La moneda única se la juega

El euro elige entre el salto al futuro o el descalabro

La supervivencia de la moneda única pende de un acuerdo entre Berlín y París. Merkel quiere una refundación basada en el rigor fiscal y Sarkozy pide a cambio un plan de solidaridad.

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En qué moneda vas a pagar tus compras de estas Navidades?". Tan siniestra pregunta se ha convertido en Bruselas en una broma habitual desde finales de noviembre. Un humor negro que refleja el estado de ánimo en la capital comunitaria, donde por primera vez en 13 años la ruptura de la moneda única ya no es un tabú ni un tema exclusivo de euroescépticos irredentos.

"En el corazón de la crisis europea está la crisis del euro y esa es la más grave, porque puede arrasar con todo", advertía el pasado jueves el presidente francés, Nicolas Sarkozy, durante un discurso en la ciudad de Toulon en el que abogó por una respuesta inmediata y tajante contra "quienes dudan de la viabilidad del euro o especulan sobre su estallido". Pocas horas después, en Berlín, la canciller, Angela Merkel, amartillaba el viernes que "no hay soluciones inmediatas ni respuestas rápidas y sencillas".

El euro está en peligro y su salvación sigue pendiente de esa disputa entre Berlín y París sobre el ritmo de actuación. Alemania quiere aprovechar la crisis para sentar las bases de una nueva Unión Monetaria basada en el control estricto e insoslayable de los presupuestos nacionales. Francia acepta a regañadientes ese objetivo, pero exige a cambio instrumentos de "solidaridad" para frenar de inmediato el riesgo de contagio de la crisis de la deuda soberana.

En el dilema entre el largo plazo y las urgencias más perentorias se juega el futuro de una moneda que, según algunos analistas, como el francés Jacques Attali, podría reventar antes de final de año si Berlín y París no se ponen de acuerdo de una vez por todas.

Las dos capitales mantienen incesantes contactos desde que la crisis entró en una fase más virulenta a finales del pasado mes de julio. Pero las iniciativas del pretendido directorio germano-francés no han zanjado la inestabilidad. Más bien al contrario. Sus errores y titubeos han agravado la situación hasta el punto de que el mercado ha empezado a descontar la posibilidad de la desaparición del euro o de un cisma entre los socios más solventes y los más endeudados. "Excluyo esa posibilidad", aseguró la semana pasada el actual presidente del Ecofin (consejo de ministros de Economía de la UE) y ministro polaco, Jacek Rostowski. "Pero, por supuesto", añadió con palabras muy medidas, "tenemos señales que indican que si no se toman medidas, esa posibilidad de ruptura del euro podría convertirse en un peligro real". La cuestión, a una semana de la cumbre europea (8 y 9 de diciembre) que podría decidir la suerte de la moneda, sigue siendo cómo evitar que esa amenaza se materialice.

"Si queremos que el euro sobreviva, no tememos elección", advertía Sarkozy en Toulon. "Debe quedar absolutamente claro que todos los países de la zona serán solidarios unos con otros". La mayor parte de los analistas coincide en que solo ese compromiso de ayuda mutua corregirá el peligrosísimo precedente sentado en Grecia, donde no solo se ha impuesto a los acreedores una quita en la deuda pública sino que también se amenazó al país con la expulsión de la Unión Monetaria.

"La mutualización de la deuda por sí sola no salvará al euro, pero sin ella es improbable que la zona sobreviva intacta", señala un reciente informe de Simon Tilford, economista jefe del Centre for European Reform, un instituto de estudios con sede en Londres.

Berlín observa con pavor esa salida común, por temor a terminar asumiendo las facturas de un club cuya deuda pública ha pasado de 4,6 billones de euros en 1999 a 7,8 billones a finales de 2010, según las cifras de Eurostat (en España, de 345.000 millones a 641.000 millones en el mismo periodo). Pero ni siquiera Merkel rechaza de manera tajante la posibilidad de establecer algún tipo de garantía conjunta de la deuda, una vez que los socios del euro acepten someter sus presupuestos a un control supranacional.

La canciller y el presidente francés negociarán el próximo lunes en París los detalles concretos de ese nuevo sistema de supervisión, que Berlín y París pretenden plasmar en un nuevo Tratado de la UE. El nuevo marco, que Alemania pretenden aprobar en tiempo récord para que esté en vigor en 2013, establecerá sanciones más duras para los socios del euro y les exigirá un compromiso con el déficit cero de rango cuasiconstitucional.

