El límite de las subidas salariales
Las exportaciones consiguieron aminorar la caída de la actividad española el pasado año que, según el Banco de España, fue de una décima cuando el Gobierno había vaticinado dos décimas unas semanas atrás. Aunque la rebaja no es un gran consuelo, pone de manifiesto que la industria española tiene suficiente flexibilidad para salir a los mercados foráneos a colocar sus productos, generalmente posicionados en gamas medias donde el precio es tanto o más determinante que la calidad. Una realidad que en tiempos de crisis afecta a los bienes de consumo, aunque especialmente a los bienes intermedios por el férreo control de los costes de producción.
Pero si las ventas al exterior mantuvieron a flote la economía española durante el ejercicio de 2010, el Gobierno mantiene en ellas todas sus esperanzas para el presente año: según las previsiones plasmadas en los Presupuestos Generales, de la dudosa previsión de crecimiento del 1,3% del PIB -muy por encima de las estimaciones de organismos internacionales y analistas económicos privados-, nueve décimas procederán de la demanda externa y tan solo cuatro de la demanda nacional.
Es una apuesta arriesgada si se tiene en cuenta que España continúa perdiendo competitividad frente a los rivales más directos, en gran medida por el aumento en los costes laborales salariales. Desde 2000, cuando arrancó el euro prácticamente, lo que ha neutralizado el tipo de cambio para la gran mayoría de los intercambios, España ha perdido casi 13,5 puntos frente a Alemania y 12 con Francia, además de cerca de 52 con Reino Unido. Un desgaste que no se puede permitir una economía cuya exportación es de por sí más débil que la de sus competidores comunitarios. Cierto que los aumentos salariales de la primera mitad del decenio fueron arrastrados por el fuerte crecimiento del PIB, pero es preocupante que el diferencial haya seguido creciendo durante la crisis como si no pasase nada alrededor. El aumento de los costes salariales desde 2008 en España ha superado en dos puntos a la media europea, y casi ha doblado al de los alemanes.
Las empresas han sorteado esta escalada de costes -condicionada en parte por las indemnizaciones por despido- sin elevar el precio de sus productos, deteriorando sus beneficios. No obstante, los márgenes tienen límite y las empresas acabarán corrigiéndolos con alzas de precios, mermando el atractivo de su oferta, cediendo posiciones en el mercado y, muchas veces, recortando plantillas. La revisión salarial ligada al IPC este año (con el IPC en el 3%) lastraría este ejercicio el concepto tradicional de moderación salarial, una variable que debe entenderse de forma dinámica y contextualizada, y corregida sobre la marcha. No porque lo diga Angela Merkel, sino porque es el sustrato básico de cualquier sistema productivo abierto a la competencia.