A fondo

Europa-Google: batalla por el control de internet

Una mujer maneja un ratón sobre los logos de Google y la Unión Europea.
Una mujer maneja un ratón sobre los logos de Google y la Unión Europea.
Bruselas / Madrid

La política de Competencia a menudo toca más con la diplomacia que con el derecho, pero sus responsables se esfuerzan por demostrar que sus decisiones responden, casi en exclusiva, a razonamientos técnicos. El caso Google, sin embargo, ha reventado ese equilibrio. Y la tenue frontera entre regateos jurídicos e intereses geoestratégicos se han diluido para dejar a la luz una descarnada batalla transatlántica por el control de las redes digitales, que es tanto como decir, por el control del siglo XXI.

Esa batalla ya estaba en marcha, por supuesto, desde finales del siglo XX. Algunos analistas describieron el caso Microsoft (2000-2006) como el primer choque digital entre la UE y EE UU. Pero entonces, el conflicto giraba más que nada en torno a intereses empresariales. Una década después incluso parece limitado el alcance de aquel expediente, cuyo objetivo era evitar que Microsoft se expandiese en mercados que hoy prácticamente ha perdido o abandonado.

Tal vez ocurra lo mismo con el caso Google y en 2025 se recuerde como una reacción desproporcionada frente a la supremacía, tan abrumadora como breve, que algunas compañías pueden lograr en el mercado digital. Pero las repercusiones geoestratégicas que transpira el expediente contra el buscador sugieren que no se trata de un caso más de Competencia. Parece más bien el síntoma de la desconfianza entre la UE y EE UU en relación con la gestión de datos y de redes, cuyo control no es sólo la llave de lucrativas aventuras empresariales sino también de la autoridad política, económica y militar a nivel mundial.

El factor Snowden

La naturaleza del caso Google mutó tras las revelaciones de Edward Snowden, el ex consultor subcontratado de la CIA que facilitó detalles sobre los programas de intercepción masiva de datos puestos en marcha por Washington.

Washington interpreta el caso Google como anticipo de un trato más duro contra sus grandes empresas tecnológicas, sea por vía fiscal, de protección de datos o de competencia.

Los pinchazos no sorprendieron a nadie, pero sí su alcance y sofisticación, que incluían desde el teléfono móvil de la canciller Angela Merkel hasta la trilla sistemática de los millones de datos que fluyen por los cables submarinos que unen Europa con EE UU. “El caso Snowden cambió el tono de las conversaciones entre Google y la Comisión”, señalan fuentes conocedoras de esos contactos. “Por primera vez”, añaden, “un caso de competencia se convirtió en un caso político”.

Sin duda, no es la primera vez que la dirección general de Competencia de la CE asiste a la politización de uno de sus expedientes. Pero sí, tal vez, uno de los primeros casos que escapan al control del comisario de Competencia de turno.

El comisario que abrió la investigación en 2010, Joaquín Almunia, intentó por todos los medios cerrar un acuerdo amistoso con Google, pero Berlín y París lo impidieron. La nueva comisaria, Marghrete Vestager, cerró ayer esa vía y cursó un pliego de cargos contra la compañía.

Vestager subrayó que “una de cada cuatro compañías que se han quejado contra Google es estadounidense”, para intentar demostrar que no se trata de un caso de Bruselas contra EE UU. Pero en Washington se interpreta como anticipo de un trato más duro contra sus grandes empresas tecnológicas, sea por vía fiscal, de protección de datos o de competencia.

Para algunos observadores el giro de la CE responde a la presión del poderoso editor alemán, Axel Springer (Bild, Die Welt, Politico). Para otros, al temor de la industria automovilística alemana a las incursiones de Google en su sector. Pero todo indica que tanto o más que los intereses empresariales han primado las inquietudes geoestratégicas de la UE, que observa con creciente pavor su completa dependencia digital de empresas como Apple, Amazon, Facebook, Twitter, Netflix. O de un buscador omnipresente en los móviles, a través de Android, que incluso parece dispuesto a extender ese dominio a los ordenadores con Chrome para sustituir al omnipresente Windows de Microsoft.

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