Editorial

Un salto asistido de crecimiento

Desde que comenzó el año, en solo tres meses, han sido ya varias las revisiones verbales de las previsiones de crecimiento, y no ha habido una sola institución, ni pública ni privada, que no haya mejorado las estimaciones para España. Desde el 0,7% oficial fijado en el cuadro macro todavía hoy, el crecimiento esperado ha viajado ya incluso hasta el 1,5%, según opinión del ministro de Economía, aunque el cambio que entregará a Bruselas antes de fin de mes en la revisión del programa de estabilidad podría limitarse al 1% para este año. Pero incluso el servicio de estudios del BBVA, contando ya con más del 80% de la información necesaria para hacer una estimación definitiva, apuesta por un avance intertrimestral de la economía del 0,4% o 0,5% en los tres primeros meses del año, una tasa que duplica la registrada en los últimos meses de 2013. Una simple multiplicación por cuatro, tal como los estadounidenses hacen con sus estimaciones trimestrales para sondear las anuales, supone que el PIB estaría creciendo ahora entre el 1,6% y el 2%, algo bien distinto del descenso superior al 1% de 2013.

Tal posibilidad solo sería sostenible si la recuperación hubiese llegado también a la demanda nacional privada, puesto que la pública sigue bajo mínimos, y desde luego concentrada en el consumo, dado que la inversión tiene difícil su renacimiento sin movimiento en la financiación. Y desde luego solo cabe tal posibilidad si el pequeño tirón del empleo (la economía lleva ya siete meses, los más complicados para el mercado laboral, creando empleo en términos desestacionalizados, con una cantidad acumulada de más de 190.000 nuevos contratados, según la Seguridad Social) ha tenido reflejo en la reanimación del consumo.

Bien pudiera darse el caso de que este año el empleo creciese tanto como el PIB, dado el grado de estrés en el que están la gran mayoría de las plantillas, que no tendrían otra opción que contratar en cuando la demanda comience a moverse; de hecho, solo esa explicación justifica los elevados crecimientos del empleo en los últimos meses, aprovechando también el abaratamiento del factor trabajo. Y bien pudiera también cambiar tal movimiento del empleo la expectativa de una ciudadanía demasiado tiempo angustiada por la crisis y con sus decisiones de gasto e inversión paralizadas a la espera del cambio de viento.

Este encadenamiento de episodios debe ser potenciado sin demora con las reformas que siguen sin ejecutarse (fiscal, de financiación no bancaria, de las administraciones públicas), además de con una disponibilidad de financiación que ya se acerca a los precios óptimos. No hacerlo puede condenar a la economía a crecimientos muy modestos demasiados años, más de los que la economía puede esperar.