A fondo

"Tiene dos opciones: creérselo o no"

Corría el año 2000 y Telefónica no existía para la comunidad financiera mundial. De hecho, la agencia Bloomberg no usaba el nombre de la operadora española en los titulares de sus noticias cuando estaban destinadas a mercados que no fueran españoles. "La dueña de Lycos", decía cuando hablaba de Telefónica, quizá porque entendía que a sus clientes (grandes inversores, analistas, gestores de fondos) les iba a resultar más fácil reconocer así a quién se estaba refiriendo.

Once años después, Telefónica ya es Telefónica para Bloomberg, sea la noticia que sea y vayan a consumirla los clientes de una parte del mundo o de otra. No parece demasiado logro teniendo en cuenta que la operadora española es la cuarta de su sector por capitalización en Bolsa, solo por detrás de China Mobile, AT&T y Vodafone, pero puede incluso que el cambio se deba a que Telefónica, cosas de la vida, ya no es la dueña de Lycos. Y no lo es porque Lycos se desinfló como la burbuja que era y su nombre es ya solo un recuerdo.

Su propietaria, en cambio, demostró ser una de las compañías que mejor resistió el pinchazo tecnológico. Y que diseñó la senda de futuro en telecomunicaciones. No compró cuando los precios estaban disparados (salvo el borrón de las licencias UMTS en Alemania), apostó por Latinoamérica, compensó cuando pudo el riesgo del otro lado del océano con la adquisición de O2, adecuó su tamaño en Europa y equilibró su falta de presencia en otras zonas con alianzas.

Diversificada, integrada y con las finanzas ajustadas, hace mucho tiempo que Telefónica dejó atrás a Deutsche Telekom y France Télécom, y se codea de tú a tú con Vodafone.

Pero la desconfianza no se ha ido del todo. El mercado cuestionó la compra de O2 (será incapaz de digerir la deuda, decía; está pagando demasiado), el precio abonado por el control de Vivo, el interés de la operadora en Latinoamérica o en Telecom Italia. Quizá por ello, Telefónica se ha empeñado en demostrar su fortaleza con subidas vertiginosas del dividendo que ahora tiene que contener.

El presidente de Telefónica, César Alierta, sencillamente no puede entender esta desconfianza. Y no lo oculta. Su estrategia se ha demostrado acertada en el pasado, o al menos eso dicen sus 81.300 millones de capitalización en Bolsa, pero cada vez que habla de un nuevo paso hacia el futuro salta la incomprensión. Google debe pagar por usar la red, dijo hace unos meses. El ciberespacio saltó sobre él. Hoy, los presidentes de las principales operadoras mundiales le apoyan.

Ahora habla de un nuevo mundo, de colaboración entre operadoras, del final del P2P, de que no necesita consolidarse en Europa porque esos deberes ya los tiene hechos y ahora es un problema del resto. Y el mercado lo cuestiona. "¿Por qué vamos a creernos que Telefónica va a colaborar con otras operadoras cuando nunca ha funcionado en el pasado?", le inquirió una analista a Alierta en la conferencia de inversores. "El mercado solo ve la historia, no el futuro. Las operadoras lo tienen todo a favor, las redes, los clientes, la facturación. Va a haber colaboración porque es bueno para los clientes y para todos. Esto es un nuevo mundo", contestó. Pero su argumento más contundente fue otro: "Tiene dos opciones: creérselo o no. Ese es su problema", sentenció.

¿Acertará Telefónica con su nueva estrategia? ¿Vendrá el crecimiento por los nuevos servicios? ¿Hay, realmente, campo para crecer? ¿Retar a Google es el camino correcto? ¿Respaldarán los inversores el nuevo mundo de la española? ¿El ahorro de costes de la reducción de plantilla en España compensará la desmotivación y arreglará los problemas? Ya lo ha dicho Alierta: solo hay dos opciones, creérselo o no.