La ciudad aragonesa tiene edificios que desafían la ley de la gravedad y recuerdan una pintura cubista

Albarracín, sabor islámico y medieval

Defendida por su muralla y aupada sobre un risco que rodea el río Guadalaviar se asienta una de las villas más bonitas de España.

El mayor encanto se encuentra en sus calles, pasadizos y escalinatas.

Panorámica de Albarracín al atardecer.
Panorámica de Albarracín al atardecer.

Emplazada en una loma de los montes Universales que abraza el río Guadalaviar, lo primero que sorprende al aproximarse a la villa de Albarracín es su imponente muralla de origen árabe, del siglo X, que supera con creces la superficie del casco histórico y llega a extenderse hasta la colina que rodea el municipio.

Plaza de importancia estratégica, precisamente esta ubicación convirtió a Albarracín, en el suroeste de la provincia de Teruel, en un auténtico bastión defensivo capaz de atemorizar a cualquier intrépido conquistador. De ahí viene su fama de inexpugnable.

Y es que Albarracín, que nació como ciudad con el desmembramiento del Califato de Córdoba cuando una de las familias bereberes asentadas en la zona, los Banu Razín, erigieron un reino de taifas, tiene una historia intensa.

Vestigio de la época en la que se situaba en el pueblo la frontera entre musulmanes y cristianos, la muralla aún conserva varias torres intercaladas en su trazado, entre las que destaca la de doña Blanca, en la actualidad una sala de exposiciones, o la del Andador, un formidable mirador con la mejor vista de la catedral rematada con azulejos y de las singulares azoteas de esta villa de arquitectura serrana, que no llega a alcanzar los 1.200 habitantes.

Hay quien dice que es uno de los pueblos más bonitos de España. Desde luego, méritos no le faltan. Esta población turolense, declarada conjunto histórico-artístico en los años sesenta del siglo pasado, constituye un laberinto de pasadizos, costanillas, escalinatas, cuestas de trazado árabe que se adaptan milagrosamente al terreno con escaleras y pasadizos, con casas de un característico color rojizo procedente del rodeno, el material de la zona con el que se construyen.

Albarracín
Casa popular en Albarracín.

Con sus escudos y blasones señoriales, rejas de forja en ventanas y balcones y las peculiares aldabas que adornan sus puertas, los palacetes de la antigua nobleza local muestran la gloria de esta villa siglos atrás.

La Plaza Mayor es el núcleo central de la ciudad y uno de los rincones más visitados y fotografiados. Flanqueada por edificios de claro sabor medieval, mantiene el diseño del siglo XI, una original estructura totalmente irregular. Es un buen punto de partida para adentrarse en el entramado de callejuelas y pasadizos de la urbe.

Cada rincón esconde sorpresas. Por eso, el monumento principal es la ciudad misma. Su mayor encanto se encuentra en sus calles adaptadas a la difícil topografía del terreno, es necesario recorrerlas para empaparse de su historia: en la Plaza Mayor se ubica el ayuntamiento, donde se abre un impresionante mirador sobre el río Guadalaviar y se observa cómo, rodeando con sus aguas el lugar, acota un espacio en el que el espíritu del medievo parece inalterable; la catedral del Salvador, adosada al antiguo Palacio Episcopal, que acoge una valiosa colección de tapices flamencos, fue construida entre 1572 y 1600 sobre un anterior templo románico y mudéjar.

La iglesia de Santa María es el edificio más antiguo de Albarracín, aunque no se tiene conocimiento exacto de sus orígenes, sí se sabe que es anterior al siglo XII y que, posiblemente, fue reconstruido por los mozárabes para la práctica del culto cristiano. Tras sufrir un incendio, el inmueble fue restaurado en el siglo XVI, aunque mantiene la estructura original. 

Desafío a la gravedad

Casa de la Julianeta ampliar foto
La casa de la Julianeta.

Una singularidad de Albarracín es la excelente conservación de muchos de los edificios de arquitectura popular que alberga, entre los que destaca la casa de la Julianeta. Asentada en una esquina, tan inclinada que parece a punto de derrumbarse, esta vivienda aparece como un verdadero desafío a la gravedad.

