TRIBUNA

Ceguera periférica

Paseo en bicicleta por la calles de Hanoi, lo que no deja de ser una temeraria aventura, y me acuerdo de que aunque es verdad que en todas partes cuecen habas, como dice mi amigo Teo, tal afirmación no deja de ser una boutade o un bienintencionado consuelo para tontos; para aquellos que se conforman con lo que hay, con lo que les llega, con cualquier cosa. Me resisto a creer que todos los humanos seamos así, pero en tiempos como los que corren, muchos son los que se apuntan al cómodo carro del facilismo, siempre a la espera y viéndolas venir, aprovechándose del trabajo de los demás y sin dar un palo al agua, aunque estemos en crisis y se impongan, por necesidad y sentido común, y no porque lo digan unos u otros, los sacrificios compartidos y el esfuerzo solidario.

Ernesto Sábato, que era un hombre sabio, nos dejo una hermosa reflexión cuando escribió que "hay una manera de contribuir al cambio, y es no resignarse". En eso deberíamos estar, y no en preocupaciones estériles que se agotan en sí mismas y no nos llevan a ninguna parte. Muchas veces olvidamos que el mundo no se acaba en el lugar donde alcanzan nuestros ojos. Siempre hay un horizonte más allá y lo importante es perseguirlo honestamente, o intentarlo al menos. La ceguera periférica es una enfermedad fácilmente curable: en lugar de mirarnos el ombligo y olvidarnos de lo que pasa alrededor y de lo que hacen los demás, bastaría con alzar los ojos y aprender de otros que lo están haciendo bien o mejor que nosotros. Y ponernos a la tarea, claro. Cuento esto a propósito del índice de percepción de la corrupción 2010 (por sus siglas también IPC porque, curiosamente, como los precios al consumo, como el kilo de patatas, la corrupción también cotiza al alza) que acaba de publicar Transparencia Internacional. La puntuación del IPC se otorga del 10 al 0, que es el no va más de la golfería, y la correspondiente a cada país indica el grado de corrupción en el sector público según la percepción de empresarios y analistas del lugar.

Entre 178 países, Vietnam ocupa el puesto 116, con un hermoso suspenso, 2,7, que quieren mejorar en muy pocos años; en conjunto, las notas inferiores a 5 son clara mayoría (130 Estados), desde el puesto 48, que ocupa Bahréin con 4,9, a Somalia que merece un escasísimo 1,1 y se ubica en el último lugar de la tabla. Los países que se perciben como menos corruptos son, con un 9,3 de puntuación máxima, Dinamarca, Nueva Zelanda y Singapur, es decir, democracias y otros que no lo son tanto. España, con un 6,1, ocupa el lugar 30, empatada con Israel y muy alejada de los puestos de cabeza. Seguramente nos conformamos y estamos donde debemos, pero no donde nos correspondería, es decir, con la mayoría de los países europeos que mayoritariamente presumen con sus notables bien altos, excepto Francia que ocupa el puesto 25 (6,8 de puntuación) e Italia que nos sorprende con una nota de 3,9 y se encuentra a la altura de Ruanda. En Europa suspenden, además de Italia, Hungría, Chequia, Lituania, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria y, como era previsible, Grecia.

Me causa una profunda amargura analizar este cuadro de deshonor de la corrupción, una lacra que entierra y destroza cualquier índice de competitividad y de productividad que se precie y genera una profunda desigualdad, fomentando el egocentrismo y un desmedido afán de lucro del que no hemos sabido desprendernos a pesar de la que está cayendo. Y seguro vamos a más porque, como con acierto cuenta Edgar Morin (La Vía, 2011), "el desarrollo ha creado nuevas corrupciones en el seno de los Estados, de las Administraciones y de las relaciones económicas. Ha destruido la solidaridad tradicional sin crear otra que la sustituya y, como resultado, se han multiplicado las soledades individuales…".

Como en España entramos en época electoral (no sé si hemos salido de ella en estos últimos años), digo yo que sería interesante, por no decir obligatorio, que los partidos políticos fuesen capaces de firmar sin reservas un pacto de lucha contra la corrupción que, en caso de incumplimiento, acarrease las penas del infierno. Otra cosa es que les interese. Sin embargo, muchas empresas e instituciones de todo el mundo -más de mil en España, grandes, medianas y pequeñas- se han comprometido en esta tarea cuando han suscrito los principios del Pacto Mundial, exponiéndose a perder el favor de sus clientes, de los consumidores y de la sociedad si incumplen ese mandato. Y algo de eso ha ocurrido con las escandalosas indemnizaciones/pensiones de algunos directivos de extintas cajas de ahorros, ahora intervenidas y rescatadas con dinero de todos. En el siglo XXI los ciudadanos exigen, además de responsabilidades, transparencia y, antes de indignarse, que también, se ríen (y de ahí, en parte, el desprestigio de la clase política) cuando llegan estas épocas de urnas, votos y promesas permanentemente incumplidas y aparecen el "haré esto, y lo otro y lo de más allá…", y el siempre socorrido "y tú más". Está claro que el común de los mortales, humildes contribuyentes por cierto, debemos de parecer bobos…

Sin embargo, todavía hay esperanza. Según afirma Transparencia Internacional España, los mayores ayuntamientos españoles han aumentado su nivel de transparencia en 2010, y de los 110 municipios estudiados, solo han obtenido menos de 50 puntos, y por tanto suspendido, 19 de ellos. Parece que los consistorios -querer es poder- han vuelto a realizar importantes esfuerzos para mejorar la información que ofrecen públicamente a la sociedad. Sin duda ayudó que en mayo de 2011 se celebraron elecciones municipales. En fin, sin responsabilidad y sin transparencia no hay futuro para nadie, y habrá que seguir bregando y peleando sin descanso por conseguirlas, sabedores de que los transgresores actúan sin darnos tregua y casi siempre en silencio. Como dice Benedetti, "los escándalos más peligrosos/ son aquellos que no hacen ruido/ los que usan silencios estridentes/ que nos parten el alma".

Juan José Almagro. Doctor en Ciencias del Trabajo. Abogado