Editorial

La economía, entre Europa y Cataluña

A la economía española le ha costado demasiados trimestres, demasiadas reformas y demasiados desempleados lograr una estabilización suficiente como para retomar un crecimiento consistente. Pero cuando ha logrado una velocidad de crucero del 2% (esa sería la del último semestre si se confirma que avanza a tasas del 0,5% cada trimestre), las amenazas han vuelto a aparecer con mayor vehemencia. A los riesgos geopolíticos que sobrevuelan sobre el comercio y el crecimiento mundial, y que se han intensificado, hay que añadir el riesgo de que los principales socios comerciales de España (la zona euro) entren en una tercera recesión tras el ajuste de previsiones admitido ayer por Alemania y la inestabilidad subterránea que puede generar la huida hacia delante de la deriva secesionista en Cataluña, renovada ayer con una consulta light y la amenaza de unas elecciones plebiscitarias que se conviertan en referéndum de facto.

La descabellada iniciativa de Artur Mas de hacer una consulta supuestamente amparada en la capacidad de la Generalitat para promover la participación ciudadana, y la agitación de unas elecciones plebiscitarias con lista nacionalista única, además de prolongar un proceso que jurídicamente está agotado, impide que una negociación política se abra camino a la búsqueda de una solución de medio plazo hasta que pueda hablarse, con la economía ya recuperada, de nuevos encajes constitucionales de Cataluña. Cierto es que Artur Mas tiene en exclusiva la llave de la convocatoria electoral (sea del carácter ordinario o barnizado de aventura plebiscitaria), pero no es menos cierto que cuantos más episodios alegales protagonice, menos opciones tiene de salir indemne de esta iniciativa que arrancó hace más de un año y menos capacitado estará para ser interlocutor en una solución negociada.

Si los agentes económicos, internos y externos, han hecho hasta ahora abstracción de la operación nacionalista y han seguido a lo suyo, podrían comenzar a revisar sus posiciones en Cataluña si la escalada no cesa, y los efectos sobre la economía se manifestarían con evidencia.

Lo que no ha sido un obstáculo para el crecimiento de la economía puede empezar a serlo en cualquier momento, como ha ocurrido con el cambio de sentido del viento en Europa en los últimos meses, y con la severa corrección del crecimiento que ha anunciado Alemania tanto para este año como para el próximo. Mientras todos miran a Mario Draghi, que no tendrá otro remedio que poner en marcha la manivela del dinero en el BCE, nadie colabora con él: Alemania no quiere soltar gasto público (al sector privado nadie puede obligarle a hacer lo propio) y Francia e Italia no quieren hacer sus reformas porque atentan contra el modelo económico europeo. Como si no hubiese competencia en el mundo para jibarizar cada día el potencial industrial de Europa.