La torre de Pisa de Albarracín es una construcción de yeso y madera que data del siglo XIV y se levanta en el ángulo que forman dos calles en cuesta, lo cual acentúa aún más la sensación de desequilibrio. Tiene una perspectiva tan caprichosa que puede recordar una pintura cubista. Tras su rehabilitación, se ha convertido en un taller de artistas, aunque mantiene su carácter residencial.

A orillas del Guadalaviar
Para tomarse un respiro, la cuenca del Guadalaviar cuenta con zonas recreativas y agradables jardines que invitan al descanso. Allí se encuentra El Molino del Gato, un molino del siglo XV convertido en café-galería en el que se programan interesantes exposiciones. Además, se puede ver la maquinaria original y, lo más impactante, el paso del río Guadalaviar a través de un suelo de cristal.

Albarracín se encuentra a casi 1.200 metros de altitud y tiene un clima que puede clasificarse dentro de los mediterráneos de montaña, es decir, fresco en verano, aunque en las horas centrales del día apriete el calor, y bastante frío en invierno.

Cañones, ríos, bosques...
Albarracín es también el inicio de numerosas rutas senderistas y excursiones por una sierra de alto valor paisajístico y medioambiental en la que el viajero que pase unos días en la ciudad podrá descubrir cañones, barrancos y roquedales, bosques, flora y fauna.

La naturaleza ha sido generosa en la sierra de Albarracín. No se debe abandonar la villa sin adentrarse en ella, ya que constituye uno de los conjuntos paisajísticos más interesantes y peculiares de la cordillera Ibérica, a caballo entre Castilla y Aragón.

La ciudad es la entrada y cabeza de la serranía, incluida en la Reserva Nacional de Caza de los Montes Universales, una zona montañosa bastante inaccesible donde nacen los ríos Tajo, Júcar y su afluente el Cabriel, el Gallo –que va a Molina de Aragón–, el Guadalaviar –que se transforma en el Turia–, el Jiloca, etc., formando una de las redes hidrológicas más extensas de España.

Esconde hermosos paisajes que se extienden en torno a un conjunto de barrancos, cañones, peñas, valles y bosques de coníferas, sabinares y encinares. Este territorio agreste, con un clima lluvioso que favorece su riqueza forestal, sus praderas y la proliferación, en otoño y primavera, de una gran variedad de setas, se convierte en esas temporadas en un paraíso para los aficionados a la micología.

Como ocurre en otras zonas de la comunidad de Aragón, la despoblación es aquí también una característica. No llegan a 5.000 las personas que viven en los 25 pueblos de la comarca. En los últimos años, el turismo está contribuyendo a fijar población, aunque la longevidad es una peculiaridad de las gentes de estas localidades: al parecer viven muchos años.

Comer y dormir
En Albarracín y alrededores hay una amplia oferta de establecimientos hoteleros para satisfacer todo tipo de preferencias y bolsillos: turismo rural, un sinfín de propuestas de hoteles con encanto de todas las categorías, apartamentos. Y a la hora de reponer fuerzas, los viajeros tendrán la oportunidad de degustar la rica y contundente gastronomía de la zona: el ternasco al horno, el cordero a la pastora, la trucha, las migas con uvas, el rico jamón de Teruel...

Paisaje protegido y arte rupestre

Rodeno de Albarracín
Paisaje rojizo en el Rodeno de Albarracín.

Al sureste de la sierra se encuentra uno de los conjuntos paisajísticos y culturales más sorprendentes de Aragón: el Rodeno de Albarracín. Este paisaje rojizo, entre los términos de Albarracín, Bezas y Gea de Albarracín, conforma una de las imágenes más atrayentes de la provincia de Teruel: extensos bosques de pino de rodeno o resinero se asientan sobre areniscas de color vino, a veces en lugares imposibles.

Este singular paraje fue ocupado por el hombre prehistórico y conserva manifestaciones de arte rupestre levantino que forman parte del Patrimonio Natural de la Unesco.

Las areniscas rodenas, azotadas por el viento y el agua durante siglos, han configurado la identidad de este espacio, donde también crecen rebollos y encinas y habita la majestuosa águila real.

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