Editorial

Draghi exhibe fuerza en una Europa débil

El liderazgo del presidente del BCE, Mario Draghi, quedó ayer firmemente reforzado tras una comparecencia en la que este anunció al apoyo unánime de la entidad para adoptar, en el momento en que sea necesario, nuevas medidas de intervención no convencionales. Draghi explicó que el BCE aumentará su balance un billón de euros más, hasta niveles similares a los que mantenía en 2012, a través de instrumentos ya anunciados –TLTRO, compras de cédulas, compras de ABS– o con otras posibles fórmulas. El presidente del BCE adelantó que el personal de la entidad ha recibido ya el encargo de preparar esas nuevas medidas.

Más allá de cuales sean finalmente estas, la primera buena noticia salida de la reunión de ayer es el apoyo unánime de los consejeros del banco a este plan de actuación. Cualquier otra posibilidad –un BCE dividido, con partidarios y detractores de expandir más la política monetaria– habría supuesto un duro golpe a la gobernanza económica de Europa. Una vez quebrada o, al menos, interrumpida la entente franco-alemana que guió la hoja de ruta económica en los peores momentos de la crisis, la ausencia de liderazgo en la eurozona ha tenido que suplida por un BCE que se ha erigido como única autoridad a la hora de señalar el camino a seguir. Los retos que Mario Draghi tiene ante sí en ese contexto no son fáciles: Europa teme el fantasma real de una nueva recesión, con las manos atadas por un mercado crediticio que no ha recuperado su capilaridad natural hacia todo el tejido empresarial y con la amenaza creciente de una posible deflación. Precisamente por ello, el presidente del BCE debe contar con el respaldo suficiente para utilizar nuevos mecanismos en el momento en que considere que son necesarios.

El liderazgo de Draghi contrasta con la actitud de unos gobernantes de la eurozona que parecen olvidar que la economía europea no es una entelequia, sino un problema concreto que debe ser resuelto de forma conjunta y coordinada por todos los estados miembros. El presidente del BCE ha repetido hasta la saciedad que la política monetaria no es suficiente para tirar del tren de Europa y que resulta imprescindible que los Gobiernos nacionales actúen frente al riesgo de una tercera recesión. Frente a ese mensaje, la respuesta no ha sido unánime. Mientras España ha llevado a cabo hasta ahora un sacrificado y notable esfuerzo por cumplir con las exigencias impuestas por Bruselas, otros países –como Francia– siguen sin asumir que en materia de economía no existen excepciones. Como resultado de esa disciplina, la economía española crece hoy más que el resto de la eurozona. Un logro que lamentablemente puede quedar anulado por la terquedad de una Europa que sigue sin moverse.