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Francia se relaja con sus metas fiscales

Manuel Valls es bueno en la configuración de su propia imagen como un energético hacedor centrado en la reforma económica. A medida que el primer ministro francés va pasando su programa por el voto de confianza parlamentario, se enfrenta tanto a la rebelión dentro de su gobernante partido, el socialista, como a las críticas de la oposición conservadora. Por lo menos, está haciendo algo en lo que todo el mundo debería estar de acuerdo: Francia no hará todo lo posible para tratar de cumplir los objetivos de déficit presupuestario impuestos por la UE.

Valls está ignorando con razón las críticas de Berlín y Bruselas. Su programa incluye algunas reformas consideradas estructurales, recortes de gastos y reducción de impuestos. Está en el buen camino, tratando de revertir dos años de políticas erráticas que empeoraron el impacto de la crisis mundial en la economía del país.

Este examen de su apoyo parlamentario parece llegar en el peor momento posible. El jefe de Valls, François Hollande, es el presidente más impopular en cerca de 60 años de sondeos. Y la perspectiva de que la líder ultraderechista Marine Le Pen pueda ser presidenta en 2017 ya no se puede descartar como absurda.

Valls conseguirá por poco los votos que necesita, pero sus problemas les darán a los críticos europeos una idea de los obstáculos que enfrenta en casa. El menor crecimiento y la inflación hará que sea imposible para Francia reducir su déficit presupuestario por debajo del límite del 3% para 2017, mientras que en la campaña de 2012 la promesa de Hollande era equilibrarlo para esa fecha.

Hacer caso omiso de los objetivos tiene sentido por ahora. Así que el Gobierno galo se apegará a los recortes de gastos anunciados –50.000 millones de euros en tres años, a partir de 21.000 millones el año que viene– sin aumentar los impuestos para compensar el déficit. Un presupuesto más austero golpearía la demanda, haría que la economía cayera en picado y dejaría los objetivos aún más lejos de su alcance.

Francia debe centrarse en convencer a sus socios europeos de su seriedad en la reforma y en el impulso del crecimiento. Y debe dejar de prometer demasiada austeridad, la misma que impide lo anterior.