Sarkozy se reunió el viernes con el primer ministro, David Cameron, para recabar su apoyo al cambio de Tratado, que en principio debería ser ratificado también por los 10 países europeos que mantienen su propia divisa. Pero París y Berlín ya han advertido que no aceptarán el veto de ningún socio. Y están dispuestos a seguir adelante con la reforma con el grupo de países que decidan sumarse, aunque ello abra el camino hacia una zona euro de dos velocidades.

Ayuda del BCE

El desenlace de ese debate podría conocerse el viernes día 9, aunque no se descarta que la cumbre se prolongue durante el fin de semana con la apertura de los mercados asiáticos el lunes como único límite temporal. Pero ocurra lo que ocurra, gane la cara solidaria de Sarkozy o la cruz rigurosa de Merkel, nadie duda que la zona euro necesitará una intervención inmediata a partir del lunes 12 para estabilizar los mercados.

Los preparativos para esa posible intervención ocuparon buena parte de la última cita de los ministros de Economía en Bruselas, una reunión que se prolongó durante más de nueve horas rodeada de un hermetismo absoluto.

El acuerdo alcanzado parece colocar al BCE como el principal bastión para el blindaje de la zona euro durante los días de inestabilidad que se esperan tras la cumbre. El presidente del emisor, Mario Draghi, pareció admitir ese papel durante su comparecencia en el Parlamento europeo el pasado jueves. "Un nuevo marco fiscal (...) es lo más importante para recuperar la credibilidad", se alineó Draghi con las tesis de Berlín. Pero en una alusión interpretada como el posible activismo del BCE, añadió que "otros elementos podrían seguir, aunque la secuencia en que se produzcan importa". El BCE se ha limitado hasta ahora a comprar con cuentagotas deuda pública de los países en dificultades. Su nueva intervención podría pasar por ampliar ese programa o, incluso, por canalizar fondos hacia países como España o Italia a través del FMI. El viernes se apuntaba a una cuantía de hasta 200.000 millones de euros.

Con todo, parece claro que la estabilidad solo volverá cuando el mercado se convenza de que el euro tiene todavía una larga vida por delante. De no ser así, las próximas Navidades quizá no haya mucho que comprar.

Retos para restaurar la normalidad

Los indicadores de riesgo siguen altos

La tensión que se respira en los mercados como consecuencia de la crisis de deuda en Europa ha llegado a tal extremo que amenaza la estabilidad financiera mundial. La actuación coordinada de los bancos centrales el miércoles y los esfuerzos de los líderes europeos por encontrar una solución definitiva han generado cierto optimismo en las últimas sesiones, como refleja la escalada de la Bolsa. Los indicadores de riesgo se han relajado recientemente pero no es momento de cantar victoria puesto que siguen en niveles insostenibles.

Depositos disparados

La desconfianza que genera el sector financiero en Europa es tan elevada que impide que el mercado interbancario recupere la normalidad. Esta semana los depósitos interbancarios en el BCE se han disparado hasta los 313.763 millones, un nivel que no se veía desde julio de este año, coincidiendo con otro episodio de pánico en los mercados. Los bancos siguen sin prestarse unos a otros y prefieren utilizar el depósito a un día del BCE pese a que solo paga el 0,5% cuando los tipos oficiales están en el 1,5% y el tipo interbancario a ese plazo está en el 0,736%.

Sequía de emisiones

Los problemas de liquidez del sector financiero se han convertido en una de las principales amenazas. El grado de desconfianza hacia la banca es tal que el mercado de emisiones de deuda en Europa sigue en coma desde hace meses. BBVA trató de reabrir el mercado en España a finales de octubre con una emisión de 750 millones de euros en bonos a 18 meses, la primera desde mayo, pero desde entonces no se han visto más operaciones. Un problema de calado para el sector español, que afronta unos 180.000 millones de euros en vencimientos de deuda en los próximos dos años.

