Editorial

Una economía desindexada

La crisis económica ha vapuleado a la sociedad y ha modificado sus comportamientos, incluso allí donde se inicia el reparto de la renta generada por las empresas y sus trabajadores: en los convenios. Pese a la resistencia sindical a modificar una estructura considerada marmórea, las necesidades han impuesto maneras nuevas de determinar las remuneraciones, la distribución de la jornada o la funcionalidad de las plantillas. De hecho, para todas ellas las empresas han podido descolgarse de los convenios sectoriales o regionales que maniataban sus relaciones laborales como única vía de salvación de su actividad. Así, la negociación colectiva no tiene hoy nada que ver con la de 2007, como consecuencia de la presión hacia la flexibilidad de la crisis, la reforma laboral y la Ley de Desindexación de la economía aprobada por el Gobierno.

Solo el 15% de los convenios firmados desde la reforma laboral hasta ahora se ha mantenido fiel al IPC como referente salarial, y la cláusula de revisión para corregir desviaciones de precios casi ha fenecido. La negociación es asimétrica. Cada empresa se adapta a sus necesidades y los trabajadores saben que si no se hace así, la vida de las empresas tiene los años contados, y que más importante es el empleo que el salario, porque sin el primero, el segundo, huelga.

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