TRIBUNA

El rábano y las hojas

Mi amiga Nati, joven y brillante profesional que -como tantos otros compatriotas- vive y trabaja fuera de España, y hace patria cada día, volvió a casa por Navidad. Se le ocurrió volar desde Madrid a Palma de Mallorca con su precioso hijo de 10 meses y, como es natural, portaba el coche del niño y algún bolso ad hoc. Había facturado el grueso de su equipaje, incluido un exceso de cinco kilos de peso que hubo de pagar religiosamente. Faltaría más. Al llegar a la puerta del avión, cargada como iba, solicitó ayuda ("¿Me pueden echar una mano?") a las personas que prestan el servicio de handling a Spanair. Aunque no lo crean, se la negaron y le dijeron que se lo pidiera a otro pasajero, que ellos no eran empleados de la aerolínea (lo eran de Newco, que fue propiedad de Spanair y a la que ahora prestan asistencia) y que "verdes las han segado". Naturalmente, los pasajeros se volcaron con Nati y con su hijo, al que rogaron que, cuando sea mayor, ayude a cambiar el mundo y los incalificables comportamientos de algunos seres llamados humanos...

Cuento esto acordándome del llamado espíritu de servicio, algo etéreo y de difícil definición, que escasea cada vez más, aunque es verdad que se aprecia fácilmente solo cuando alguien lo atesora. La crisis nos ha cabreado a todos, con razón, claro, y nos ha traído un cambio de refrán: a mal tiempo, mala cara, no buena, y además con mala leche. Es la época de la irreverencia, de la denigración, del hoy por mí y mañana también por mí, no por ti; del egoísmo exacerbado y de la confusión, del escaqueo, de escurrir el bulto, del mínimo esfuerzo y de la máxima ganancia, y de las malas caras, y de la falta de educación. De respeto, ni hablamos.

Como la desigualdad se ha instalado entre nosotros, el respeto nos inquieta a todos y se transforma en un desiderátum casi imposible de alcanzar, pero el patio está como está.

Para ilustrarnos, bueno es conocer que Adecco acaba de publicar una encuesta sobre las relaciones de los empleados españoles con sus jefes, con resultados reveladores acerca del respeto, a pesar de algunas contradicciones. De entrada, más del 90% de los trabajadores encuestados asegura que tiene respeto a su jefe y un 86,9% cree que su jefe confía en el. Sin embargo, casi un 20% dice que no se siente respetado por su jefe y casi un 30% de los encuestados declara que no confía en su jefe.

Cuando el jefe es más joven que el empleado, aumenta el porcentaje de trabajadores encuestados que afirman que no podrían respetar y trabajar con un jefe que fuera más joven que ellos. Y son los encuestados más jóvenes quienes afirman, en mayor porcentaje que el resto, que no podrían trabajar con un jefe que fuera 5 años más joven que ellos o más. Y más las mujeres que los hombres aseguran que no podrían trabajar y respetar a un jefe que fuera entre 5 y 10 años más joven que ellas.

Si una persona toma la decisión, voluntariamente, de ser jefe, debería conocer que su primera y principal obligación es la de respetarse a sí misma, y ese debe ser su principal anhelo. Eso supone -es fácil decirlo- conocerse y averiguar las virtudes que le adornan y los defectos que pueden lastrar su futura actuación, incluyendo dos frecuentes manifestaciones de la falta de respeto de los jefes consigo mismos. Me refiero al endiosamiento, al narcisismo y a la dejadez que, en el caso del que manda, se traduce y se concreta en no tomar decisiones, o en hacerlo mal y tarde, a destiempo. El jefe narciso tiene, casi siempre, un final poco afortunado, pero el jefe que no toma decisiones es más peligroso si cabe. En el mundo en que vivimos, acuciados y acosados por la competitividad, las empresas deben desarrollar sus estrategias y sus planes de actuación con velocidad, criterio y rigor, y las respuestas deben darse contundentemente en lapsos de tiempo muy breves. Finalmente, el jefe que duda hace un flaco favor a su empresa/institución y se entierra a sí mismo. Y, por encima de cualquier otra tarea, el jefe debe ser respetuoso con las personas que dependen de él; con todas y con cada una. También con los superiores, teniendo claro que ser cortés y educado no es ser pelota. Esa es otra dimensión.

Volviendo a mi amiga Nati, hay que decir que trabaja en un país de Extremo Oriente, donde las gentes son amables, respetuosas y cuidan de los niños de forma muy especial porque, como todos los pueblos antiguos, ven en los menores a la encarnación de un futuro mejor. Y uno recuerda aquel precioso cantar de don Antonio Machado, probablemente profético: "Hombre occidental,/ tu miedo al Oriente, ¿es miedo/ a dormir o a despertar?".

Juan José Almagro. Doctor en Ciencias del Trabajo. Abogado