Editorial

Un repunte del IPC que hay que vigilar

Los precios en España entraron en terreno positivo en junio por primera vez tras 11 meses de tasas negativas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el mes pasado la inflación creció un 0,1% respecto al mismo periodo de año anterior, impulsada fundamentalmente por el encarecimiento del precio de la luz, los alimentos y las bebidas no alcohólicas. La inflación subyacente, aquella que excluye alimentos frescos y energía, subió una décima, hasta el 0,6% anual, y se sitúa ya cinco por encima del IPC. Pese a que se trata de un repunte moderado, los datos confirman una tendencia al alza, en sintonía con una economía que está creciendo a una tasa de en torno al 3% anual. La buena evolución de la actividad, el aumento de la renta disponible en los hogares y la mejora de los resultados de las empresas se han trasladado a la demanda interna, cuyo tirón explica este repunte en los precios. Con los datos conocidos ayer, la economía española se aleja, además, del riesgo de deflación que en los últimos meses ha planeado como una sombra latente y amenazante sobre el conjunto de las economías de la zona euro.

La reacción de los sindicatos al suave avance del IPC ha sido señalar que la ausencia de tensiones inflacionistas en nuestra economía constituye una coyuntura adecuada para acordar una subida de las retribuciones. Ello en un contexto que incluye el acuerdo alcanzado el pasado mayo entre los agentes sociales y la patronal, que establece un aumento de salarios de hasta el 1% este año y hasta de un 1,5% en 2016, además de contar con una cláusula de garantía para el conjunto de los dos años que tendrá en cuenta la inflación. Un pacto que, como ha advertido el propio Gobierno, parece olvidar que España no es un país aislado en medio de Europa y que la clave del aumento de competitividad que ha llevado a cabo nuestra economía en los últimos tiempos está precisamente en una depreciación de costes que le ha permitido competir con sus socios europeos.

Una subida moderada de los precios tras el largo encadenamiento de tasas negativas de los últimos meses constituye una consecuencia natural de una economía que avanza y en la que el consumo y la inversión ejercen de motor de la demanda. Se trata, sin embargo, de un signo que hay que vigilar en relación con el contexto europeo, dado que un aumento unilateral de las tensiones inflacionistas en nuestro país puede convertirse en una seria amenaza para la recuperación de la actividad. Para lograr ese objetivo es necesario contar con la colaboración de todos los actores económicos. También con la de unos agentes sociales que sean conscientes de que la mejor garantía para que los salarios crezcan de forma sana y sostenida es seguir alimentando la competitividad de las empresas españolas.

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