El Foco

Diagnóstico: otra crisis asoma

Suficientemente conocida es la crisis económica que se ha venido padeciendo desde 2007 y sus efectos. Mucho se ha escrito al respecto y se han analizado sus consecuencias proponiéndose desde todos los ámbitos posibles medidas que trataran de paliar la misma. Analistas, estudiosos, políticos y agentes económicos han hecho su aparición en diferentes momentos a lo largo de estos años con aportaciones muy variadas y se viene insistiendo, por gran parte de ellos, en el final de la crisis en algunas economías internacionales y en sectores o empresas concretas, pero con ciertas sombras de duda.

Desde luego, si realizamos un análisis detallado, podemos concluir diciendo que en gran medida la adopción de políticas de austeridad han supuesto un alivio de la situación creada, pero sobre todo un cambio en el orden económico, en la forma de gestionar lo público y lo privado, un ajuste de costes de todo tipo que ha transformado no solo la economía, sino también la forma de vida de muchas personas.

Sin embargo, pienso que este impacto de la crisis, traducido al mundo social y empresarial, ha producido una derivación de actividades y de algunos problemas hacia otras economías que se han erigido en grandes impulsores del crecimiento mundial. Así aparecieron ante todos los bautizados como BRIC, un conjunto de países con unas características muy especiales, con posibilidades de crecimiento muy por encima de la media internacional y con expectativas de convertirse en el destino de la producción y en cierta medida del consumo y de la inversión.

Mientras tanto, la actuación de los bancos centrales utilizando una política monetaria expansiva con grandes inyecciones de dinero y a precios baratos, incluso al 0%, intentaban conseguir que el crédito fluyera hacia las empresas, tratando de revitalizar las economías de los países más desarrollados y afectados de forma notable por la crisis. Este objetivo no ha sido conseguido en los términos pretendidos, porque los bancos no han trasladado ese dinero en forma de crédito a los individuos, a las familias y a las empresas que han vivido en un estado de permanente atonía y desconfianza.

Hasta aquí el panorama que parecía más o menos estable, rodeado de unas circunstancias casi estructurales, como el precio del petróleo, con el barril de Brent a mínimos, debido al exceso de oferta y a la técnica cada vez más utilizada del fracking. El abaratamiento del crudo produce grandes ahorros de costes a muchos países aunque un riesgo, por su efecto sobre la inflación.

Pero la estabilidad se desvanece. China frena su ritmo de crecimiento y ya se puede hablar de una economía en crisis, de crecimiento e inflación, lo que la sitúa ante un posible riesgo de deflación. Sin entrar en un análisis más profundo por el momento, es normal que se produzcan discontinuidades en el ritmo de crecimiento de una economía como la china que arrancaba desde una posición favorable a grandes tasas de crecimiento. Lo que parece evidente es que la economía internacional precisa que China afronte cambios en el modelo de crecimiento, con un mayor peso del consumo y del sector servicios acompañado de transformaciones estructurales y liberalizadoras, así como una profunda reforma de su sector financiero y un especial control sobre la fuga de capitales. Convendría no olvidar que la deuda china tan solo supone en torno a un 40% del PIB, frente a cantidades desorbitantes en la mayor parte de las economías desarrolladas, lo que le otorga cierto margen de actuación.

Y no solo es la economía china la que tiene problemas. La relación de países en ralentización económica y de crisis se ha ampliado considerablemente. En ciertos casos se trata de sectores concretos pero en otros, de países globalmente considerados. Brasil, Rusia, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Noruega, Sudáfrica, Arabia Saudí, Tailandia, Rusia, Venezuela, Chile, México, Argentina y Perú son algunos de ellos.

El G20, tras la reciente reunión de Ankara, anunció una serie de medidas para tratar de atajar dudas sobre el crecimiento de la economía en el mundo. Parece que la máxima prioridad es incrementar las inversiones, dentro de un marco de fomento de las más eficientes y ocuparse permanentemente de facilitar la financiación a las pymes. Por otro lado, existe una preocupación en el seno del grupo sobre las devaluaciones de las divisas que se llevan a cabo con el objetivo de ganar competitividad en el marco de las transacciones internacionales. Algo que ha venido siendo una práctica habitual en otras épocas. Se trata de evitar una guerra de divisas de consecuencias imprevisibles.

Y el BCE, por su parte, no puede luchar contra todo, en este caso, contra la caída de los emergentes y del precio del petróleo. Las previsiones de crecimiento disminuyen, el crecimiento de la inflación, también, pero el mundo económico se ha acostumbrado a las inyecciones de liquidez y los bancos centrales, a acumular deuda en su poder.

En marzo, el BCE comenzó un programa de compra de deuda por 60.000 millones de euros mensuales que finaliza en septiembre de 2016.

Dado el débil ritmo de crecimiento europeo, el BCE podría ampliar el programa en cantidades y plazos. Permanece atento a la Fed porque los datos económicos de la economía norteamericana invitan a elevar los tipos de interés, a endurecer su política monetaria. También los bancos centrales de los países emergentes se muestran proclives a la subida, con la esperanza de que al disiparse las dudas, se normalicen los mercados de capitales y de divisas. El Banco Mundial no lo ve tan claro y anuncia un serio peligro de la subida de tipos en EE UU para los países emergentes.

En conclusión, parece como si la crisis de las economías desarrolladas se estuviera resolviendo lentamente, con ritmos de crecimiento bajos en general y el problema se haya desplazado hacia los países emergentes que estaban dando soporte al crecimiento global. Los mercados bursátiles y de divisas pueden jugar un papel decisivo ante el nuevo escenario y observándolos con atención llegaremos a vislumbrar si estamos comenzando una nueva crisis económica internacional.

Cecilio Moral es Catedrático de Economía Financiera y Director del Máster en Finanzas de ICADE.

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