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Un deseo no del todo utópico

John McFarlane tiene un sueño. El presidente ejecutivo de Barclays imagina una utopía en la que bancos como el suyo no paguen bonificaciones anuales, dejando a los operadores en particular, menos razones para asumir riesgos desmesurados. El problema: los bancos no quieren colectivamente hacer de ese mundo de ensueño una realidad. Sin embargo, los reguladores aún podrían.

Las entidades han argumentado durante mucho tiempo que las restricciones a las bonificaciones les dejarían menos capacidad para administrar los costes, lo que expondría al sistema financiero a una mayor vulnerabilidad. Es un argumento defectuoso. Los bancos rara vez han recortado lo suficiente una retribución variable como para que exista una diferencia real.

Los bancos argumentan que las restricciones a los bonus reducirían su capacidad para administrar los costes

McFarlane, que hizo estas declaraciones en una conferencia la semana pasada, tiene razón en dos puntos. En primer lugar, los grandes pagos en efectivo que se entregan cada 12 meses. A menudo puede hacer falta mucho más tiempo para que los bancos juzguen si los beneficios son reales o meramente ilusorios.

En segundo lugar, Barclays no puede pelear si sus rivales no lo hacen –o a no ser que los reguladores les obliguen–. El Banco de Inglaterra lo capta en términos generales. Sus nuevas reglas son enrevesadas, pero básicamente hacen que los bancos aplacen al menos el 60% de los bonus anuales de más de 500.000 libras (unos 700.000 euros), en algunos casos durante siete años. Y pueden ser cancelados o incluso condicionados.

Aún no hay reguladores que estén yendo tan lejos como McFarlane sugiere. Y parece poco probable que los bancos trabajen en equipo y se hagan cargo del asunto por su cuenta. La mayor esperanza es que los reguladores, que tienen más incentivos para colaborar que para competir, se reúnan y se coloquen del lado de McFarlane. El presidente de Barclays podría entonces ver su deseo cumplido.

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