EDITORIAL

La amenaza de una nueva recesión global

La maniobra de intervención del Banco Central Europeo para poner coto por fin al encarnizado ataque llevado a cabo durante las últimas semanas sobre la deuda soberana de España y de Italia se ha saldado con resultado exitoso, aunque está por ver si será duradero. Pese a que la jornada de ayer se reveló histórica en un doble sentido, fruto de la rebaja del rating de EE UU por parte de Standard & Poor's (S&P), la primera en 70 años, y del récord de caída libre de la prima de riesgo española hasta 289 puntos básicos, la intervención del organismo que preside Jean-Claude Trichet no consiguió evitar otra epidemia de números rojos en los mercados. Tras el tirón de orejas de S&P, Wall Street abría la sesión con pérdidas y arrastraba con ella a la mayor parte de los parqués europeos, afectados también por el creciente y contagioso temor a una recesión global. Hasta las Bolsas la italiana y española, que empezaron con fuertes subidas el día, entraron en las caídas en una jornada en la que los valores refugio, como el oro -que va de récord en récord- y el franco suizo, cotizaron al alza.

Aunque la intervención de urgencia del BCE el domingo ha logrado, tarde y casi a regañadientes, enmendar la desastrosa actuación del organismo el jueves pasado, el balón de oxígeno que ello supone para la durísima crisis que asola Europa puede quedarse en poco más que una tirita. A estas alturas parece claro que el mal de que adolece el Viejo Continente apunta más allá de los graves problemas de deuda soberana y se extiende hasta las raíces de la propia gobernanza europea y de la tan necesaria cohesión entre sus miembros. Un buen ejemplo, aunque no el primero, lo protagonizaron ayer el presidente del Consejo de la UE, Herman van Rompuy, y el portavoz de la cancillería alemana, Cristoph Steegmans. Mientras el primero reclamaba una pronta aprobación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) para dotarlo de mayor flexibilidad y eficiencia, el segundo reiteraba con firmeza germánica que el instrumento deberá mantener el diseño y la cuantía -440.000 millones de euros- con que fue aprobado el pasado 21 de julio por los jefes de Estado y de Gobierno de la UE. Con ello, Berlín deja clara, por si hubiese aún alguna duda, su gélida reticencia a seguir pagando los platos rotos de sus vecinos.

En contraste con las dudas que genera el discurso europeo y sus diferentes formas de entender la integración comunitaria, desde el otro foco infeccioso de esta crisis económica y financiera Barack Obama ha vuelto a reiterar su confianza en la solvencia de Estados Unidos, al insistir en que, al margen de los vaivenes de los mercados y las calificaciones de las agencias crediticias, el país "siempre será triple A". Un extremo enfatizado por el financiero Warren Buffett, quien no dudaba en reclamar una hipotética "cuarta A" para EE UU en un ejercicio de patriotismo económico muy difícil de imaginar en Europa. Pese a ello, las sombras que se ciernen sobre la economía estadounidense son una amenaza real. Y lo son no solo para el futuro de la mayor economía del mundo, sino por la influencia de esta sobre el resto de las economías del planeta, y en especial de una básica para la evolución de Europa, la alemana, que tiene en EE UU a su gran cliente.

Las últimas previsiones de la OCDE sobre el futuro de la economía mundial son una buena muestra de esa interconexión. Según el organismo, la crisis de deuda soberana y el empeoramiento de las perspectivas económicas estadounidenses y europeas está frenando el crecimiento de los países emergentes y harán retrasar la recuperación mundial al menos hasta la primera mitad de 2012. Este diagnóstico ha dejado obsoletas las predicciones del Fondo Monetario Internacional -que auguraban un repunte de la economía mundial del 4,3% este año- y dibuja un horizonte a corto y medio plazo que no deja lugar al optimismo. Los indicadores refuerzan la tesis de que las raíces de la tormenta que conmociona los mercados están ancladas en una desconfianza creciente hacia las perspectivas de recuperación de la economía global. Ese temor a una nueva y aún más severa recesión, augurada por diferentes expertos, hace aún más necesaria y urgente la adopción de medidas eficaces que permitan afrontar un futuro económico de forma coordinada y sin fisuras.