La UE del revés
Carteles eletorales de los dos principales partidos de Alemania.
Carteles eletorales de los dos principales partidos de Alemania.

Populares y socialistas se alían para mantenerse en el poder

Alemania se suma a una tendencia vigente ya en Italia, Holanda, Austria o Grecia

Desde 1945 la mayoría de los países europeos han estado gobernados por conservadores o socialistas. Los votantes parecen aburridos de un menú tan poco variado y los grandes partidos de la posguerra mundial sufren una tremenda erosión en su base electoral. La alternativa en boga, sin embargo, parece más destinada a estragar del todo a la opinión pública que a recuperar su apetito: populares y socialistas se alían para garantizar la gobernabilidad, según ellos, o para aferrarse a un poder que se les escapa, si se opta por una interpretación más aviesa.

Sea cual sea su verdadera intención, lo cierto es que las mal llamadas “grandes coaliciones” gobiernan ya al unísono en buena parte de la Unión Europea. La última incorporación a esa tendencia podría ser Alemania.

El pasado viernes, la CDU de Angela Merkel y el SPD de Sigmar Gabriel iniciaron las negociaciones para un Gobierno formado por los dos grandes partidos. _En la segunda mitad del siglo XX Alemania solo tuvo que recurrir una vez a esa fórmula (1966). Pero en lo que va de siglo XXI ya se ha planteado dos veces (2005 y 2013).

El fenómeno se reproduce en otros países, con características propias e influido por factores como la normativa electoral. Pero no parece ligado, o no solo, a la coyuntura económica actual.

El desgaste de las dos grandes familias políticas del continente (democracia-cristiana y socialdemocracia) se aprecia igual en países con pleno empleo como Austria que en otros casi quebrados como Grecia. En países con triple A como Holanda o con calificación crediticia más baja como Italia. En esos cuatro países, los Gobiernos dependen del acuerdo de los dos principales partidos en cada casos, sellado en forma de coalición o de apoyo parlamentario.

“De ser cierto que cualquier diferencia ideológica se ha desvanecido, las consecuencias serían graves para la democracia”, advierte José María Maravall en su jugoso ensayo Las promesas políticas, recién publicado. “La ausencia de un menú político diferenciado no permitiría hablar de un Gobierno de y para el pueblo”, añade el exministro de Educación.

El problema tal vez sea que las diferencias ideológicas perviven pero el menú no se acomoda a la demanda del votante. Los partidos se limitan a buscar una mayoría basada más en el pastoreo que en el liderazgo, aunque para ello deban escamotear debates inevitables como el impacto de la longevidad en el cálculo de las pensiones o de la globalización en el mercado laboral.

La estrategia depara victorias electorales, aunque una parte de votos se escape hacia formaciones incómodas a las que se intenta descalificar, no siempre de manera inocente, como extremistas o antisistemas. A menudo quedan excluidas del Parlamento. Pero se trata de un alivio temporal y de doble filo porque deja sin representación efectiva a un número creciente de votantes.

En las elecciones del 22-S en Alemania, por ejemplo, los seis partidos que lograron escaños tienen detrás a 39 millones de los 61 millones de potenciales votantes (en 1998 sumaban más de 46 millones). La abstención y los partidos que no lograron escaño como consecuencia de la ley electoral acumulan 21 millones. Uno de ellos, el euroescéptico Alternativa para Alemania, logró dos millones de papeletas.

Las Cámaras resultantes siguen siendo democráticas. Pero si la tendencia se mantiene podría llegar a ponerse en cuestión su legitimidad. Aún no se ha llegado a tal extremo, pero los resultados ya hacen inevitables unas alianzas que, hasta hace poco, se consideraban contranatura o reservadas para situaciones de emergencia nacional.

El término de “gran coalición” parece atribuirles ese carácter de fortaleza excepcional. Pero son fruto más bien de una creciente debilidad. En lo que va de siglo, el SPD ha perdido casi la mitad de sus votantes. Y el partido de Merkel, aunque menos castigado, también se aleja de los 20 millones de votantes que en 1990 lograba sumar junto a la CSU bávara (el pasado 22 de septiembre, en el mejor resultado de la canciller, logró 18 millones de votos).

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