Tribulaciones de un parado ilustrado

Vocación + tensión = salud + bienestar mental

Confianza en uno mismo para emprender nuevos retos, pero atendiendo siempre la voz de nuestro interior, no a los cantos de sirena que provienen de diferentes puntos y círculos de influencia de nuestro entorno. Y defensa a ultranza de la capacidad transformadora y del enorme potencial del individuo, de aquel que emprende su camino y se aleja de la masa para evitar caer en las redes de un comportamiento grupal, fofo, neutro y aburrido. Estas eran algunas ideas de mi anterior post (Nadar fuera del banco de peces), querido lector, si no tuvo ocasión de leerlo.

Y les contaba el episodio vivido en la oficina de empleo que, por fortuna, no fue a mayores. Tras revelar mis preferencias por la escritura como próximo destino profesional, después de más de veinticinco años de experiencia laboral en la mochila, el diálogo entre la funcionaria y este servidor de ustedes se saldó con una cortés despedida culminada por una expresión en desuso (muchas gracias) y un intercambio de sonrisas: de satisfacción por mi parte, de compasión por la suya.

Escribir. Trabajar de escritor... Salí de las dependencias funcionariales con paso firme, expresión placentera y con el ánimo de aquel que, por fin, ha encontrado el mejor de sus tesoros interiores: su vocación. Las personas (un gran número, para qué engañarnos) que aguardaban en el vestíbulo de la oficina de empleo pacientemente su turno me dirigieron miradas de soslayo un tanto atónitas, entremezcladas con sonrisas sardónicas (algunos buscaron una cámara oculta, sospecho).

Vocación, sí. Qué deliciosa palabra. Para los que, in illo tempore, estudiamos latín y para aquellos desafortunados que no lo hicieron, les recordaré que vocación procede del término vocere que no quiere decir otra cosa que (atención, redoble de tambores) llamada.

Coincido plenamente con Santiago Álvarez de Mon, profesor del IESE que contribuyó a que mi paso por esta escuela de negocios fuera una experiencia maravillosa, que "cuando vocación y profesión caminan de la mano, el motor interior de la motivación no está congelado por las mañanas, no es un impulso ni un movimiento que provocar con fórceps". Y añade, y suscribo, "es un estado de alerta, atractivo, natural, que te invita a conocer y probar tus límites" (Con ganas, ganas. Plataforma, 2010).

Bueno, bueno. Motivación, impulso, estado de alerta, retos, límites... ¡Quiero probar ese cóctel! Destacaré uno de sus ingredientes por su poder multiplicador y sus efectos beneficiosos para la salud: el estado de alerta, la tensión.

"La salud se basa en un cierto grado de tensión", sostiene Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (Herder, 2004), libro cuya lectura debería ser obligatoria; y prosigue..."la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido, o el vacío entre lo que se es y lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y por consiguiente es indispensable al bienestar mental"

Vocación + tensión = salud + bienestar mental. Elemental, Watson.

Pues a tensionarse tocan. Y a llenar el vacío, como apunta el bueno de Frankl, sabias recomendaciones para un aficionado, para un amateur de las letras, que acaba de bajarse de un tren profesional de alta velocidad y aguarda en el andén, paciente pero activamente, la llegada de un nuevo convoy con el que seguir el viaje.

Vuelvo al latín. ¿Saben que amateur es una derivación de la palabra latina amator? Amante, amigo devoto o alguien que busca ávidamente un objetivo. Me quedo con todos sus significados.

Los amateurs hacen lo que hacen por amor al arte, porque les apasiona y disfrutan con ello. Doy fe. Y en ocasiones, impulsados por una pasión fuera de lo común en el ámbito profesional trabajan con estándares muy altos y logran registros mayores a los alcanzados por auténticos profesionales.

Gracias a Ken Ronbinson, autor de El Elemento (Grijalbo, 2009), a quien ya cité en mi anterior post (Nadar fuera del banco de peces) y al que volveré en próximas entregas, descubro el informe "La revolución pro-am", de Charles Leadbeater y Paul Miller, realizado para el think tank Demos.

Sus autores hablan de los "pro-ams" como un nuevo "híbrido social", individuos para los que el tiempo libre no es amodorramiento o consumo pasivo sino activo y participativo, que acaparan un conocimiento acreditado y son capaces de hacer un trabajo realmente extraordinario como amateurs.

Partiendo de mi posición de parado ilustrado, impulsado por una vocación literaria creciente y en perfecto estado de alerta, me propongo participar activamente en esta "revolución", sana, pacífica, estimulante y enriquecedora. Y seguir disfrutando con todos ustedes, amables lectores, de esta aventura.

Hasta pronto.