Balance del mercado laboral

Empleo 2015: No te pido que me lo mejores, iguálamelo

Cola en el exterior de la oficina del INEM en la calle Evaristo San Miguel, en Madrid.
Cola en el exterior de la oficina del INEM en la calle Evaristo San Miguel, en Madrid. EFE

Viene a cuento el sentencioso latiguillo de El Fumi de Morata, ese irredento e irreverente nini movido por los hilos del genial José Mota que se repite en cada pueblo y barriada del país cada vez con más intensidad, a medida que las silenciosas cornadas de la crisis que ha ido llevando a colectivos crecientes de jóvenes hacia la edad madura sin expectativas. Pero en este caso viene a cuento para evaluar el desempeño del mercado de trabajo en 2015: “No te digo que me lo mejores: iguálamelo”. Difícilmente encontraremos otro ejercicio con un incremento tan elevado de la ocupación en el medio plazo, y mucho tienen que cambiar los fundamentales de la economía para que se reproduzca algo semejante en el largo.

Y esa cautela vale tanto para la generación de empleo como para la reducción del paro, que ha sido la más voluminosa de la historia de la estadística (casi igualada en 2001), pero que lo ha hecho por la gracia de una población activa en retirada. No es nada fácil que el paro se reduzca en 678.000 personas, un 12,43%; no es nada fácil que la ocupación se incremente en un 2,99% cuanto el PIB lo hace a tasas similares; y no es nada fácil que una parte de la población decida dejar el país por la falta de expectativas.

Desde que en el otoño de 2013 la tendencia del mercado cambió, tras casi seis años completos de destrucción de empleo, el ritmo de la contratación ha caminado más deprisa de lo que lo ha hecho la propia actividad económica. Es algo habitual en el inicio de las fases alcistas de la actividad, en las que las empresas se encuentran con plantillas muy ajustadas y tienen que contratar porque sus efectivos no soportarían incrementos descomunales de la productividad, salvo en tareas muy concretas con avance muy intenso de la tecnología.

Pero en esta recuperación se ha producido un cambio en el paradigma laboral que ha activado la generación de empleo con crecimiento más bajos del PIB. La reforma laboral que ha abaratado todos los costes laborales (salario, despido, cotizaciones y seguro de paro) ha facilitado los contratos, y el laboral ha comenzado a comportarse como un mercado por vez primera que se recuerde, con una presión desconocida antes de la fuerza laboral de reserva por circunstancias inéditas, como el tamaño del colectivo de demandantes de empleo o el fuerte endeudamiento de los hogares.

Pero en adelante costará que el desempeño sea mejorable. Será bueno si no se quiebra la confianza de la demanda y las expectativas con un giro radical de la política económica; pero aún conservándola, los mejores augurios apuntan a un avance del PIB del 3%, que no podrá ofrecer similar avance de los ocupados porque la recuperación está ya en un estado de avanzada maduración, que se nota incluso en la pérdida de pulso en el último trimestre de 2015: crece por debajo del 3%, contra lo que ha hecho en la primera parte del año, ya se mida con la EPA, con la Seguridad Social o con la Contabilidad Nacional. Rajoy ha cerrado la legislatura con el mismo empleo, pero con la tendencia al revés de como la encontró. Eses es su mérito y su balance, por costoso que haya sido.

Los números siguen dando miedo, pero no terror. La tasa de paro está a punto de perder el 20% (ya es inferior en nativos), la de el cabeza de familia y su pareja ha caído al 17%, y el de los hijos ha cedido cinco puntos en el año, hasta el 36%; el empleo público se recompone y el tiempo parcial se ha estancado. El objetivo es mucho más empleo (se ha recuperado uno de cada tres perdidos) y vigilar la calidad, que mejora cuando lo hace aquél. Empieza a parecer milagroso que 2016 sea mejor que 2015, y deberíamos darnos con un canto en los dientes si fuese igual.