Primas de riesgo altas

Los tipos de interés que exige el mercado a España o Italia para financiarse se han relajado sustancialmente en los últimos días pero siguen en niveles muy elevados, que amenazan la sostenibilidad de las cuentas públicas. La rentabilidad del bono español a 10 años ha caído al 5,68% esta semana pero llegó a alcanzar el 6,78% a mediados de noviembre. El riesgo de que repunte de nuevo al entorno del 7% recortaría la efectividad de los ajustes para reducir al déficit puesto que obligaría al Estado a destinar cada vez más recursos al pago de interés. Una espiral nociva que algunos expertos creen que no se podría prolongar más de tres o como máximo seis meses. La buena noticia es que esta semana la prima de riesgo de España ha caído hasta los 355 puntos básicos y se aleja del máximo de noviembre, cuando alcanzó los 503 puntos en una sesión.

Tipos negativos

La anormalidad del mercado también se refleja en la deuda de Alemania y Estados Unidos. A ciertos plazos, ofrecen rentabilidades negativas, lo que significa que hay inversores que prefieren pagar por prestar dinero a estos países antes que arriesgar a tenerlo invertido en cualquier otro activo financiero.

Los intentos fallidos

1. El problema de Grecia, aún sin respuesta clara

La crisis europea avanza a un ritmo tan vertiginoso que impide a los políticos cerrar definitivamente los frentes que va abriendo. A día de hoy se buscan soluciones para salvar el euro cuando los problemas de Grecia, la primera víctima, siguen sin resolverse.

La UE finalmente desbloqueó esta semana los 8.000 millones del último tramo del primer plan de rescate (110.000 millones) al país heleno, pactado en mayo 2010, y a día de hoy sigue sin conocerse el resultado de las negociaciones con los acreedores de deuda del país.

El ambicioso acuerdo anticrisis que la UE pactó en la cumbre del 27 de octubre dio luz verde a un segundo paquete de ayudas a Grecia (130.000 millones) y al compromiso de una quita del 50% a la deuda. Una reestructuración, cuyos detalles definitivos aún se desconocen, pero que de mantenerse así permitiría que Grecia llegue a 2020 con una deuda en torno al 120% de su PIB frente al 163% que hubiera alcanzado con la reestructuración, mucho más blanda, que se había pactado previamente en la cumbre del 21 de julio.

2. Los emergentes huyen del fondo de rescate

El fondo de rescate europeo (EFSF) se perfilaba como la gran baza europea a la hora de crear el ansiado muro de contención que frenara la crisis. Al ampliar sus funciones y dotación en sucesivas cumbres durante este año se pensó que serviría como cortafuegos, algo que a día de hoy queda en un mero deseo.

El lento y engorroso procedimiento vivido para aprobar sus nuevas funciones y la ampliación de su capacidad efectiva a 440.000 millones retrasó tanto su puesta en marcha que cuando en la cumbre de octubre la UE aprobó multiplicar su capacidad de intervención entre cuatro y cinco veces -hasta cerca del billón y medio de euros-, la cifra resultaba ya demasiado pequeña para contener una hemorragia que había infectado a Italia y España.

El fracaso resultó aún más sonado cuando Europa no consiguió el compromiso de los países emergentes para capitalizarlo, lo que deja pocas vías para lograr fondos. El futuro incierto para el EFSF cuando todo apunta a que será el FMI quien intervenga en caso extremo.

3. Comienza ya la búsqueda de culpables

El euro no ha estallado y ningún socio parece dispuesto a permitirlo, pero ya ha comenzado la búsqueda de culpables por si llegara a producirse ese fatal desenlace. Las miradas más insistentes apuntan hacia la canciller alemana, Angela Merkel, por su pertinaz resistencia a cualquier solución tajante a la crisis de la deuda soberana. Berlín ha preferido utilizar las primas de riesgo en los bonos como arma para disciplinar a sus socios meridionales.

Algunos observadores culpan, en cambio, al presidente francés, Nicolas Sarkozy. Según esa tesis, París está retrasando el endurecimiento de los controles presupuestarios por temor a perder soberanía. Y a falta de ese nuevo marco, continúa esta teoría, los mercados desconfían sobre el futuro a largo plazo del euro.

No falta tampoco quien acuse a los países del sur (Grecia, Portugal o España) por haber desaprovechado la primera década del euro en la que disfrutaron unos tipos de interés históricamente bajos. En lugar de mejorar entonces su competitividad se endeudaron para poder importar.