La guerra de Ucrania, la cuasi ruptura del euro y la inmigración marcan el inicio de su mandato

Juncker cumple un año al frente de una Comisión al ralentí

Juncker cumple un año al frente de una Comisión al ralentí

Ayer se cumplió un año desde la toma de posesión de Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea y de sus 27 comisarios, uno por país (Miguel Arias Cañete, por parte de España). Los doce primeros meses del nuevo equipo han estado marcados por tres grandes crisis (la guerra de Ucrania, la cuasi ruptura del euro y la reaparición de fronteras internas dentro de la UE). En los tres casos, el organismo europeo ha jugado un papel secundario, desbordado por los acontecimientos o superado por la iniciativa de las capitales, de Berlín en particular. Al mismo tiempo, la Comisión ha reducido al mínimo posible su actividad legislativa para no molestar a los países que, como el Reino Unido, acusan a Bruselas de excesiva intromisión. Así que Juncker, que prometió la Comisión más política de la historia, ha acabado presidiendo una Comisión al ralentí, con una multitud de comisarios sin apenas funciones y prácticamente desconocidos incluso en sus países de origen.

Estilo personal

No debe ser fácil pasar de presidente del Gobierno de un país de 400.000 habitantes (Luxemburgo) a presidir un organismo como la Comisión, de casi 30.000 funcionarios, cuyos pronunciamientos tienen repercusión en una Unión de 504 millones de personas. Pero Jean-Claude Juncker (61 años) ha logrado la mutación sin perder un ápice de su particular personalidad, con un sentido del humor y una franqueza que seduce tanto como irrita. Su primer año en Bruselas lo ha dedicado casi en exclusiva a la crisis griega, en la que rozó el éxito de superar las diferencias entre Atenas y Berlín, pero acabó patinando y siendo acusado por ambas partes de hacer un doble juego. Descolocado, perdió los nervios y se puso al frente de los partidarios de expulsar a Grecia si ganaba el No en el referéndum sobre el rescate. Al final, quedó orillado por unos y otros durante la dramática noche del 11 de julio en la que una cumbre extraordinaria logró el acuerdo y evitó la ruptura del euro. Fiel a su estilo, Juncker se pasó buena parte de la cumbre durmiendo y pudo dar bastante fresco la rueda de prensa final de las nueve de la mañana.

Pánzer alemán

Juncker es un presidente que delega, tanto por razones prácticas (no ha gozado de una salud de hierro durante el primer año en Bruselas), como por convencimiento de que una sola persona no puede dirigir en solitario un organismo tan enrevesado como la Comisión. El luxemburgués ha elegido como lugarteniente a Martin Selmayir, un funcionario europeo, de nacionalidad alemana. Como jefe de gabinete de Juncker, Selmayr ha asumido el poder en la sombra y los pasillos y despachos comunitarios vislumbran su presencia detrás de cada nombramiento o decisión de la CE. Las maniobras de Selmayr durante la crisis griega llegaron a provocar hasta las iras del ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, choque poco usual entre un político del máximo nivel y un funcionario de la retaguardia.

Mr. No

El vicepresidente primero de la Comisión, el holandés Frans Timmermans, es otro hombre clave en el equipo de Juncker, representantes ambos de la gran coalición (socialista y popular, respectivamente). Timmermans ha sido acusado de ser el responsable de frenar al máximo el número de propuestas legislativas, por lo que se ha convertido en Mr No para los otros comisarios. De más de 300 iniciativas contabilizadas en algunos años, se ha pasado a poco más de una veintena en 2015 y un número similar para 2016. La reducción, reconocen fuentes europeas, ha dejado de manos cruzadas a algunas direcciones generales porque el número de departamentos de la Comisión se ha mantenido intacto.

Cañete, agazapado

El comisario español, Miguel Arias Cañete, ha mantenido durante su primer año en Bruselas un perfil público muy bajo. “Está recuperándose de la tunda que recibió antes de su nombramiento”, bromea un europarlamentario de su partido. Cañete fue objeto de una feroz campaña en el Parlamento europeo para evitar su nombramiento como comisario de Energía (por presuntos conflictos de interés), pero superó con solvencia el examen parlamentario. Ya nombrado, trabaja en la sombra (y mucho, a juzgar por el importante número de reuniones con lobistas que ha mantenido, según su agenda pública), con la cumbre de París sobre el clima, en diciembre, como principal tarea.

La herencia de Almunia

El anterior comisario español, Joaquín Almunia, dejó una pesada en herencia en el departamento de Competencia, con la que lidia ahora la liberal danesa Margrethe Vestager. Almunia inició las primeras investigaciones sobre los privilegios fiscales concedidos a las multinacionales por países como Luxemburgo, Holanda o Irlanda. Vestager se ha anotado el tanto al dictaminar en contra de los dos primeros países (por tratos de favor con Fiat y Starbucks, respectivamente). Pero Almunia también dejó empantanado el departamento con dos explosivos casos que la Comisión anterior no logró resolver: las acusaciones contra Google y Gazprom por abuso de posición dominante. Vestager ha troceado el caso del buscador estadounidense para intentar cerrarlo de una vez. En el caso de la gasística rusa, la comisaria se encuentra tan atrapada como su antecesor por las implicaciones geoestratégicas del caso en relación con Moscú. Vestager ha sido más tajante en el sector de las telecomunicaciones, donde ha dinamitado la doctrina Almunia favorable a tolerar las fusiones de operadores de móvil, incluso en los países donde solo hay tres compañías. La nueva doctrina Vestager, que teme dejar el mercado en manos de pocos operadores, ya ha frustrado una fusión en Dinamarca. Y el viernes, Vestager abrió una investigación en profundidad sobre la venta de O2, la filial de Telefónica en Reino Unido, a Hutchison, que amenaza con impedir también la operación.

Fiasco económico

Salvo en el caso de Grecia, la Comisión de Juncker no ha tenido que lidiar hasta ahora con grandes crisis económicas. Aun así, el balance de su primer ejercicio en el terreno económico oscila entre el fiasco y la inoperancia. Los dos comisarios encargados del Pacto de Estabilidad, el letón Valdis Dombrovskis y el francés Pierre Moscovici, se han turnado en el papel de duro y blando hasta conseguir que casi ningún país les haga demasiado caso. España e Italia han ignorado sus advertencias. Y Portugal, enfrascado en una renovación de Gobierno bastante incierta, ni siquiera ha presentado todavía los Presupuestos para 2016. La otra baza económica de la CE (el llamado plan Juncker de inversión) sigue sin despegar del todo. Y el acuerdo transatlántico de libre comercio (TTIP) amenaza con capotar por la creciente resistencia a la negociación.

Los invisibles

Aunque cueste creerlo, Mimica, Stylianides, Hahn o Buic son apellidos de otros tantos comisarios europeos, que casi nadie ha oído nombrar en los últimos doce meses ni dentro ni fuera de Bruselas. La revista francesa Contexte, que ha evaluado el primer año de Juncker, llega a describir como “invisibles” a 14 de los 27 comisarios europeos. La publicación solo atribuye peso político importante a un puñado de comisarios, entre los que no figuran los de Alemania, Francia ni España.

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