Editorial

Un país infectado de corrupción

Un país con uno de cada cuatro trabajadores en paro, en el que disminuye la preocupación por ese gravísimo problema mientras aumenta por la corrupción, puede tener serios aprietos en su futuro. Y sería difícil creer que se trata de un país occidental si no nos pillara tan cerca. Pero es exactamente lo que ocurre en España. Conforme al último barómetro del CIS, el 42,7% de los españoles muestra preocupación creciente por la corrupción y el fraude, una evolución que aún así está lejos del récord del 84% alcanzado en primavera de 2012 en plena acumulación de casos, la mayoría sin resolver. El paisaje es tal que la operación Púnica, desatada ayer contra casos de corrupción regional y municipal, es uno más –de notable tamaño, eso sí– entre los muchos que exasperan a los ciudadanos. Más de medio centenar de detenidos, entre ellos políticos, alcaldes, concejales y funcionarios, son otro paso en un lodazal del que no se va a salir con el tópico de que son excepciones en sus respectivos campos, en vez de establecer más controles. La justicia es “lenta pero implacable”, como dijo ayer el presidente del Congreso, y es probable que los corruptos –los detectados– acaben algún día entre rejas. Mientras, los jóvenes –más de la mitad en paro– observan el país que van a recibir con una perplejidad solo comparable a la de los inversores.