Con el reto de frenar la desaceleración de la economía

Rousseff asume su segundo mandato al frente de Brasil

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, junto a su hija, Paula, saluda a bordo de un Rolls Royce mientras se dirige al Palacio de Planalto, para la ceremonia de investidura
La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, junto a su hija, Paula, saluda a bordo de un Rolls Royce mientras se dirige al Palacio de Planalto, para la ceremonia de investidura EFE

Dilma Rousseff, la economista de 67 años que dependiendo de la época ha sido descrita como guerrillera, tecnócrata, autoritaria, “mujer de Lula” y primera presidenta de Brasil, necesita una nueva transformación para enfrentar los retos de su segundo mandato de cuatro años, que inició hoy.

Esta mujer de fuerte carácter tendrá como desafíos superar una economía desacelerada, con la inflación en el límite máximo tolerado por el Gobierno y las cuentas públicas fuera de control, y un enorme escándalo de corrupción que paralizó a la petrolera Petrobras, la mayor empresa del país, y que amenaza con salpicar a varios aliados.

“Prometo mantener, defender y cumplir la Constitución; observar las leyes; promover el bien general del pueblo brasileño, sustentar la unidad, la integridad y la independencia de Brasil, así lo prometo”, juró la gobernante en una sesión solemne encabezada por el presidente del Senado, Renan Calheiros, que también es presidente del Congreso.

Tras imponerse en octubre al senador socialdemócrata Aécio Neves en las elecciones presidenciales más ajustadas y polarizadas en la historia de Brasil, Rousseff también tendrá que enfrentar a una oposición más fuerte en el Congreso, envalentonada por lo cerca que estuvo de impedir su reelección.

Rousseff, líder del Partido de los Trabajadores (PT), nunca había disputado una elección antes de ser elegida por primera vez jefa de Estado de Brasil en 2010.

Si en su primer mandato tuvo que luchar para dejar atrás la imagen de marioneta de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente (2003-2010) que la apadrinó y la impuso como sucesora, en su segundo mandato Rousseff, llamada “dama de hierro” en Brasil, tendrá que mostrar personalidad propia para hacer frente a desafíos inimaginables hace un año.

Pero esta hija de un inmigrante búlgaro y de una profesora brasileña nacida en un hogar de clase media del conservador estado de Minas Gerais ha demostrado desde muy joven su capacidad de transformación para superar desafíos.

La Rousseff de la década de los 60 que los militantes del PT revivieron en la campaña electoral del año pasado con la fotografía de una joven erguida ante los militares que la interrogan es totalmente diferente a la presidenta que exhibió proyectos sociales que sacaron a millones de brasileños de la pobreza como argumento para ganar otros cuatro años de mandato.

Entre esas dos Rousseff pasaron la que fue torturada y estuvo algunos años en prisión por su colaboración con grupos guerrilleros; la que se afincó en el sur del país para trabajar como técnica en gobiernos regionales y la que destacó como tecnócrata en el primer Gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva.

También la mujer que terminó coordinando el Gobierno de su antecesor como ministra de la Presidencia, la que se presentó prácticamente como “la mujer de Lula” para disputar por primera vez un cargo electivo y la jefa de Estado famosa por su carácter fuerte y por la forma como comanda el Gobierno desde 2011.

“En mi vida personal enfrenté situaciones del más alto grado de dificultad, situaciones que llegaron al límite físico, soporté agresiones físicas que fueron casi insoportables, y nada me sacó de mi rumbo, nada me sacó de mis compromisos ni del camino que tracé para mí misma”, aseguró la jefe de Estado el año pasado cuando miles de personas la insultaron durante la apertura del Mundial de fútbol.

Fue una alusión no sólo a las torturas de que fue víctima durante la última dictadura brasileña sino también al cáncer linfático que le fue diagnosticado en 2009 y del que se curó en 2011.

Dos veces divorciada y con una hija y un nieto, Rousseff apoyó en su juventud a grupos armados clandestinos que se oponían a la dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985.

Acusada de “subversión”, fue arrestada a los 22 años y pasó casi tres años en la cárcel, donde fue torturada durante semanas.

Ya en la democracia inició su carrera política como una de las fundadoras del Partido Democrático Laborista (PDT) en el sureño estado de Río Grande do Sul y sólo muchos años después, en 2001, se afilió al PT, donde algunos militantes del partido de Lula aún la ven como una extraña.

Su llegada al Gabinete de Lula en 2003 le permitió iniciar una meteórica carrera en el Gobierno que en sólo ocho años la llevó al Ministerio de la Presidencia, la cartera más influyente, y luego a su debut electoral como candidata presidencial en 2010.

Pese a que la oposición alegaba que el primer mandato de Rousseff sería una especie de tercer mandato de Lula o de protectorado del antecesor, la jefe de Estado supo mostrar una imagen propia, de gobernante eficiente.

Sin el carisma ni la experiencia política de Lula, Rousseff no sólo logró ganarse la imagen de buena administradora en su primer mandato sino que mantuvo la de técnica eficiente, ambas demostradas al tratar crisis como la que surgió por escándalos de corrupción en su primer año de Gobierno y la generada por las manifestaciones por mejores servicios públicos que sacudieron a Brasil en 2013.