviendo de la misma forma y consumiendo bienes y servicios producidos en otros lugares, cuyas emisiones y procesos productivos sentimos lejanos, puede conducir a la aparición de una sociedad de consumidores no productores. Un escenario, cuanto menos preocupante, ya que la industria es el sector más robusto de una sociedad avanzada, con empleos de calidad, bien retribuidos, estables y con un alto componente innovador, ventajas que son disfrutadas por la sociedad en su conjunto.

Cada día cobran más fuerza en la opinión pública movimientos sociales extremos que declaran los procesos productivos, de facto, como procesos non-gratos, al tiempo que nuestra sociedad prefiere mirar hacia otro lado a la hora de seguir consumiendo esos mismos bienes. Si su fabricación a escala local genera rechazo, en cambio, nos resultan adecuados si son producidos en otras partes del mundo con tecnologías, en general, más ineficientes. Este fenómeno no es solo fuente de pérdida de desarrollo económico y social, sino que además, y de nuevo paradójicamente, empeora la situación medioambiental de nuestro planeta.

Por todo ello, desde nuestra industria cementera, centenaria y fuertemente implicada en el progreso de aquellas comunidades locales en las que opera, creemos firmemente que ciertos objetivos sociales y políticos deberían establecerse en valores de consumo y no de producción. De esa manera, sería posible, en algunos casos, consumir cada vez menos, gracias a la mayor eficiencia de los productos generada por el progreso tecnológico, al mismo tiempo que se produce cada vez más, apoyando el liderazgo de industrias punteras a escala mundial en eficiencia económica y medioambiental.

Por el contrario, si se sigue apoyando la tesis de gravar la producción, el resultado final sería, inevitablemente, un aumento en el consumo de bienes ineficientes y la desaparición de buena parte de nuestra industria, que se encuentra entre las más avanzadas, con las implicaciones sociales que conllevaría. Las últimas estadísticas disponibles atestiguan que los salarios en muchas ramas de la industria duplican o triplican los habituales en algunos campos del amplio mundo de los servicios. Es decir, este camino nos conduciría hacia una sociedad con menores palancas de desarrollo económico y social.

Toda esta reflexión es también aplicable a la política europea en materia de cambio climático. Si la Unión Europea hubiera establecido unos objetivos de consumo de CO2 basados en los bienes y servicios que usamos, en lugar de poner únicamente el punto de mira en la producción de las fábricas europeas, hoy no estaríamos viviendo el terrible riesgo de deslocalización que afrontamos.

Como venimos diciendo, para muchos europeos, durante algún tiempo, este riesgo pasará inadvertido, ya que seguirán consumiendo lo mismo y de la misma forma, pero llegará un día en el que descubrirán que algunos bienes ya no están a su alcance.

Los procesos de deslocalización son lentos y empiezan siempre por la falta de inversión, ya que no es realista pensar, de forma generalizada, que las empresas trasladan físicamente sus instalaciones. El proceso habitual será dejar de invertir en la planta, no renovarla y cerrarla cuando ya estén operativas instalaciones en países y sociedades en las que se les de la bienvenida. Por eso, cuando las industrias empiecen a desaparecer, quizás ya sea demasiado tarde y el futuro de Europa sea el de un enorme y seguramente hermoso destino turístico para los nuevos líderes mundiales.

Aniceto Zaragoza es director general de Oficemen.