Tribuna

Ni esperado, ni anormal

Nuestro país está en medio del cambio de estrategias de China y Estados Unidos”. Quien así se ha expresado es el ministro de Economía brasileño unos días antes a su visita a España. Todos estamos en medio de ese cambio de estrategia, podríamos decirle. De hecho, el mundo en general y los mercados financieros en particular llevan un largo periodo acusando tal cambio de estrategia y las consecuencias sobre cada uno, dependen de la situación propia. Siempre es lo mismo, de modo que como argumento resulta pobre asociado a una personalidad política de 53 años, exquisito en las formas, según relata el propio diario, y formado en la muy liberal escuela de Chicago.

Nadie podrá decir que este cambio de estrategia resulta novedad alguna. Los norteamericanos anunciaron en mayo de 2014 que iban a acabar con la política de QE (quantitative easing). Han pasado 16 meses y quizá el primer alza de tipos tenga lugar este mes y ni siquiera es seguro. El FMI pretende que esperen y tiene toda la pinta de que esperarán. En cuanto a los chinos, llevan ya mucho tiempo con lo suyo. Antes o después una economía en desarrollo tiene que pasar de basar su crecimiento en la industria y en la exportación para apoyarse en el sector servicios, más intensivo en empleo. No es posible sostener el crecimiento necesario para mantener la creación de empleo que exige el desarrollo demográfico de China en ser la fábrica de los países desarrollados. Estos, además de tener sus propios problemas, no crecen en población como para justificar una demanda creciente. China se adapta y lo hace centrando su esfuerzo en mutar hacia un modelo económico en el que los servicios ocupen el lugar que actualmente ocupa la industria. Esto no se consigue en diez días, y además de un fuerte desarrollo de infraestructuras, precisa de mayor capacidad de demanda interna, que a su vez exige de mejores salarios.

Es un proceso en curso que explica el menor interés diferencial de Occidente en seguir invirtiendo en China, que sin embargo no puede permitirse un rápido deterioro de su capacidad exportadora. La devaluación del yuan anunciada este verano busca contrarrestar la acusada depreciación de multitud de divisas emergentes –Brasil, Rusia, Corea, Turquía, Sudáfrica…– que en parte acusan la moderación que implica el menor crecimiento chino, pero también la depreciación del euro, principal mercado de exportación para China. Un cambio de estrategia que afecta a las dos mayores economías del mundo no surge de la noche a la mañana, de modo que no pueden sus consecuencias considerarse una sorpresa, aunque al mismo tiempo nadie sea indiferente. Una consecuencia de este cambio es un crecimiento mundial más moderado, de modo que la economía global afronta un periodo de sobrecapacidad productiva en el que resultará difícil que se registren tensiones generales en precios.

La estrategia norteamericana y china pasa por favorecer el crecimiento de salarios y la participación de estos en el PIB, pero tal desarrollo tiene un límite.

La capacidad de las empresas de absorber mayores salarios está condicionada por esa sobrecapacidad productiva, y si la economía mundial precisa de una mayor participación de los salarios en el crecimiento mundial, los mercados financieros exigen beneficios para alimentarse. Con sobrecapacidad ni es posible un gran incremento salarial ni su traslado a los precios. Por eso las Bolsas sufren, porque no será fácil incrementar los beneficios. Tampoco subirán mucho los tipos de interés y por eso es por lo que el G20 trata de evitar que se produzca una guerra de divisas. Hasta ahora, nada inesperado ni nada anormal.

José Manuel Pazos Royo es socio Director General de Omega IGF.

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