Editorial

La receta para el empleo es el crecimiento

El ministro en funciones de Economía y Competitividad, Luis de Guindos.
El ministro en funciones de Economía y Competitividad, Luis de Guindos. EFE

Las cifras de empleo de mayo suponen el mejor dato en ese mes desde que se realiza la serie histórica, es decir, desde 2001. El paro ha bajado en casi 120.000 personas y el número de cotizantes ha crecido en 200.000. Como adelantaba esta semana Luis de Guindos, España vuelve a tener menos de cuatro millones de parados, una barrera psicológica que no se rompía desde 2010, y supera ya los 17,6 millones de cotizantes a la Seguridad Social, el máximo desde octubre de ese año.

Los datos del quinto mes muestran que la máquina del empleo continúa funcionando con fuerza y suma ya –eliminando el efecto calendario– dos años y medio de creación ininterrumpida de puestos de trabajo, aunque haya ralentizado su velocidad de crecimiento en términos interanuales. La comparación con mayo de 2015 revela que el empleo en España aumentaba entonces a un ritmo del 3,5%, por encima del PIB, mientras que ahora lo hace un punto por debajo. Se trata, a priori, de una desaceleración que se sitúa dentro de lo razonable y que no tiene por qué constituir un síntoma de anemia incipiente en la actividad. Un aumento del empleo a un ritmo superior al PIB de un país supone una tasa extraordinaria, propia de una economía que acaba de dejar atrás una larga crisis y cuyas empresas necesitan contratar de nuevo, tras años de reducción de las plantillas.

Como suele ocurrir en mayo, la hostelería y el ocio –es decir, el turismo– han tirado del empleo con fuerza, pero también lo ha hecho el sector de la información y las comunicaciones y las profesiones científicas y técnicas. Pese a que el peso de la contratación fija es todavía minoritario en el total, los contratos indefinidos avanzan y los datos apuntan a que los puestos temporales se están consolidando como vías de entrada para los indefinidos. Todo ello constituyen síntomas positivos y evidencian el traslado al mercado de trabajo de las necesidades de una economía saludable, cuya tasa de crecimiento es superior a las de sus vecinos.

España tiene por delante, sin embargo, una titánica tarea: recuperar una ingente cantidad de empleo –dos millones más de puestos de trabajo– para alcanzar, al menos, los niveles anteriores a la crisis. Y tiene también focos de desempleo de una magnitud desorbitada, como el que afecta a los jóvenes. La mejor receta para afrontar esos duros retos es tan clara como exigente: la consolidación del crecimiento económico y el fortalecimiento de la demanda. Si España es capaz de seguir generando puestos de trabajo al ritmo actual, la masa de desempleados que el sistema debe absorber irá reduciéndose de forma paulatina. Y consolidar la actividad exige medidas de flexibilización, como la eliminación de trámites inútiles y de barreras comerciales para las empresas, pero supone, sobre todo, un Gobierno sólido, eficiente y capaz de adoptarlas.