El Foco

Acerca del talento

Cuando agosto huele ya a septiembre, a nuevo curso y a elecciones varias, CincoDías publica y analiza un interesante estudio de Manpower del que se desprende que casi el 40% de los directivos no localiza los perfiles que su compañía necesita y se precisan, sobre todo, técnicos manuales cualificados, ingenieros y comerciales. Un llamativo titular del periódico nos introduce en la cuestión: “La escasez de talento preocupa cada vez más a los directivos”. Me pregunto cómo es posible tal afirmación cuando, como recoge y sentencia con acierto el refranero español, “de su talento ninguno hay descontento”, porque sabido es que, en general, las personas ensalzamos exageradamente habilidades y virtudes (singularmente las intelectuales: que listo es mi niño/a) y olvidamos los defectos que nos acompañan. Y tal actuar no es cosa solo de los latinos; afecta a todos los seres humanos y no parece que vaya a cambiar en los próximos tiempos, porque aparentar y presumir es nuestra común condición desde el principio de los siglos. De todas formas hay que poner los pies en el suelo y no llamarnos a engaño. Cuando se habla de talento conviene reflexionar y ver las cosas con desapego: solo así se puede decir o escribir algo interesante.

En un hermoso libro, Negociando con príncipes, escrito en 1716 y que muy bien podría servir como moderno manual para aprender técnicas de negociación, su autor, François de Callieres, consejero de Luis XIV, escribe: “Puesto que de Dios es el haber dado nacimiento a los hombres con diferentes talentos, uno de los más útiles consejos que a todos es dable ofrecer es que sepan meditar con cuidado antes de optar por una profesión.”

No es fácil hacerlo como aconseja De Callieres. Acerca de este don llamado talento, siempre he recelado, como Antonio Machado, de que hubiere tanto. Decía el poeta, con ironía y dureza, que “de diez cabezas, nueve embisten y una piensa.” Y añadía: “nunca os extrañéis de que un tonto se descuerne luchando por una idea”. Conviene aportar alguna reflexión sobre ese conjunto de dotes intelectuales que sobresalen o resplandecen en una persona, desde el ingenio a la prudencia, pasando por la capacidad intelectual o las diferentes habilidades que puedan adornar a cualquier sujeto.

El talento siempre está repartido. Siempre. No todo el mundo tiene talento para todo, ni podemos comprar en cualquier tienda cuarto y mitad de sabiduría o de cualesquiera otra virtud, ni todos servimos para las mismas cosas, aunque nos empeñemos. La poesía, por ejemplo, es un don exclusivo de privilegiados, aunque los que se llaman poetas sean legión. Está claro que no todos servimos para cualquier menester, ni aun los que han llegado más alto. Una buena parte de los hombres de negocios y altos ejecutivos, que siempre se creen con mucho talento aunque no lo tengan, prestan más atención a lo quiere expresar (a mandar) que a lo que dicen los demás, olvidando que cuando escuchamos también aprendemos, aunque nos cueste reconocerlo. Cuando nos examinamos a nosotros mismos, en general, somos muy generosos y, para remachar tal aserto, Baltasar Gracián nos desvela con profundidad y belleza: “¡Oh, si hubiera espejos de entendimiento como los hay de rostro! Él lo ha de ser de sí mismo y falsificase fácilmente. Todo juez de sí mismo halle luego textos de escapatoria y sobornos de pasión.”

El talento es un don y, por tanto, su existencia mucho más rara de lo que parece. Y en la empresa, por extensión, ocurre algo parecido. Aunque sea una legítima aspiración, no todo el mundo sirve para presidente, director general o gerente, y en ese terreno no caben muchas interpretaciones. Aún más: como es un don, el talento no se enseña; aunque, si se tiene, se puede hacer crecer con la adecuada formación.

Los mandamases (singularmente las áreas de RR HH y, en general, todos los que dirigen personas en cualquier organización) tienen la obligación de descubrir talentos y de hacerlos florecer, y para eso hace falta una cultura de empresa que facilite y permita esas tareas con estrategias, herramientas y métodos apropiados, sin cometer errores o aprendiendo de ellos. Me contaron no hace demasiado que, en Chile (en España también ha ocurrido), una de las principales entidades financieras del país se empeñó en captar comerciales de entre los mejores alumnos egresados en ciencias económicas. Se trataba de vender productos financieros, y se pagaba bien. La experiencia fue un rotundo fracaso, y la rotación de esos empleados supero el 60%, porque licenciarse en economía y presentar un buen expediente académico no garantiza el éxito en ventas. Saber vender es un don que no todos atesoramos, aunque tengamos muchos títulos y las mejores calificaciones, pero muchas empresas se empeñan en lo contrario y, por ejemplo, en tiempos de crisis hemos visto como se siguen ofreciendo como salida a técnicos o administrativos un puesto de comercial, que siempre se necesita...

Hoy, las empresas o instituciones que quieren ser sostenibles y buscan la excelencia, y no tanto el pasajero éxito, se distinguen y diferencia por el estricto cumplimiento de la ley, su compromiso con la sociedad, el diálogo con los grupos de interés, una cultura de empresa con fuertes valores, su comportamiento ético y estético (por ejemplo, la reputación) y en el cuidado del talento que la propia organización y sus empleados atesoran, porque el talento es de todos y cada uno de los hombres que la integran. Ese es el gran desafío.

El estudio de Manpower (entrevistas a 40.000 directivos en 42 países) revela que los ejecutivos de Japón, Perú y Hong Kong son los que tienen más problemas para encontrar talento en sus respectivos mercados y también en sus empresas. Curiosamente, el trabajo destaca que Irlanda (11%), Reino Unido, Holanda y España, las tres con el 14%, se consolidan como las zonas del mundo con menos dificultad para encontrar a los profesionales adecuados. Ojalá que así sea, o que siga siendo.

La verdad es que, después de conocer el dato, tengo que confesar que no me atreví a preguntar a Manpower si en España el concepto profesionales adecuados se refería también a los políticos...

Juan José Almagro es Doctor en ciencias del trabajo y abogado.

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