Tribuna

Y Grecia al fin capituló

Grecia capitula. El orgullo heleno se arrodilla. Europa se afana, mejor dicho, sus halcones, en afirmar que no hay atisbo alguno de venganza. Las condiciones son durísimas. Rota la confianza, quebrados los puentes de entendimiento con el referéndum celebrado y cuya utilidad ha sido solo tan política como provisoria para Syriza, la realidad es la que es. Tsipras acepta un acuerdo impuesto, con draconianas medidas. No hay margen a la ambigüedad, a la duda, tampoco a la negociación. Reformas para empezar a hablar y acordar. Ahora bien, ¿quid si las condiciones son excesivas y la economía griega no despierta en el sentido y la dirección que la eurozona ha marcado? Reformas que avizoran el crecimiento. Conditio sine qua non. Pero dos veces ya se ha fracasado. ¿Quién y qué asegura que esta vez, cuando el tercer rescate llega a ser realidad, se acertará y se corregirá el rumbo, el mismo que hará retroceder una década a los griegos?

Europa se ha situado, una vez más, al borde del precipicio. Los amagos, las dubitaciones, la crisis institucional y su parálisis, la fractura dentro de la eurozona, cierta intransigencia y las deficiencias propias de la operatividad y las estructuras se han dado cita de nuevo. Es la realidad. La que hay. La de la falta de cemento y pegamento. La misma que no prevé la salida del euro y de los tratados. La misma que fracasa en cuanto al mercado interior, pues qué decir si no de que entre unos Estados y otros, regiones y otras, pueda existir un 30% o más de paro y en otras apenas un 3%, porque no hay trasvase de oportunidades y mismas condiciones de trabajo y operativa y porque fracasa esa ventanilla única. Es más lo que falla que lo que une. Y, sin embargo, falta entropía y mirar hacia dentro con más autocrítica.

Europa ha avanzado las últimas décadas a impulsos, pero llega el momento de reflexionar de verdad hacia dónde quiere ir, si es que quiere ir hacia algún lugar. El episodio griego, aun inconcluso y esperemos que no suceda lo que hasta ahora ha sucedido, es una buena muestra del camino que queda por recorrer. Entre ellos, unión fiscal y política. De lo contrario, una unión monetaria es lo que es. Un conjunto de intenciones, argamasadas por la imposición de uno o unos pocos que han sacado réditos de oro en todo el proyecto.

¿Quién gana y quién pierde?, ¿acreedores, banca, Alemania y Francia, Europa? ¿Y qué pasa y qué vivirá el pueblo heleno en los próximos meses? Rescatar a Grecia es rescatar a banca y acreedores. Veremos qué sucede con la quita. Esta es necesaria si no queremos ahogar aún más la economía estancada helena. Pese a la intransigencia de Berlín en este punto, y pese a todas las reticencias y dudas que despierta el país mediterráneo, sin levantar esa losa será casi imposible. Podrán constituir fondos fiduciarios donde se apalanquen y vendan activos públicos con tal de amortizar deudas. Se podrá reconducir el papel del FMI en toda esta coreografía y superar el listón de país moroso que impide cualquier nuevo acuerdo, pero la realidad económica es la que es, en el alero mismo del colapso.

El papel del Banco Central Europeo será crucial en los próximos días y semanas. De momento, el cierre bancario es la realidad y su corralito. Como lo será el déficit cero y la liberalización de prácticamente todos los sectores y mercados de servicio que aún quedan por liberalizar. Una reforma laboral donde se restrinja el derecho a la huelga, donde se facilite el despido y la negociación colectiva sea más flexible y lábil. Embridar el sector público y racionalizarlo con criterios de restricción y modernización absoluta ante la permisividad, el abuso y el dislate sinecura de prebendas y fraude en la Administración, además de los servicios que conducen a una reestructuración dramática como en las pensiones.

Alemania y quiénes han sido más exigentes y duros ante el primer ministro Tsipras se aseguran, sin duda, en aplicar un correctivo político al populismo de Syriza, dulcificando o ninguneando las medidas que el Gobierno heleno ha adoptado en los últimos meses. La roca ha caído de nuevo y Sísifo paga sus arrogancias y sus mentiras, condenando tanto en el inframundo como en el otro, a levantar una y otra vez la pesada carga. Europa le ofrece, cerca de la cumbre, la posibilidad de depositar la piedra. Pero el esfuerzo es y será titánico. Como la supervisión y la fiscalización. Sin margen para el requiebro, para el mito, camuniano o no, de Sísifo.

Abel Veiga es profesor de derecho mercantil en Icade.

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