Editorial

Lo bueno y lo malo de unos precios planos

España nunca ha sido un país temeroso de la inflación, siempre ha considerado al avance de los precios como un amigo de la economía y de la riqueza, aunque de su incremento continuado han sobrevenido todas y cada una de las crisis de balanza de pagos que ha registrado desde que es una economía integrada, desde el plan de estabilización de 1959. Y nunca hasta ahora había sufrido un episodio de desinflación y de posterior estancamiento de precios, en el que la mitad de la cesta de la compra por ponderación está en tasas anuales negativas y en el que tanto la alimentación (elaborada o no) y todos los precios de los bienes industriales registren deflación tomando su evolución en los últimos doce meses.

Nunca había tenido, también hay que recordarlo, una crisis tan profunda de empleo y de demanda y un estado de ánimo tan pesimista como el actual, tras siete años de caída de la actividad. Y nunca había buscado la solución a sus problemas de inflación y balanza de pagos con una devaluación interna de los costes, como ha tenido que hacer ahora en ausencia de autonomía monetaria y cambiaria. Tampoco nunca, o muy pocas veces y de forma muy puntual, en los últimos 35 años los precios se habían comportado en España con más moderación que en la zona europea con la que compite, y ahora hay un diferencial de casi un punto completo entre una tasa negativa de inflación armonizada del 0,4% anual en España y una tasa positiva de 0,4% de media en Europa.

Esta situación corre el riesgo, poco probable tal como se comporta tradicionalmente la economía española cuando la demanda interna se moviliza, de convertirse en crónica, lo que supondría instalarse en una deflación en toda regla. Y una espiral deflacionista no alimentaría otra cosa que caídas de rentas que meterían a la economía en una espiral de descenso de la demanda, recesión y desempleo, además de incrementar relativamente la deuda de los agentes económicos, incluido el Estado, sin echar mano de crédito nuevo. Algo a evitar, por supuesto.

Pero una temporada razonable con esta situación en todos sus términos, una especie de estancamiento de precios que afectase a todas aquellas actividades abiertas a la competencia exterior, como es el caso actual en el que las manufacturas marcan todas caída interna de precios, mientras que los competidores mantuviesen avance en los suyos, sería una oportunidad extraordinaria para ganar competitividad y recuperar la perdida desde que España entró en el euro y que dilapidó en unos pocos años de crédito fácil y descontrol de los costes y los precios de todo cuando se hacía y se consumía en España. Tal situación generaría empleo adicional en las actividades más abiertas al mercado y, de paso, los precios planos recompondrían la renta disponible de los agentes privados y reduciría su deuda.