Editorial

Lecciones para el proyecto de Europa

El chequeo electoral al que se ha sometido Europa y su proyecto político y económico el fin de semana ha destacado un avance muy localizado geográficamente del euroescepticismo que debe desatar una reflexión profunda a nivel continental, pero sobre todo allí donde ha echado más raíz. Pero los comicios han constatado también que tales movimientos críticos siguen siendo minoritarios, aunque crecientes, y que los grandes partidos tradicionales que vertebran la gestión política en casi todos los países han ganado, con más o menos holgura, las elecciones, y en algunos casos, como España o Alemania, lo ha hecho el partido que sustenta al Gobierno. Y tanto esta victoria como la amenaza xenófoba o eurófoba deben ser interpretadas en un contexto de crisis económica muy grave, la más dramática de cuantas ha sufrido Europa desde el Tratado de Roma, que ha llevado las tasas de paro a niveles muy altos, y desconocidamente elevados entre la población juvenil. Todo análisis que haga abstracción de esta circunstancia estará sesgado y llegará a conclusiones erróneas.

Curiosamente, también ayer los mercados financieros hicieron su interpretación de lo que había ocurrido en las urnas, y aunque es cierto que medió una declaración del presidente del BCE, Mario Draghi, muy comprometida con la defensa del euro que podría condicionar la evolución de la jornada, tanto las Bolsas como la deuda mejoraron sus posiciones hasta el punto de marcar máximos en países como Alemania, Italia o España, y con avances incluso en países como Francia, donde la candidatura más exacerbadamente crítica con el proyecto europeo logró ganar por vez primera una consulta electoral. Los mercados siguen considerando que las posiciones críticas que quieren desmontar el euro siguen siendo minoritarias, y más minoritarias cuanto más limitada es la participación, que en comicios europeos es siempre inferior al 50%.

Además, los mercados y quienes en ellos toman cada día las decisiones que arrastran al resto valoran con fuerza una gran coalición política, como la germana, de populares y socialistas para impulsar plenamente el proyecto de unión continental. El proyecto europeo debe avanzar más deprisa, a su juicio, con la culminación de todas las herramientas de la unión fiscal, la monetaria, la bancaria y la política. Es la única forma de que la crisis se supere antes y de que la ciudadanía se involucre en la cogestión europea.

Francia, por su parte, como Reino Unido, tiene un problema que resolver, tan económico como social, pero tiene más origen y más solución interna que europea, y deberá ser afrontado para que la sorpresa del domingo no se traslade a comicios que decidan su futuro. Los votos euroescépticos galos valen como los europeístas, pero su crecimiento debe ser combatido para no echar por tierra el mayor proyecto europeo de los últimos cien años, que ha demostrado ser el mejor parapeto contra los conflictos bélicos, y que además ha supuesto para millones de ciudadanos alcanzar niveles de riqueza y de libertad inimaginables cuando acabó la Segunda Guerra.

Mientras no se dé un impulso real y apreciable, también en España seguirá el electorado convirtiendo tales comicios en un asunto interno. El PSOE ha considerado que los resultados le obligan a un cambio de dirección que seguramente se había resuelto mal hace dos años, y el PP se agarra como a un clavo ardiendo a la circunstancia de que ha sacado más votos que los socialistas, pero debería mover ficha funcional y programáticamente, sin abandonar la agenda reformista y el rigor en las cuentas.

Si no lo hace corre el riesgo, como el PSOE, de que el electorado convierta unas elecciones autonómicas, locales o generales en un ejercicio similar al del domingo pasado, y deje al país en estado ingobernable. En todo caso, las lecturas de lo que ha sucedido deben ser críticas, pero con coherencia, sabiendo que era esta una consulta en la que el riesgo de respaldar aventuras irrealizables es cero, y por ello el seguidismo es gratis. Muy pocas de las opciones nuevas que han fragmentado el sufragio el domingo pasado tienen programas que resistan el rigor más mínimo, y muchas de ellas esconden un revisionismo tan extremo que en la práctica supondrían abandonar el euro y lo que para España ha significado.