COLUMNA

Una victoria legal

La crisis de la eurozona ha hecho que los banqueros europeos se peleen por sus manuales de latín. El Lex monetae -principio legal por el que los Estados pueden redenominar sus monedas sin entrar en suspensión de pagos- podría dejar a los bancos en la enfermería con grandes pérdidas si el euro se rompe. Las entidades pueden hacer muy poco para limitar los riesgos de bonos y préstamos pendientes. Pero es probable que favorezcan la ley extranjera para los contratos de la eurozona en el futuro.

Pocos contratos actuales prevén una ruptura, y los bancos tienen poco apalancamiento para cambiar eso: ¿por qué los prestatarios están de acuerdo en dar mayor protección a los bancos de lo que es un riesgo real y creciente? Los bonos públicos, por ejemplo, han sido considerados tradicionalmente libres de riesgo y, por tanto, exentos de depositar una garantía en operaciones de derivados. Los bancos quisieran cambiar eso, pero se resisten a hacerlo por temor a exacerbar la crisis.

En cambio, los bancos se están centrando en futuras defensas. La forma más simple es garantizar bonos y préstamos emitidos fuera de la eurozona y bajo ley extranjera, que ofrezcan mayor protección a los acreedores en caso de suspensión de pagos. Esa es la excepción para los países de la eurozona ahora. Nomura estima que solo el 18% de los bonos públicos de la eurozona se emitieron fuera del mercado nacional, y muchos de ellos bajo ley local. Los bonos del sector privado deberían ser más fáciles de garantizar. Los Gobiernos pueden resistirse a emitir nuevos bonos bajo leyes extranjeras. Pero los inversores podrían pedir entonces una prima por el riesgo extra. Los abogados estudian también la inserción de cláusulas de payouts en caso de una ruptura del euro. Al igual que las "cláusulas de oro" tan comunes en la era del patrón oro, esas provisiones fijarían las responsabilidades a una tasa de conversión al oro o al dólar. Pero el dólar y el oro pueden ser también volátiles. Los activos sobre los que se aseguran los préstamos pueden caer aún más que la moneda recién redenominada, dejando a los bancos en peor situación. Las entidades tendrán que vivir con el riesgo de redenominación hasta que los políticos resuelvan la crisis. Podría ser una larga espera.