Editorial

Un paso clave hacia el mercado global

Europa y EEUU han finalizado la décimo tercera ronda de negociaciones del Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversión con la intención de apurar los tiempos y lograr aprobarlo antes de final de año. Las razones para las prisas son fundamentalmente políticas. El presidente de EEUU, Barack Obama, termina su mandato y ninguno de sus posibles sucesores son favorables al texto. En las opiniones públicas de uno y otro lado del Atlántico aumentan las resistencias. A ello se une que en 2017 tanto Alemania como Francia afrontan elecciones generales. Este clima puede entorpecer o paralizar un tratado cuyo principal objetivo es eliminar barreras y aranceles al comercio entre ambos lados del Atlántico.

El presidente de EEUU, Barack Obama. ampliar foto
El presidente de EEUU, Barack Obama. REUTERS

De momento, el acuerdo cuenta ya con casi una veintena de áreas sobre las que se ha logrado un considerable nivel de compromiso. Capítulos como el de competencia –un terreno polémico para las empresas estadounidenses en Europa–, aduanas, pymes y resolución de conflictos forman parte de ese primer corpus avanzado. Las posiciones son más distantes en cuestiones como la lucha a la corrupción, marco legal, energía y materias primas, subsidios y sector textil. Lo más polémico: el capítulo de protección de inversiones, que sustraería los conflictos del ámbito de la justicia para llevarlo a un órgano de arbitraje cuya independencia genera demasiadas dudas.

Las barreras más inexpugnables siguen estando en las diferencias regulatorias. Una ingente masa de normativa que divide no solo ambos mercados, sino que, en el caso de Europa, entorpece incluso los intercambios locales. Homologar todas esas normas constituye la primera batalla que deben librar unas economías que presumen de ser globales. La segunda pasa por la eliminación de aranceles, un problema menor que el anterior en términos económicos, pero respecto al cual las empresas y los consumidores están muy sensibilizados. Las compañías europeas pagan alrededor de 3.500 millones de euros al año por situar sus productos y servicios en el mercado estadounidense. Rebajar ese factura sería una inyección para la inversión y el consumo.

A España le interesa la firma de un acuerdo que eliminaría obstáculos para el sector industrial y la agricultura. Aunque el año pasado las ventas españolas crecieron más de un 7% en EE UU, todavía son menores que las de otras economías europeas y tienen, por tanto, un potencial mayor. Facilitar el libre comercio respecto a un mercado tan poderoso como el estadounidense es insuflar oxígeno a la recuperación. Con ese objetivo en mente, lo menos que se puede pedir a Bruselas y a Washington en las largas negociaciones que se prolongan es agilidad, altura de miras y, sobre todo, transparencia. Urge disipar cualquier miedo, no todos infundados, al acuerdo.